Al Romanticismo, a quien nuestra sensibilidad tanto le debe, jamás le perdonaremos habernos hecho perder la alegría. La alegría simple, inocente, despreocupada, franca, noble... La alegría de verdad. En todo el siglo XIX, en los grandes formatos de la música, no hay un Haydn capaz de expresar espontáneamente, como lo podría hacer un niño, el júbilo de la vida. Está, sí, Beethoven y su Freude –la alegría de la Novena–, pero ésta bien mirada no es tal, sino un imperativo moral. Y para casi todos l...
Escrito por el domingo, 01 de noviembre de 2009