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La memoria de los pianos

Raul Mallavibarrena

Aunque entre estudiantes de Música una cierta extravagancia era casi la indumentaria habitual, Nerea Castillana siempre le pareció a Eladio una chica un poco pirada. Eran compañeros, más que amigos, y durante varios cursos compartieron las clases de Música de cámara, Estética y Armonía. Incluso, cuando estaban en séptimo, llegaron a dar un pequeño recital de piano a cuatro manos en un centro cultural de Hortaleza, con música de Mozart y Schubert. Después de aquello, Eladio empezó a pensar en Nerea de otra forma, era evidente que le gustaba, aunque cuando trataba de ordenar sus ideas, le preocupaba si merecería la pena caminar hacia una persona con maneras tan estrafalarias.

Llegó el final del último curso y los dos obtuvieron la titulación. Ambos ya eran pianistas a los ojos del Estado. Aquella tarde se animaron a tomar algo en una terraza. Lejos de ser una cita, el evento suponía algo más ambicioso que los cafés de media mañana con otros alumnos o los encuentros frente a la máquina de zumos en los pasillos de las aulas de estudio. Eladio se sentía algo nervioso. No era la primera chica con la que estaba, pero ésta era la primera con la que podría compartir el comienzo de su vida real de adulto, de persona habilitada para ejercer la profesión por la que había estudiado tantos años. Tal vez –pensó-, Nerea podría convertirse en algo más que una amiga. Y a los veintidós años esa situación podría conllevar decisiones más importantes a no muy largo plazo.

Hablaron durante horas, sobre todo de anécdotas comunes, de los profesores y de los planes del verano. Los dos se sentían cómodos y relajados. Era una fantástica tarde de finales de junio, y ella llevaba una blusa blanca, algo suelta, que la convertía en una chica ciertamente apetecible. En un momento dado, animados por la creciente complicidad, la conversación derivó hacia preguntas más personales. La primera fue ¿por qué estudiaste piano?

El primero en contar su historia fue Eladio, que explicó que la vocación le vino al escuchar, domingo tras domingo, a un pianista en un programa de la tele. Era un magazine insustancial, en el que la presentadora parecía coquetear con el pianista antes de presentar los números, y éste se sentía más seguro tocando que hablando. Eran casi todo baladas y canciones románticas, pero desde el principio le cautivó la elegancia de aquel aristocrático y brillante mueble negro, gobernado desde un teclado de neutra simetría, capaz de dictar, sin embargo, un sinfín de músicas inolvidables. Sus padres le apuntaron con diez años al conservatorio y en todo este tiempo nunca había cuestionado lo más mínimo su vocación.

Entonces ella le contó el origen de su interés por el instrumento.  

-  Verás. Mi madre es profesora de piano. De niña me gustaba escucharla, tumbada en el sofá o mientras jugaba a las casitas. Me pasaba horas rodeada de su música. Pero cuando dejaba de tocar, solía acercarme a pegar mi oído al piano, para ver si de todo el sonido que se había generado allí dentro quedaba algún eco. Permanecía quieta, en silencio, durante un buen rato, unida al tablón lateral como una muñeca de trapo apoyada en la pared, esperando oír el rebote de algún acorde o la resonancia de alguna melodía perdida. Y fue así como descubrí el alma del piano.

- ¿El alma dices?

- Sí, el alma, o para ser más exactos, la memoria del piano.

- ¿Y qué es la memoria de un piano?

- Pues la formada por todas y cada una de las músicas que se han tocado en él. Si aprietas el oído contra un piano, podrás escuchar las obras que en algún momento ha lanzado al aire, las obras que han nacido de los movimientos de su complejo sistema de macillos, tensores y apagadores. Las obras que han quedado atrapadas en su memoria.

- ¿Estás de broma?

- No es ninguna broma. La razón de que yo estudiara la carrera de piano es ésa. Creo que los pianistas, lo que hacemos es despertar la música que contiene el piano en su memoria y darle de nuevo la vida. O bien, incorporar otras nuevas, para que otros, tiempo más tarde, las despierten y salgan.

