Javier Extremera
Acaba de publicarse el último –y breve- acercamiento wagneriano de ese incombustible coloso musical que responde al nombre de Pierre Boulez, frondosa sombra intelectual convertida con los años en símbolo de veneración por varias generaciones de oyentes. Deutsche Grammophone saca a la luz una grabación realizada en el Suntory Hall de Tokio en 2003, unos años antes de que la caprichosa naturaleza decidiera poner en jaque mate su principal fuente de energía. Boulez y la Joven Orquesta Gustav Mahler se presentaba ante un abarrotado auditorio de ojos rasgados, donde el mismísimo emperador nipón no tuvo reparos en cambiar su dorado trono por una butaca, para así poder disfrutar del talento inagotable de este ilustre ciudadano del país de la baguette. En el programa dos obras: el Preludio de Tristán e Isolda y el Pelleas und Melisande del laberíntico Arnold Schönberg. Detengámonos en analizar esta visión computerizada y abstracta que del Preludio nos legara en herencia discográfica.
Arranco profesando a los cuatro vientos mi veneración absoluta por la figura de Pierre Boulez, una de las personalidades musicales más grandes e inabarcables que haya pasado por este mundo en su corta historia. Pese a mi rendida admiración personal la visión que tiene de la obra wagneriana no acaba de penetrar mis sentidos, no me produce conmoción ni turbación, sin conseguir aguijonear mi conciencia musical. Y todo pese a que defiendo su despojada versión que del Anillo nos legara de la mano agigantada de Patrice Chéreau. Su enfoque de Parsifal es ya harina de otro costal, mucho más complicado de tragar y asimilar.
Ya en el arranque Boulez pone sus cartas boca arriba en la mesa: olvídense de emociones gratuitas, borren de su memoria cualquier atisbo romántico, la transfiguración se hará halo espiritual. Boulez aleja de nosotros la carnalidad de la pareja de amantes, lo terrenal y enraizado desaparece por completo, tratándolos cual pareja de asexuados dioses. Un par de espíritus condenados a vagar por el mundo fantasmagórico de las sombras. No hay fuego, pasiones, ni desmelenamientos orquestales innecesarios. Todo se rige por un orden establecido. No hay lugar para la improvisación, innovación o el caos. Todo parece calculado mediante enrevesadas fórmulas matemáticas donde siempre dos más dos sumará cuatro. Se mastica que Boulez está más preocupado del ritmo (reverencias al Dios metrónomo) que de la orquesta, cuyas maderas nos delatan a voces la procedencia pueril de sus ejecutantes. Al Pope Boulez le interesa llegar cuanto antes al clímax (ese tutti con la grandiosa irrupción de la trompeta) que para él es como llegar al final –sin orgasmo- de esta complicada ecuación wagneriana, donde por fin X es igual Y.
La pasión y la belleza nunca llegan a desparramarse por los atriles, como por ejemplo sí sucede con el admirable Karl Böhm en la grabación de 1981 con la Filarmónica de Viena (DG). ¿Estamos quizá ante un primo lejano de aquella Noche transfigurada schönbergniana? En su lectura no hay enigmas por resolver. Todo es leer en sistema braille, sin vocales ni consonantes. Herr Doktor Boulez dirige los hilos con la misma sensibilidad con la que un forense les aplicaría la autopsia a los amantes recién fallecidos. Lo del Pelleas und Melisande que le sigue –como diría Kipling- es otra historia.
Richard Wagner: Tristán e Isolda, Preludio del Acto I
Arnold Schönberg: Pelleas und Melisande Op. 5
Gustav Mahler Jugendorchester
Pierre Boulez
2011 Deutsche Grammophon
477 9347 2 (CD) - DDD
martes, 01 de noviembre de 2011