Angel Carrascosa Almazán
Daniel Barenboim ha dirigido este mes de agosto de 2009 dos programas –uno sinfónico y otro operístico- con “su” Orquesta del West-Eastern Divan -formada como se sabe por jóvenes músicos israelíes, árabes de varios países (Palestina incluida) y españoles (andaluces mayormente)- de modo tan portentoso que llama la atención la escasa atención que los medios le han prestado. Con la excepción del poderoso gabinete de prensa del Ayuntamiento de Madrid, donde, al aire libre (en la Puerta del Ángel), dirigió parte del programa sinfónico: precisamente este concierto, el menos disfrutable (por culpa de la ineludible megafonía) fue el único que ha recibido gran atención. Pero en Sevilla (en el Teatro de la Maestranza), donde comenzó la gira europea y única ciudad española donde se ofrecieron ambos conciertos, sólo la prensa local se ocupó de ellos.
El primer programa (dado en la capital andaluza, muy próxima a Pilas, sede de la Orquesta, el 2 de agosto) constó de obras tres compositores con fuertes lazos entre ellos: Liszt (Los Preludios), Wagner (Preludio y Muerte de Isolda) y Berlioz (Sinfonía Fantástica). De ellas ofreció Barenboim lecturas personalísimas, extremadamente musicales y creativas, que fueron transformadas en sonidos de forma admirable por los jóvenes instrumentistas. Hasta el punto de poderse afirmar que en la obra de Liszt Barenboim superó sus propias grabaciones (con la Sinfónica de Chicago en DG y con la Filarmónica de Berlín en DVD de TDK), y lo mismo puede decirse de la partitura de Berlioz (con la Orquesta de París en DG, con la Filarmónica de Berlín en Sony y con la Sinfónica de Chicago en Teldec). En cuanto a la página que enlaza el principio con el final de la sublime ópera de Wagner, de las numerosas ocasiones en que se la he escuchado en directo, ésta ha sido la vez en que la emoción se desplegó en grado más alto (no podría decir, sin embargo, que sobrepase a algunas de sus numerosas grabaciones, en particular a su registro de la ópera completa con la Filarmónica de Berlín, Teldec).
Pero el concierto más impresionante ha sido sin duda el del 3 de agosto en Sevilla, con Fidelio en versión de concierto. Las memorables interpretaciones de Barenboim en el Teatro Real (julio de 2001) con la Staatskapelle de Berlín y un excelente reparto (Voigt, T.Moser, Leiferkus, Pape, Müller-Brachmann, Nold, Rügamer), que constituyeron un triunfo inenarrable, han alcanzado seguramente un punto aún más alto en este Fidelio sevillano. Debido mayormente a dos factores: la presencia de la inmensa Waltraud Meier en el rol titular (quien, al igual que el resto del reparto, actúa gratis), y una dirección aún más matizada, rica y rutilante. Se ofreció con las partes habladas escritas por Edward Said (en la voz de la propia Meier, ¡tan gran narradora como cantante!) y con la Obertura Leonora III al comienzo (Barenboim suele hacerlo con la Leonora II) y suprimiendo ya, por tanto, las partes habladas de los personajes. Meier estuvo inmensa; aun con algún agudo algo forzado, la voz de la soprano-mezzo alemana sigue estando en gran forma, su técnica y su línea de canto son colosales, y su interpretación del personaje no tiene, ni ha tenido, parangón, lo mismo en sutileza expresiva que en fuerza emotiva. Pero hubo, además, una gran sorpresa: ya me había llamado poderosamente la atención el tenor neozelandés Simon O’Neill (y así lo he escrito, a propósito del Acto I de La Walkiria con Barenboim y de la Misa Glagolítica con Boulez), que dominó sin apuros la imposible escritura de Florestán; su voz es aún algo lírica para este papel, pero posee un visible cuerpo que se desarrollará en el futuro (si no se frustra) y un squillo verdaderamente asombroso: ¡qué brillantez en los terribles agudos de su parte! Pese a ser también un poco lírico para Pizarro, muy bien el joven barítono sueco Peter Mattei, magnífico (¡todavía!) Sir John Tomlinson como Rocco, espléndido de nuevo Rügamer (Jaquino) y correctos Adriana Kucerova (Marcelina) y Viktor Rud (Fernando). Soberbia la Orquesta del Diván -que cumple este verano diez años-, con genuino sonido beethoveniano (logro sorprendente de su director), y sensacional el Orfeón Donostiarra.
Pues bien, todos estos alicientes, aun antes de conocer los formidables resultados (el éxito fue también inmenso), no fueron suficientes para que el teatro se llenara del todo (quedaron sin venderse casi un centenar de localidades), y apenas acudieron esos críticos y esos operófilos que uno se encuentra en todas partes; esta vez se han perdido una de las interpretaciones operísticas más extraordinarias que se hayan producido en España en los últimos años...
¿Y las críticas? Ninguna en diarios de tirada nacional, y en los medios locales se han leído cosas (no todas) que abochornan por la ignorancia (en algún caso, el supuesto crítico ni siquiera conoce el significado de los términos musicales que emplea) o por la manifiesta mala fe: hay personas, conservadoras en su mayor parte, que detestan a Barenboim por su público compromiso político progresista, y esto les lleva a esfuerzos denodados por denostarlo. Ni siquiera algunos grandes directores que colaboraron o admitieron con pasividad el régimen nazi fueron vilipendiados en lo artístico de esta forma. Así están las cosas.
martes, 01 de septiembre de 2009