Jorge Binaghi
Estoy, como cada año, de visita en mi ciudad natal, Buenos Aires. Dentro del cuadro general de ausencias progresivas no deseadas que me rodea, de personas y de objetos, hay una institución para mí fundamental que hace más de tres años no frecuento. Los últimos dos porque está cerrada; los anteriores porque me había ya hartado de presenciar el descenso en picado de nivel en programación y, sobre todo, interpretación. El teatro Colón, otrora referencia en el mundo de la lírica. Y no hablo de cuando se daban entre 13 y 16 títulos por temporada, o no solamente.
No apruebo las líneas de directores generales, artísticos, escénicos e incluso algunos cantantes y directores de orquesta que perjudican gravemente la salud del teatro lírico con sus deseos de originalidad a toda costa (cuando no la comprometen de modo definitivo), mucho más que el cigarrillo la salud humana. Pero sería preferible cualquiera de esas opciones (o todas juntas) a un teatro cerrado, en permanente estado de 'obras' (misteriosas y costosísimas, permanentemente ampliadas y refinanciadas), de cambios de títulos y repartos, y de manifestaciones extemporáneas a toda hora. Ciertamente recuerdo la vergüenza de actitudes 'sindicales' más próximas de la burocracia que de cualquier concepción artística, pero no conviene echar las culpas sobre una sola parte ni sobre una sola gestión.
Más responsables que las diferentes autoridades, y en particular las 'exteriores' al teatro (que depende del gobierno de la ciudad), difícil. De aquellos polvos provienen estos lodos, como siempre. Y en ese sentido, nunca más que ahora el teatro Colón es símbolo de una ciudad y de un país que no parecen tener rumbo, ni querer tenerlo, o que prefieren hundirse cual Titanic mientras la orquesta sigue tocando (no precisamente en este caso). Entiéndase: cuando mediocridad, ignorancia, negligencia, intereses creados, egolatrías, abusos de poder, pequeñas ambiciones y mezquinas rivalidades campan por sus respetos.
viernes, 01 de mayo de 2009