Inés Ruiz Artola
Variaciones cromáticas de rojizos, ocres, amarillos y anaranjados. Las hojas secas se amontonan, crujen bajo los pasos, forman una manta improvisada para los juegos de niños. El sol, cuando se digna a salir, provoca un espectáculo que vuelve a llenarnos de esperanza, que nos concede cierta prórroga ante el inevitable, cercano y casi amenazante túnel del invierno. “El otoño dorado de Varsovia”, así lo llaman los de aquí. Y qué razón tienen.
Aún así, poca gente debe haber que espere al otoño (aquí o en cualquier lado), pero muchos somos los que esperamos el Festival de Otoño de música contemporánea, uno de los últimos milagros de septiembre que nos dan aliento antes de que todo quede inundado por el gris y los pañuelos de papel sean parte natural de nuestra indumentaria. Un dulce retardo hacia la inminente llegada de la gélida monocromía en calles y rostros.
“La música que comenta la realidad” era el lema bajo el cual se englobaban las propuestas de la 56 edición del festival de este año. Una temática tan sugerente como arriesgada, que invitaba a la reflexión y abría paso a la discusión acerca de temas tan candentes como ancestrales: ¿Puede la música (el arte, en general, por qué no) hacer denuncia política?, ¿es la música pura capaz de transmitir mensajes o es deudora de la palabra?, ¿pertenece el arte a este mundo o crea uno paralelo?, ¿cuál es la delgada línea que separa el arte de la realidad?
Nueve intensos días. Escenarios variopintos (suertes de Mecas a donde acudir en busca de respuestas) salpicados por toda la ciudad. Horarios capaces de poner a prueba a los espíritus más cabales y preparados. Complicidad y miradas cruzadas entre los devotos, que con el programa en mano, suben a los vagones de metro y tranvía. Con el paso de los días las caras comienzan a repetirse, a tornarse familiares. Surge una especie de hermandad en una semana larga y embriagadora. El recuerdo de tantos acontecimientos sonoros deja sedimentos de ensueño en el imaginario.
Ahora que ha pasado cierto intervalo para la reflexión (y la digestión), que la memoria empieza a hacer de las suyas y que tengo un resfriado tan incómodo como revelador, he decidido trazar unas líneas que dejen siquiera una imagen abocetada de lo que ocurrió durante este otoño musical. En este ejercicio de síntesis (relativa, ya, ya) les propongo hacer cinco operaciones, tres encadenadas y dos independientes, a saber: establecer lazos de conexión entre el principio y el final, crear una confrontación ilustrativa, narrar el choque más violento del festival, mostrar una perla en el océano y terminar con un libro que seguro todos ustedes conocen. Ese es el orden del día, grosso modo.
Lazos
El concierto de inauguración contaba con tres piezas, músicas que comentaban la realidad desde tres prismas muy diferentes. Abrió el evento Górecki, serialismo que encerraba denuncia camuflada hacia una de las épocas más crudas del socialismo, en una composición tan atractiva como impactante. Le siguieron tintes lacrimógenos y amanerados de la mano del compositor lituano Kutavičius, con cierto aire romántico, pero romántico “despectivo” (¿les importa que use el calificativo “romanticón”?), con el homenaje a la catástrofe de Smolenks. No coment.
Y para terminar, la pieza estrella: Strange News de Rolf Tallin y Josse de Pauw. La sala de la Filarmónica Nacional quedó sumida en la penumbra y los atriles de los músicos iluminados con lucecitas, de un color azul eléctrico e hipnotizante. Una gran pantalla presentaba las noticias, luego proyectaba imágenes reales de los niños y los armamentos en África, para terminar proyectando en tiempo real la figura del narrador (testigo y víctima de tales acontecimientos), el verdadero protagonista del acto, el que realmente llenó el escenario. Porque la música…¿dónde estaba la música? Parece que todos la olvidaron, entre tanto efectismo de escasa originalidad.
El paralelismo entre la propuesta de Tallin y de Pauw de este primer concierto y la obra Breaking News del joven compositor polaco Alexander Nowak del último pase del festival, va más allá de la coincidencia entre los títulos. De nuevo las noticias de la tele dieron paso al… ¿cómo llamarlo?, ¿espectáculo?, mezcladas con sintetizadores y sincronizadas con la orquesta; una orquesta bien montada y con un colorido bien muy bien explotado -todo hay que decirlo-, pero algo efectista, grandilocuente. En pocas palabras y si se me permite la expresión: la partitura resultó ser algo “peliculera”. Era como ver el telediario en Broadway, vamos.
