Raul Mallavibarrena
Cuando hace seis años murió mi padre, mis cinco hermanos y yo acordamos alquilar un trastero para guardar todas sus cosas. No nos parecía adecuado deshacernos de ellas sin más, tan pronto. Mi hermana Blanca buscó uno bastante amplio en un polígono industrial de Valdemoro y en un par de viajes lo trasladamos todo.
Hace dos años hicimos una pequeña reforma en el piso y tuvimos que apartar algunos trastos. Pregunté a mis hermanos si tendrían inconveniente en que usara una parte del trastero de mi padre para no tener que tirarlos. Todos me dijeron que por supuesto, que no hacía falta ni preguntar. De hecho, mi hermano Roberto me comentó que él ya había llevado allí un año antes las bicis de sus hijos.
Un sábado por la mañana llevé mis cosas. Los trasteros industriales son los espacios más fríos que conozco. Todos iguales, simétricos, impersonales, amparo de cientos de objetos de utilidad decreciente, rodeados todo el año de la más negra oscuridad, esperando que alguien (como yo aquel día) levante el portón metálico y les conceda unos minutos la luz salida de una bombilla sin aplique.
Curiosee un rato las cosas de mi padre. Sus libros, sus carpetas, su máquina de escribir... y luego sus discos. Estaban todos en una caja. Mi padre fue siempre un melómano incondicional. Adoraba la música clásica y tenía un gusto muy refinado. Disfrutaba especialmente con la música de cámara, y el piano romántico era su debilidad. Su compositor favorito era Schumann, de quien tenía varias docenas de grabaciones. Sin embargo, ante mi absoluta sorpresa, en la misma caja, escondidos entre los últimos álbumes de tríos de Brahms, encontré algunos discos inesperados. Contenían baladas, canciones y boleros. Eran discos de los 60, de cantantes como Daniel Santos, Alfredo Sadel o Armando Manzanero. Canciones acarameladas para bailes lentos. Mi padre siempre detestó el pop y sus ramificaciones, y me pregunté qué hacían allí.
Los llevé a mi casa y se lo comenté a mi mujer. Ella pareció no darle mucha importancia pero yo le insistí en lo raro del hallazgo. Siendo niño jamás se escuchó esa música en casa; si a mi padre le gustaba también, no tenía de qué avergonzarse, y nos lo hubiera comentado, le dije. No le des importancia, me respondió ella, igual los escuchaba cuando no estabais. Tal vez, pero mi madre... aunque muriera dos años antes que él..., no sé, ella nunca nos comentó nada. Puede que tu madre tampoco supiera nada de esos discos, me dijo sin apartar la vista del periódico.
Los llevé al estudio y los dejé sobre mi mesa, no queriendo analizar lo que mi mujer había tratado de sugerir. Al día siguiente, ya solo en casa, los estuve oyendo. Me esforcé en imaginar a mi padre escuchándolos conmigo, y por más que lo hacía no me cuadraba nada. Esa música y él eran como el aceite y el agua. Una música tan sentimental, tan débil, tan fácil. Esa misma tarde los volví a llevar al trastero. Sólo Dios sabe cómo llegaron allí, pensé.
Unos meses después escribí un mail a mis hermanos planteándoles deshacernos ya de todos aquellos trastos. No era por el dinero, no llegábamos ni a 30 euros al mes cada uno, pero era el momento de pasar página. Mantenerlo años y años no tenía sentido. A todos les pareció perfecto. Ya de paso da finiquito también a las bicis, mis hijos ya no montan nunca, me dijo mi hermano Roberto sin ninguna nostalgia.
Hablé con un cacharrero de mi barrio para que se lo llevara todo. Su ganancia sería lo que pudiera sacar por ello. Un sábado por la mañana, fue con una furgoneta y, entre su hijo, él y yo, lo cargamos todo en menos de una hora. Cuando el cacharrero estaba subiendo las cajas de discos se fijó en los vinilos de boleros, los miró y me preguntó: Jefe, ¿tendría inconveniente en que estos me los quedara yo? Ninguno, quédeselos, en realidad, en este momento ya no sé si estos discos siguen siendo míos. El hombre me lo agradeció, los apartó y los puso en el asiento delantero. Nos despedimos y mientras terminaban de cargar me subí al coche y lo puse en marcha.
Entonces me detuve, salí y me dirigí corriendo hacia la furgoneta cuando empezaba ya a moverse. ¡Disculpe!, querría decirle una cosa. Usted dirá, me respondió bajando la ventanilla. ¿Me preguntaba por qué me ha pedido permiso para quedarse esos discos?, yo nunca me hubiera enterado. Bueno, no sé, he pensado que todo lo que hay aquí son trastos viejos, pero este tipo de discos suelen ser... no sé, algo distinto, un recuerdo o un regalo, qué se yo... algo más especial, por eso se lo he preguntado. Comprendo.
Discúlpeme otra vez, va pensar que no me aclaro; ahora que lo menciona, tal vez a mi madre sí le haga ilusión conservarlos, ¿le importaría que cambiara de opinión y me los quedara? Nada, hombre, aquí los tiene. Muchas gracias.
De vuelta a casa, me senté en mi estudio y miré detenidamente los discos. Las portadas eran espantosas, y tenían las esquinas dobladas. Los envolví con papel de periódico en un solo paquete y los guardé en un cajón de mi mesa, bajo llave. Desde ese día tengo la certeza de dos cosas: que no volveré a escucharlos (a mí esa música no me gusta), y que durante el resto de mi vida, no permitiré que nada ni nadie los aparte nunca de mi lado.
martes, 01 de noviembre de 2011