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Renovar el repertorio: el ejemplo del Maestranza

Fernando López Vargas Machuca

Acaba de estrenarse en Sevilla Tristán e Isolda. Y no me refiero a una nueva producción del título wagneriano, sino a la obra en sí misma, ciento cuarenta y cuatro años después de su presentación mundial en Múnich bajo la dirección de Hans von Büllow. El Teatro de la Maestranza, cuya inauguración supuso el reverdecer de la lírica a orillas del Guadalquivir después de lustros de sequía, abrió sus puertas en 1991. Desde entonces se ha visto una media de cuatro títulos por temporada, con un absoluto predominio del repertorio en lengua italiana y francesa frente al centroeuropeo o ruso y, desde luego, una casi total ausencia de la ópera barroca y de la (en el sentido más amplio de la expresión) “contemporánea”. Sin embargo se ha hecho bastante Massenet, se han recuperado títulos de Donizetti y Manuel García, y se ha atendido a la zarzuela -esto es de justicia- con un título adicional por año.

Cuando algunas voces reclamaban a la anterior directiva del teatro una renovación del repertorio, siempre se venia con la misma historia: hay que ir acostumbrando al público “poco a poco”. Ya se sabe, junto a un Mozart, un Verdi y un Puccini, se ofrece (¡oh, atrevimiento!) un Tchaikovsky. O un Wagner anterior al Anillo. O un Richard Strauss. El resultado es que Tristán ha tenido que esperar dieciocho años, dieciocho, para hacer su aparición en el flamante teatro sevillano. Y que aún tienen que venir cosas tan fundamentales como Boris o Wozzeck, por no hablar de Meistersingers o el propio Anillo. Recuerdo que cuando hace años le comenté al anterior director de producción (clarividente a la hora de seleccionar elencos, por otra parte) la necesidad de escuchar Lulu, me replicó que el público no estaba preparado y que, mientras él estuviera ahí, no se vería la inconclusa obra de Berg en el Maestranza.

No hace falta decir que la situación es extrapolable a la mayoría de los teatros españoles. La taquilla es sagrada, dicen. El lleno de las butacas es necesario para garantizar la continuidad del proyecto, insisten. No les falta cierta razón. Pero se olvidan de algo fundamental: estamos hablando de teatros públicos, esto es, financiados con dinero del Estado. E instituciones de semejante naturaleza tienen como obligación dar a conocer la excelencia al margen de las leyes del mercado, invitando a disfrutar y a reflexionar con obras de contrastada calidad al tiempo que se atiende, por descontado, la demanda ya existente.

Que en muchos momentos la taquilla haya de resentirse es cosa inevitable. El temor es lógico. Las autoridades de nuestros teatros calculan con plazos de cuatro años y se angustian a la hora de rendir cuentas a una clase política que, a su vez, piensa en números y en la satisfacción inmediata de los melómanos-votantes. Pero a nadie se le escapa que, cuanto más desarrollado está el paladar, cuanto más amplios y -al mismo tiempo- exigentes son los gustos del público, más grande es la demanda de esa referida excelencia. Esto produce un efecto de retroalimentación que ha de obligar a programar con mayor amplitud de miras, lo que ha de redundar, finalmente, en el prestigio del proyecto cultural propuesto por cada uno de nuestros teatros.

Al final Lulu se  visto en el teatro sevillano. Y Doktor Faust. Y Der ferne Klang. Y Giulio Cesare. Y el referido Tristán. Independientemente de los resultados interpretativos (insatisfactorios para mi gusto los del reciente Wagner, pero esto ahora no hace al caso), el nuevo equipo del Maestranza ha cogido el toro por los cuernos y se ha decidido a mostrar al público que el repertorio es algo más que los cuatro títulos de siempre. Y sin necesidad de “épater la bourgeoisie” para colgarse las etiquetas de “moderno” y “comprometido”. Se puede discutir la elección de algunas obras frente a otras, como también la selección de producciones y elencos en algunos casos concretos, pero a mi modo de ver es éste el camino a seguir, y no el de la timidez acomodaticia. Como tampoco el de la provocación gratuita y la agitación mediática. Ay, Mortier…

lunes, 01 de junio de 2009
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