Raul Mallavibarrena
Obsesionado por desvelar el secreto de sus astros, dedicó su vida (o lo que pudo de ella) a disfrazarla con los atuendos de aquellos. Desde niño fantaseó con vivir historias que no le pertenecían, pero a las que fue fiel hasta clausurar su alma. Hablaba de sus sonatas y sinfonías, de sus recitales ante audiencias de notables y de viajes por Europa, que en realidad fueron a Eurodisney y a la playa de Oropesa. En el patio del colegio se sentaba en una esquina con los ojos cerrados como si estuviera en trance, sin importarle las burlas y las muecas de los párvulos. Huía del jaleo y evitaba los gritos y los juegos, como el rescate, las canicas y el balón, aunque una vez lo pusieron de portero como si fuera un muñeco. Suspendía casi todo, en especial la Música, y raro era el día que no le escondieran los libros o robaran la merienda. A los doce años habló a todos de su primera ópera y se compró unas gafas sin graduar, pequeñas y redondas, para parecerse a Weber. Sus cercanos le escuchaban, asentían y lo dejaban correr, para no erosionar su ilusión. Si otros soñaron con ser el Capitán Trueno o Sandokán ¿por qué no una amalgama de compositores moradores del Olimpo?
Socorrido por las ministeriales bajadas de listón, aprobó Primaria con lo justo y marchó al instituto. Allí le renovaron los motes y las guasas. Le llamaban el genio y hasta el más tonto le daba palmadas en la nuca cada vez que disertaba sobre las formas del sonido. Tenía un diario en el que clasificaba sus supuestas obras con números de Opus, deslizando sugerencias a sus futuros biógrafos sobre algún otro tipo de catalogación. Hablaba de cómo su padre, contrariando su irreprimible vocación hacia las musas, ansiaba hacer de él un gran médico o abogado. En verdad lo que quería el padre era que aprobara algo alguna vez y que se pusiera a trabajar lo antes posible.
Con el andar de los años le llegó el tiempo del estirón y, como ciertamente no era un tipo feo, algunas chicas se interesaron por él. Su porte alternativo lo convertía en una luz entre el rebaño, atrayendo a las que huían del capitán del equipo de fútbol o del último marmolillo desgajado de las canteras del rap. No duraban mucho. Justo hasta que les detallaba su innegociable proyecto de tener veinte hijos, como Bach, nada menos. Nunca tuvo ni uno, ni se casó.
Algo más tarde –tendría unos veintiocho- apareció su fijación por quedarse sordo. Decía que eso le inspiraría “oscuros cuartetos” en sus últimos momentos. Pero sus oídos funcionaban perfectamente: ni una otitis, ni un catarro, ni un triste tapón de cerumen. Aquello lo hundió y, según contaba, comenzó por tal motivo sus canciones más dolientes. Las presentaba en su casa, en veladas nocturnas a las que asistían su paciente madre y una vecina (ésa sí sorda de vedad). Luego le dio por contar que en su novena sinfonía había incluido un coro y que usaría la tonalidad de sol menor para el frontispicio de su cuadragésima. A los treinta y cinco se empeñó en sentirse enfermo, como moribundo, y pasaba las semanas de la cama al sillón, componiendo lo que él decía ser un Réquiem que no podría terminar. Por aquellos días pidió ser enterrado en desamparada soledad, y, de haberse muerto entonces, así hubiera sido, porque amigos, lo que se dice amigos, no tenía.
Su larga melena y excéntrica indumentaria, a caballo entre lo versallesco y lo bohemio, confirmaban cada vez más su perfil de lunático. Así las cosas, sin resultar peligroso, acabó por ser incómodo –lo que es casi peor- y recién cumplidos los cuarenta se lo llevaron a un hospital grande y blanco, con pasillos anchos y enfermeros como armarios. No opuso resistencia. “Con suerte encontraré aquí algún Luis II de Baviera” murmuró al entrar en su pabellón. Allí anduvo como un zombi, medio sedado, paseando por el jardín con varios pliegos de papel pautado bajo el brazo y un lapicero siempre afilado en el bolsillo del pijama. Tanto que acabaron retirándoselo por resultar peligroso. A partir de entonces se sumergió en un prolongado silencio. Una semana después le dieron otro lápiz, éste de color rojo clarito, cuidándose de que la punta ya estuviera gastada. Se lo iban renovando cada vez que lo pedía. Así pasaron meses, diría que un año o algo más, y un martes de octubre (¿o fue miércoles?) se murió.
Llamaron a su familia para el entierro y el papeleo. Entregaron a su hermana sus escasas pertenencias: la ropa marciana, el diario de sus fabulaciones, una caja con piedras del patio, un libro de anécdotas de excursionistas (que luego resultó ser de la biblioteca), y un cajón grande y pesado con sus cuadernos de pentagramas, todos vacíos. Pero en el fondo había varios sobres, y dentro más hojas pautadas, esta vez con música escrita. Mucha música:
- Una ópera completa en tres actos titulada “Casandra en el templo de Atenea”
- Seis cuartetos de cuerda (los dos últimos atonales)
- Un oratorio en dos partes titulado “Betsabé”, para cinco solistas, gran órgano,
coro y orquesta.
- Cuatro preludios para piano (uno de ellos para la mano izquierda)
- Un poema sinfónico, “A propósito de Shnitke”, para violonchelo y orquesta
- Cuatro sinfonías (la tercera incompleta)
- Dos ciclos de lieder sobre poemas de Rilke y Pushkin
- Tríptico coral sobre “La vida es sueño”
La hermana, que de música entendía poco o nada, no entró a valorar tan inesperado legado. Pero algo sí llamó su atención: toda aquella selva de notas, claves, líneas y palabras, estaban escritas a lápiz, un lápiz de trazo grueso y rojo. Un rojo clarito.
viernes, 01 de mayo de 2009