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Todo se ha consumado

Schubert. La tragedia que El viaje de invierno representa está encerrada ya en un único compás de la partitura: el segundo de Gute Nacht, el estremecedor lied que la abre. Siete notas le bastan a Schubert para contener el universo emocional y estético que se va a extender a través de las veinticuatro canciones que conforman el ciclo, a través de los setenta minutos de escucha que se avecina. Un compás nada más, la duración de un suspiro, que expresa mediante una figura melódica descendente la entrega al destino sin oponer resistencia, pero con la cabeza bien alta; la asunción más allá de toda esperanza de un sino implacable. Las notas finales, escritas en valores más breves, remarcan además el ritmo de marcha que simboliza a su vez el espíritu del viajero: siempre avante, asumiendo fatalmente el sentido último de sus pasos. Esos dos principios, el aliento trágico de quien apura el cáliz de su destino hata las heces, y el ritmo implacable de marcha deslizándose hacia ese mismo destino, son la síntesis, la esencia de la magna composición. Todo se ha consumado.

Bach. Es ist vollbracht!, la frase con que concluye el recitativo –convertida después en aria– que narra el abandono de Cristo en los brazos de la muerte en La Pasión según san Juan (números 57 y 58). Seis notas que se corresponden con las del segundo compás de El viaje de invierno. El mismo diseño descendente, los mismos intervalos que lo cierran precipitándose con el ritmo intensificado, como en Schubert, hacía la cadencia final. La misma tragedia: todo se ha consumado.

Bruckner. Todo se ha consumado también en ese punto del Adagio de su Novena sinfonía, particular adiós a la vida de un hombre que ha aceptado con resignación la tragedia de ver su camino cumplido, en que el discurso arriba a un solo de oboe desnudo, sin acompañamiento de ningún tipo, completado por la primera trompa también a solo, y culminado por una pausa de silencio. Es la misma figura descendente de Bach y Schubert, con su aceleración del ritmo al final, que aquí guía la música a una dimensión sonora inédita; la introduce en un espacio que no es de este mundo en un viaje transfigurado hacia el remanso de dulzura celestial –¡la música más angélica jamás escrita!– que cierra el movimiento, confiriendo un sentido único, rigurosamente inaudito, a la sinfonía entera.

¿Quién había prescrito que el sentimento de aceptación de la implacabilidad del destino postrero había de expresarse en música mediante ese esquema melódico, rítmico y armónico? ¿Por qué coinciden en ello con precisión milimétrica autores que no podían haberse puesto de acuerdo? Uno de los campos de reflexión más apasionantes de la musicografía es el de la insistencia en ciertos recursos retóricos que los compositores han venido practicando a lo largo de los tiempos de manera inconsciente. Muchos de ellos han llegado a erigirse con toda naturalidad en rasgos de estilo de la música de Occidente.

martes, 01 de septiembre de 2009
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