Eso sí, al menos esta vez la música no desapareció como en el caso de Strange News, pero todo quedó hueco, vacío, irreal precisamente por querer ser tan real… como nos quedamos cuando vemos las noticias en la tele a la hora de la comida: sin parpadear, sin soltar el pan, ni abandonar la cuchara. ¿Realmente esto funciona?, ¿o es simplemente una demostración más de lo sedados que estamos en la era de las comunicaciones?, porque ¿cómo y en qué grado afectan a nuestra sensibilidad las noticias?
A mí personalmente, estas noticias musicales me dijeron bien poco. Tal vez me esté haciendo mayor, o estoy hecha de una madera demasiado blanda y sensible (¿o será al revés?), la cosa es que preferí a Górecki en el primer concierto y a Luigi Nono en el último. El primero por hacerlo de un modo tan puro (y purista, y consecuente con su medio y época) y el segundo por la omnipresente sensibilidad y elegancia de sus obras. Ambos demostraron que es posible comentar la realidad, sin formar parte de ella, ni siquiera rozarla, manteniéndose en el otro lado: el mundo del arte, de un modo que, precisamente por lejano y poético, roza con mayor eficacia las sensibilidades. O eso creo yo.
Confrontación
Una de las obras que mejor casaron esta idea de arte hablando sobre la realidad, que demostraron que era posible sin recurrir a efectismos sonoros o ambientales, fue el teatro musical de Heine Goebbels. Basado en fragmentos del genial libro de G. Stein Las guerras que he vivido, una narración en primera persona del París ocupado durante la segunda guerra mundial, este proyecto combinaba textos llenos de sencillez y profundidad, con músicas muy variadas pero conectadas, que conformaban un todo sumamente cautivador. Pasajes al estilo de los intermezzi de las tempranas óperas barrocas, sonidos electrónicos e incluso momentos jazzísticos, se escucharon a lo largo del concierto, sin que por ello se percibiera falta alguna de coherencia. Interpretados, además, por una heterogeneidad instrumental de lo más sugerente, que incluía el cuarteto de cuerda, la tiorba barroca, la percusión clásica, los cuencos tibetanos y el inevitable ordenador, entre otros. La lectura del texto por parte de las mismas intérpretes (todas mujeres) musicales, lo hacían todo más creíble y directo. Una sencilla iluminación de lámparas de pie y de mesa estilo años cuarenta, recreaban una atmósfera cálida que nos trasladaba a esos años.
Dejes de melancolía, guiños irónicos, dolor callado en la música, el texto y la escena. Y todo esto, más que acabar, se fue extinguiendo: uno por uno los intérpretes abandonaron sus instrumentos y tomaron en sus manos cuencos tibetanos, que fueron creando una atmósfera final onírica, envolvente, que dieron el tiempo necesario para una primera asimilación del público sobre todo lo que había ocurrido. Una especie de silencio con calderón sonoro, meditativo, de lo más oportuno. Bravo por Goebbels, que nos trajo uno de los proyectos más deliciosos y atractivos del festival, que supo mantenerse con distancia cuasi neoclásica y apostar por el lado más puramente artístico de una realidad difícilmente asimilable de otro modo.
Choques (y shocks)
No ocurrió lo mismo con el señor Penderecki el único lunes que hubo festival. Tras un concierto impecable, entretenido (en el mejorcísimo sentido de la palabra), con el más fino de los humores y de una altísima calidad (¡pedazos de intérpretes, musicales y dramáticos, los Neue Vokalsolisten!) “premian” a un público más que encantado y satisfecho con una espeluznante narración de los campos de concentración nazis montada con arreglos electrónicos del susodicho compositor polaco (que por cierto, vino con su señora al concierto). Los textos eran escalofriantes, interpretados por actores profesionales, repetidos hasta la saciedad (y la locura), unidos a arreglos sonoros, ruidos ensordecedores, paisajes sonoros desérticos, fríos, inhóspitos. Fue tal el shock que el público ni aplaudió al final (¿cómo aplaudir a semejante realidad?). El silencio invadió la sala y las personas la abandonaron poco a poco. Parecía la salida de un funeral. El señor Penderecki salió con las flores recibidas cabizbajas, de la mano de su señora, en silencio como el resto.