Aquellas palabras, aun con su trasfondo poético, representaron para Eladio un decepcionante recordatorio de que Nerea era una encantadora y adorable marciana. Sin duda hablaba en serio. Su manera de describir tales sensaciones no se ajustaban a un plan de metáforas musicales manidas, en las que la relación entre el instrumento y el intérprete fuera análoga a la de dos seres humanos. Escuchando a Nerea, Eladio percibió la agotadora alocución de una lunática que pensaba realmente que los pianos tienen memoria.

Desde ese instante, la conversación se fue enfriando por el desinterés creciente de Eladio. Las pausas se hicieron cada vez más largas y antes de veinte minutos estaban despidiéndose sin ni siquiera dejarse los teléfonos.

De camino a casa, Eladio entristeció por lo sucedido. Verdaderamente, Nerea le gustaba pero todo aquel asunto de los pianos susurrantes le sonaba demasiado a esas películas en las que alguien oye voces que salen de las grietas. Esa noche apenas pudo dormir. Se levantó varias veces a beber agua y a refrescarse. Una de ellas, al pasar por delante del piano, se detuvo. En la casa, como es lógico, reinaba el más completo y nocturnal silencio. Entonces se acercó lentamente, se agachó y pegó su oído a la madera del piano, tal y como le había dicho Nerea. Cerró los ojos, intentando agudizar al máximo sus sentidos. Pero no escuchó nada. Nada. Ni tan siquiera el eco armónico de alguna de los más de dos centenares de cuerdas tensadas por el arpa de acero, formadas como un ejército de firmes soldados, esperando la orden de combatir.   

Eladio volvió a la cama y se prometió olvidar a Nerea para siempre.

Pasaron los años, como pasan los días o las horas. Eladio, tras una década como pianista de concierto, terminó de profesor en el Conservatorio Superior de una importante capital. Se casó y tuvo tres hijos que le dieron cuatro nietos. Enviudó a los sesenta y ocho y se jubiló a los setenta. Todos los sábados, sus hijos y nietos solían visitarlo y él terminaba casi siempre tocando para ellos.

Una vez, vio a su nieto Iván, de siete años, jugando en el sofá junto al piano. El abuelo Eladio se le acercó y le dijo:

- ¿Quieres que te cuente un secreto?

- ¡Sí, abuelo!, pero luego me dejas contarlo a mí primero.

- Claro que sí. Mira, acércate al piano. ¿Tú sabes que los pianos tienen memoria? como las personas

El pequeño Iván se encogió de hombros, como es natural.

- Pues así es. Si acercas tu oído hasta dejarlo pegado, puedes escuchar las músicas que han salido de él en otro tiempo.

Iván rápidamente pegó su pequeño orejita al lateral del piano y, tras unos segundos moviendo sus ojillos como si buscasen algo, comenzó a sonreír asombrado y feliz.

- ¡Ya lo oigo, abuelo, ya lo oigo!

- ¿Sí? ¿Y qué es lo que oyes?

- La canción que tocabas el sábado pasado.

- ¿Ah, sí? ¿Y qué canción es ésa?

El niño comenzó a tararear con su vocecilla infantil la Giga de las variaciones Goldberg, como quien imita una melodía susurrada.

En ese momento, Eladio recordó con asombrosa nitidez a Nerea, sentada frente a él en la terraza, con su blusa blanca, algo suelta y su mirada misteriosa, contándole lo mismo que él acababa de contar a su nieto. Entonces, se agachó, acercó su oído al piano hasta pegarlo a él y cerró los ojos con fuerza.

Pero no escuchó nada. Nada. Ni tan siquiera el eco armónico de alguna de los más de dos centenares de cuerdas tensadas por el arpa de acero, formadas como un ejército de firmes soldados, esperando la orden de combatir.  

 

jueves, 01 de septiembre de 2011
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