Raul Mallavibarrena
Tengo un vecino que toca el violín. Toca fatal. Diría más: toca horrorosamente mal. Pienso que si los gatos hicieran un remake de la película Psicosis, usarían su versión de la Gavotte en mi mayor en la escena de la ducha. Para colmo, toca durante horas, y cuando lo hace, el patio interior adquiere un perfil sombrío. La señora del 3ºA se cansó de gritarle durante meses, y ahora se limita a llamarle mamarracho y otras cosas peores cada vez que se lo cruza por la escalera. En el 4º interior vive un matrimonio joven con un niño. Una vez me dijeron que su hijo tiene problemas de sueño y terrores nocturnos porque cree que Drácula va a entrar volando por la ventana (espero que nadie le cuente nunca al chico la historia del Trino del Diablo de Tartini). No hay reunión de la comunidad en la que el tema del violinista y su violín no ocupe un punto del orden del día, y a principios de año, el Sr. Torralba, del 5ºD –un militar jubilado que combatió en la División Azul-, le llegó a zarandear desencajado de impotencia: “¡ni bajo el fuego ruso me dolió tanto la cabeza!”
Ninguna denuncia ha prosperado porque toca dentro de las horas permitidas y el nivel de decibelios no supera los límites legales. Lo que la ley no contempla es la cuestión del timbre. Cuando alguien arrastra las uñas por una pizarra o raya un plato con un tenedor oxidado no lo hace necesariamente “fuerte”, pero a todos nos produce dentera. La ley sólo limita el volumen y elude otras consideraciones. Mi vecino rasca las cuerdas como si quisiera limarlas hasta dar con la médula, y éstas –naturalmente- rabian de dolor. Combina lo áspero con lo chirriante, lo metálico con lo estridente, su sonido absorbe toda la energía del aire para regalar a los siglos un nuevo sentido de la palabra grima. Y luego está la afinación. No hay frecuencia en el continuum de la gama hertziana, por recóndita o infinitesimal que sea, que no haya recibido la siniestra visita de sus dedos asolando el diapasón de imprecisiones. En los libros de música se explica que nuestro sistema se compone de doce notas. ¡Ja! Me río yo. Mi vecino inventa siete u ocho más cada vez que se enfrenta a una escala natural. Respecto a los acordes y las dobles cuerdas, nunca ningún objeto hizo llevarse tan mal a los armónicos, literalmente en guerra permanente y sin cuartel. El sólido edificio de la ciencia acústica derrumbándose incandescente en nuestros tímpanos. Las musas y ninfas del Olimpo obligadas a trocar su danza en aquelarre.
Leí en un boletín de Amnistía Internacional que el MI6 inglés, durante sus interrogatorios, para evitar dejar señales de violencia física, tortura a sus detenidos obligándoles a escuchar sonidos desquiciantes durante horas. Me pregunto si nuestra casa está en su lista de sospechosos. Algo muy malo debí hacer cuando visité Londres hace cinco años.
Cualquier invitado que suba a mi casa termina compadeciéndose de mí. Tan sólo mi sobrino Iñaki, que es punki (alfileres en las orejas, piercing en la ceja, collar de perro, pelo naranja, etcétera) y que toca en un grupo de hardcore y death-metal, guardó un respetuoso silencio. Significativo. Al despedirse, frente al ascensor, cerró los ojos, señaló con su dedo índice la puerta de mi vecino y sentenció: “¡ese tío es el puto amo!”.
Un día la música se detuvo. Su casero había anunciado que el ínclito violinista dejaría el piso en dos semanas y la noticia corrió como la pólvora por el bloque. Por el patio ascendía una silenciosa y liberadora euforia. La pareja del 4º lloraba abrazada a su hijo, al que le decían asomados a la ventana: “ya pasó, ya pasó...”. El niño todavía tenía tics faciales y la mirada perdida.
Entonces llamaron a mi puerta. Vi por la mirilla que era mi vecino, el violinista, y me estremecí. Venía con una funda de violín en la mano.
Buenos días, no quisiera interrumpir ¿podría pasar un momento? Por supuesto, adelante. Verá, no le robaré más que un par de minutos. Usted dirá. La semana que viene me iré del piso, me voy a casar. Ah, pues enhorabuena, le deseo mucha suerte. Gracias, la cosa es que quisiera regalarle algo, quisiera dejarle... mi violín. ¿Su violín?... creo que no le comprendo. Sí, mi novia, que será mi mujer en pocos días, ha dicho que no quiere violines en su vida. ¿No le gusta la música clásica? En realidad la adora. Comprendo... pero no, no es eso a lo que me refería, lo que no entiendo es por qué me deja su violín a mí. Bueno, durante el tiempo que he estado en esta casa he sufrido los ataques verbales, incluso físicos, de todos los vecinos porque no les gustaba cómo tocaba; y usted ha sido el único que nunca me ha dicho nada.
En aquel momento no me sentí con fuerzas de desvelarle que tal hecho se debía a mi educación y mi timidez, y no a que no me hubieran dado ganas muchas tardes de esperarle en el descansillo y arrojarle un objeto contundente con alguna fuerza.
En fin... no sé, yo... le quedo muy agradecido, trataré de cuidarlo como se merece...
Mi vecino no entendió el sarcasmo y se despidió cordialmente. Me quedé entonces allí, sentado frente a la funda del famoso violín de nuestras pesadillas, como si el ingenuo instrumento fuera realmente el culpable. Por un instante pensé en convocar a todo a la comunidad y proceder al linchamiento. Una especie de auto de fe a la manera de Torquemada, con una gran hoguera ritual para reducirlo a cenizas. Pero no. Abrí el estuche con cuidado mientras pensaba que muy posiblemente era yo el primer vecino en contemplar al monstruo dormido, ya indefenso. Era de madera oscura, sin demasiado brillo, me pareció muy hermoso. Lo saqué y antes de darme cuenta lo tenía apoyado sobre mi hombro izquierdo. Luego cogí el arco, lo tensé como sabía que se hacía, y lo acerqué a las cuerdas. Me detuve. La luz del patio parecía expectante, con la expresión de quien pregunta “qué vas a hacer”. No pude resistirme, necesitaba sentir caminar sobre mi rostro la vibración de aquel artilugio abandonado a su suerte. Frote una de sus cuerdas. Sonó mal, fatal, como le sonaba a mi vecino. De inmediato un grito ascendió desde la garganta del patio: “¡mamarracho!”, mientras renacía el llanto aterrado del niño de 4º interior.
Lo siento. Lo siento muchísimo por el sufrido vecindario. Pero creo que esto no ha terminado. He sido contagiado, hechizado... y vencido. Yo también quiero probar a componer, aunque sea irreverente, la danza refinada de las musas y ninfas del Olimpo.
jueves, 01 de diciembre de 2011