Tremendo, un golpe demasiado brusco. No sé quién ideó tal contraste entre el humor y la crueldad, pero desde luego que no encajaban muy bien que digamos las obras vocales de Aperghis, Domen, Hagen y Berio, interpretadas por Neue Vocalsolisten con esta última audición de radio. Una inclusión hecha con calzador, o al menos esa era la impresión. Y aunque el polaco se adaptara más al lema del festival que los otros, creo que muchos hubiésemos prescindido de él. Con Penderecki, la línea entre arte y realidad se traspasó con creces y el texto eclipsó a la música, como si ella no pudiera sola transmitir eso y más, o al menos avanzar de la mano con él.
Sin duda hay formas y formas, ¿cómo Goebbels y Penderecki crearon obras tan diametralmente opuestas narrando sucesos tan cercanos en el espacio y el tiempo?, ¿cuál de ellos resultó más: la crudeza del polaco o la visión onírica del alemán? Cada uno que escoja lo que más le convenza, en función de creencias, o del momento.
La perla
Ya voy acabando, penúltimo punto del orden del día. El jueves en Soho Factory, hubo una verdadera “maratón” de Stockhausen, en donde los cuidadosos intérpretes de MusikFabryk, nos trajeron algunas de las obras del ciclo inconcluso de las horas del día KLANG.
La hora para piano solo introdujo una tarde completamente mágica, atemporal: fenómenos acústicos, puestos en bandeja, para el deleite de una sala repleta hasta los topes, uno de los conciertos más poblados del festival. El concierto central, fue algo sencillamente inolvidable: los sonidos envolventes despedidos por los altavoces y las horas para flauta sola, para soprano grabada en cinta y para barítono, respectivamente, nos trasladaron a esa esfera paralela a la real, la del mundo sonoro. Más allá de las minuciosas operaciones matemáticas de la partitura, la música logró abstraer al público, completamente ajeno al tiempo, pero no a las horas. Porque el final, ¡el final fue como presenciar un milagro! El propio Stockhausen al imaginar que su obra Freude (segunda hora del ciclo) sería estrenada en la catedral de Milán e interpretada por las jóvenes arpistas que a su vez cantaban (por cierto, a las mismas que iba dedicada la obra tuvimos la suerte de escuchar) no pudo sino visualizar un ángel, la música que conecta el cielo y la tierra.
El arte sonoro que nos eleva hacia otra realidad, donde las horas duran no con minutos, sino con poesía,…poesía con algo de matemáticas.
…¿Música de las esferas?
El libro
Seguro que todos ustedes ya han leído, hablado y comentado el libro de Alex Ross sobre la música del siglo XX, que ha causado tanto furor (y algún que otro enfado), que ha abierto una interesante discusión y, desde luego, no ha dejado al público indiferente. El festival también le dedicó un apartado, lo que no puede dejar de ser significativo, y aprovechando la presentación del libro en su traducción al polaco, reunió allí a los críticos más sesudos, al traductor de la obra y a un público reducido pero comprometido e informado (excepto una pobre señora que no pudo contenerse y preguntar al final de qué diablos estaban hablando todo el rato y un crítico que, como el jueves por la noche-e imagino que en alguna ocasión más- volvió a dormirse en su asiento).
Hay que decir que en general se destriparon bastante el libro: que si datos falsos, que si imaginaciones del autor, que si cortes de la edición que dejaron la narración a medias, que si trabajo de negros tras sus páginas, y un largo etcétera. Pero también hubo cosas buenas, y como esto es el final y hemos de quedar con buen sabor de boca (por no decir que sacar lo positivo siempre resulta mucho más complejo que lo negativo –y si no que nos lo digan a los que vemos el sol no más de 60 días al año-), todos hubieron de reconocer que Ross, con su estilo agudo, atractivo, con ese swing que tanto caracteriza a la crítica norteamericana, había logrado cautivar al público de diferentes naturalezas hacia el campo espinoso de la música contemporánea. Y nada más por eso, merece un aplauso, ¿no?
Da capo
Vivir el festival de contemporánea, visitar los recintos, fundirse en la oscuridad de las plateas con uno de los públicos más jóvenes y exigentes del país, hojear el programa y marcarlo, mirar por el rabillo del ojo a los críticos (emocionados, inspirados o dormidos), sentarse con familiaridad en el asiento asignado en el abono del festival, escuchar los comentarios en los descansos, aplaudir a obras que posiblemente hagan historia…
Pasear por los parques de la ciudad, pisar las hojas amarillas, rojizas, anaranjadas y ocres, escuchando su crujido, admirando los cambios cromáticos que el sol les proporciona.
Los dos otoños merecen la pena, tienen mi palabra. Y eso aun a sabiendas de que luego llegará el temido invierno.
martes, 01 de noviembre de 2011