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Las sutilezas del Carpintero

“Músico fui. Los buenos, por bueno me tuvieron; por ignorante los ignorantes. Y como mayor fue el número de quienes me despreciaron que el de quienes me elogiaron, la música fue para mí de escaso honor y gran carga. Y así como al nacer no aporté nada al mundo, al morir nada de él me he llevado”. La amargura de Charpentier exhala por los cuatro costados de su tumba; éste era su epitafio. Si su tiempo no fue muy generoso con él, ¿diremos lo mismo del nuestro? Al morir nada se llevó del mundo, como cualquier hijo de vecino, pero vaya si el mundo se ha llevado de él. No creo que haya otro compositor a quien la revolución historicista, que comenzó a zarandear los recios pilares de la interpretación musical décadas atrás, haya hecho mayor justicia que a Marc-Antoine Charpentier. ¡Cómo podía haber vivido la humanidad de espaldas a su música prácticamente hasta entonces!

Nombres como los de William Christie y sus Arts Florissants, Christophe Rousset y sus Talens Lyriques, Hervé Niquet-Le Concert Spirituel, Gérard Lesné-Il Seminario Musicale, otros –y naturalmente Hugh Wiley Hitchcok, que dio el paso definitivo al catalogar razonadamente su legado–, a través del disco y del concierto, llevan largo tiempo poniendo ante nuestra contemplación a un músico puro, a un artista de raza, a un instinto musical de primerísimo orden. La musicología moderna ya le ensalza como maestro de la ciencia armónica, sobre todo. Y a fe que lo es, merced a su extraordinario uso del cromatismo, de la disonancia –sus atrevidas novenas y cuartas aumentadas–, de la modulación. Pocos compositores de su época le igualan en sutilezas armónicas.

Pero quizá no haya resaltado tanto su invención melódica. ¡Charpentier es uno de los grandes melodistas de la historia! Tómese al azar cualquier fragmento de sus Lecciones de tinieblas, de cualesquiera de sus motetes, del famoso Te Deum con la soberbia entrada del bajo tras el preludio, o hasta de la más modesta de sus fanfarrias, y quedará uno irremisiblemente seducido ante sus sensuales y cálidos contornos, ciertamente singulares.

Yo me atrevería a señalarle además como uno de los primeros compositores modernos en verdad, puesto que supo encontrar un sentido radicalmente nuevo a la melodía, desgajándola de su mera función contrapuntística, y comprender así su valor no sólo como responsable de la expresión, sino como energía musical, como razón de la forma y del discurso sonoro. Trocó así su cometido exactamente en lo contrario de lo que hasta entonces era: la estructura contrapuntística al servicio de la línea melódica. Cosa que no todos sus contemporáneos alcanzaron a ver, puesto que para muchos de ellos el trazo de la melodía, invento barroco por excelencia, continuó siendo en realidad el de la funcional voz superior de una estructura contrapuntística, por mucho que ésta se hubiese desgajado de su textura propia para erigirse en protagonista con su bajo de acompañamiento. Y no son tantos tampoco los que muestran un gusto tan remarcado por pulir sus perfiles, por recrearse en ella como Charpentier.

Obtiene una expresividad muy particular mediante este proceso, y mediante otros, como la ya citada sutileza armónica y su inteligente uso de la modulación continua y de la disonancia –que no suele ser agresiva ni atormentada como correspondería a los cánones de la retórica al uso, sino en muchos casos, y paradójicamente, todo lo contrario, dándose a su manera el mismo caso que cien años después con el cromatismo mozartiano, que tampoco será sombrío, sino pretexto de luminosidad–. Verdaderamente inconfundible, de una personalidad que le distingue a la simple escucha de los demás por muchos rasgos de estilo que con ellos pueda compartir. Particular en su color, en su sonoridad redonda, nunca aristada, dulce incluso en muchos momentos, pero sin asomo de empalago. Conmovedoramente hermosa.

Hombre oscuro, “sabio y laborioso” para sus coetáneos más lúcidos. Sencillamente insustituíble para nosotros.

lunes, 01 de junio de 2009
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