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Schoenberg en el Monte de los Olivos

A veces, escuchando sus obras, a uno se le posa la mosca detrás de la oreja: ¿escribió Schoenberg la música que verdaderamente quería componer o la que debía componer? Le entra pues la sospecha de que asumió estoicamente el destino que le había caído en suerte como un Cristo en el Monte de los Olivos: “no se haga mi voluntad, sino la de la historia”. Revolucionario a su pesar; innovador a la fuerza.

Autores como Mahler o el último Strauss pasan por ser los cantores de un universo que se derrumba –no deja de ser significativo al respecto que uno muriera en vísperas de la Primera Guerra Mundial y el otro recién concluída la Segunda–, mientras que Schoenberg es el profeta del futuro, del nuevo mundo que llama a la puerta. Y su música parece responder a ese destino como si de una fuerza irresistible, superior a él, se tratase. Entre las convulsiones del expresionismo que le define, exasperado, crispado hasta el paroxismo tantas veces, como si estuviera perennemente enojado con el cosmos en pleno, se cuela el trasluz de la amargura por vivir un tiempo vital, histórico y estético que en el fondo no es el suyo –o mejor dicho, que no quisiera que lo fuera–, pero que ha de aceptarlo como sino ineludible. Porque a Schoenberg, me temo, le hubiese gustado ser un músico puro, un músico como Bach, Mozart o Haydn ocupados en la artesanía de su trabajo sin preocupación por dar testimonio de la humanidad y de su historia, y ahorrarse de paso el mal trago de tener que soportar la incomprensión –y el desprecio– de sus contemporáneos, destinatarios naturales de sus esfuerzos creativos. Un clásico pues trasterrado, trasladado a una época que no le corresponde.

Y desde este mismo punto de vista pudieran entenderse quizás también sus continuas caídas en la tonalidad para inri de sus seguidores: como aquel que añorara el paraíso perdido. O como quien en su vía crucis particular tropezara una y otra vez con el peso de su propia cruz.

miércoles, 01 de julio de 2009
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