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De nuevo, esplendor en Salzburgo

Francisco Villalba Talavera

Durante bastantes años parecía que el festival de música clásica más importante del mundo estaba en franca decadencia, algo fallaba, su pretendida renovación comenzada hace unos veinte años ya no daba más de si, la cacareada renovación del repertorio fallaba, había localidades para todos los espectáculos con pasmosa facilidad, muchos aficionados decidieron brillar por su ausencia y, por mucho que la directiva del Festival proclamase su extraordinarios éxitos, la realidad era muy otra. Representaciones aburridas, con directores de escena disparatados y directores musicales inapropiados, entre los que solo se mantenía contra viento y marea el grandísimo Muti. Sin embargo este 2011 los recordaré, en mi experiencia de treinta y un años consecutivos como asistente al festival, como uno de los más gloriosos de los que tengo recuerdo, comparable POR FIN, a los grandes primeros años de Karajan.

En los quince días que estoy siempre en la ciudad de Mozart he podido disfrutar de un maravilloso Liederabend que comenzó con la bellísima Sonata D 894 de Schubert espléndidamente interpretada por un iluminado András Schiff, que posteriormente acompañó al tenor Piotr Beczala y al barítono Christian Gerhaher en la versión para piano de la sublime Canción de la Tierra de Gustav Mahler. En esta ocasión el extraordinario tenor no dio la talla, sobre todo al principio, posteriormente se fue entonando, sin embargo Gerhaher hizo una creación de las que no se olvidan, con una interiorización de cada nota, de cada frase, con una intensidad dramática de poner el vello de punta y demostrando que hoy en día no tiene rival en este repertorio.
 
Al día siguiente Thielemann a las ordenes de la Wiener Philharmoniker con la amanerada pero siempre maravillosa soprano Reneé Fleming, en un programa dedicado a Strauss que constaba en su primera parte de cuatro lieder y la escena final del primer acto de Arabella, en todas ellas Fleming mostró su legato impecable su bellísima voz, además Thielemann, que la adora, tuvo sumo cuidado en evitar que un exceso orquestal la tapase en algunos momentos. En la segunda parte escuchamos una fabulosa Sinfonía de los Alpes. ¡Lastima tanta maravilla sonora para una obra tan hinchada y superficial!
 
Al siguiente Antonio Pappano, al frente de la Orquesta de la Accademia Nazionale di Santa Cecilia de Roma, nos ofreció una heterodoxa pero estupenda versión de la Sinfonía en re mayor, Londres, llena de brío y muy lejana de los aburridos cánones filológicos hoy tan apreciados. En la segunda parte el Stabat Mater de Rossini con un reparto de fábula, en el que solamente estuvo simplemente discreto el tenor Matthew Polenzani, pero el resto fue de chapeau, la buenísima mezzo Marianna Pizzolato, el bajo que no es bajo pero canta estupendamente Ildebrando D’Arcangelo y la extraordinaria Anna Netrebko, que una vez más dejó claro por que está donde está y que a pesar de la publicidad se puede ser una grande.
 
La primera ópera a la que asistí fue esa maravilla que es el Caso Makropulos de Janaceck, en una curiosa producción debida a Marthaler, al que solo achaco que un exceso de invenciones teatrales hiciese confusa algunos de sus añadidos al libreto, e interrumpiesen la acción dramática de la música. Essa- Pekka Salonen fue un impresionante intérprete de la partitura, al frente de la Wiener, a la que quizá faltase una pizca de idiomatísmo en su recreación, pero esto es ponerse en un nivel de exigencia máximo. Ángela Denoke, una vez más, mostró que no tiene rival en el papel de Emilia Marty, ni vocal ni escénicamente.
 
Al día siguiente las Bodas de Fígaro, en el ya rodado montaje de Claus Guth, que en la primera ocasión que lo vi no me disgustó pero que en esta ya me pareció digno de olvido, a pesar de su excelente dirección de actores. En esta ocasión ni la Orchestra of the Age of Enlightenment, ni su director el jovencísimo Robin Ticciati, estuvieron a la altura de las circunstancia, no es que lo hiciesen mal es que en Salzburgo y para Mozart hay que exigir mucho más. Del reparto, bastante mediocre, sobresalió una refinadísima Condesa de Genia Kühmeier y el apabullante Conde de Simon Keenlyside, excelentemente cantado e interpretado con un derroche de fuerza física digna de un atleta de elite. Erwin Schrott como Figaro infundió una enorme comunicatividad y simpatía al personaje, pero su hermosa voz a niveles técnicos no la considero idónea para el personaje. Deficiente la Susanna de Marlis Petersen.
 
Y llegó una de las glorias del Festival, la Misa de Réquiem de Verdi, con la Wiener a las órdenes de Muti y un reparto integrado por la soprano, Krassimira Stoyanova, la mezzo, Olga Borodina, el tenor Saimir Pirgu, y el bajo Ildar Abdrazakov. Lo más flojo vocalmente fue Pirgu excesivamente lírico para el papel, pero que lo defendió con dignidad y buen gusto, Abdrazakov quizá carezca los tonos cavernosos a los que estamos acostumbrados en el bajo del Réquiem, pero canta tan bien y con tanta entrega que ese pequeño matiz del color se puede pasar por alto. Olga Borodina, una vez más, desplegó su esplendor vocal, y algo mucho más raro en ella, su expresividad. La Stoyanova fue un milagro, su voz no es muy grande, y sus graves son casi inexistentes, pero para compensar esto hizo una gala en los agudos, en la media voz y en los planísimos que me hicieron recordar los de la joven Caballé en esta misma partitura, más no se puede decir. Una gran cantante. Pero sobre todos y todo la Wiener y Muti. Nunca he escuchado un Réquiem semejante, aquello era lo que Verdi había escrito, fue terrorífico, un canto enfurecido en el que la ira de Dios caía como una catarata incandescente sobre el auditorio, el Juicio Final de Miguel Ángel convertido en música, y que concluyó con la más desoladora. Muti lleva a Verdi en la sangre y los traduce como nadie, demostrándolo al frente de una Wiener entregada e irreprochable que hizo gala de su condición de orquesta imbatible cuando se lo propone, impecable en todas sus secciones, capaz de los fortísimos más estrepitosos y los más inverosímiles pianos. Una velada para la historia del Festival y de la música.
 
Al día siguiente otra bomba, Ivor Bolton, al frente de la orquesta del Mozarteum en un programa doble integrado por Le Rossignol de Strawinski y Iolanta de Tchaikowski. El Rossigñol es una obra aceptable pero demasiado edulcorada y su hora de duración pasó sin pena ni gloria, muy bien servida por Bolton y un irregular reparto integrado por Julia Novikova, como el Ruiseñor; Julia Lezhneva, La Cocinera; Antonio Poli, El Pescador;  Yuri Vorobiev, El Bonzo y Maria Radner, La Muerte. Todo subió de temperatura alcanzando niveles incandescentes con la obra de Tchaikowski, esta, con un reparto de lujo, lujísimo estuvo cantada por Anna Netrebko, como Iolanta, John Relyea, Piotr Beczala, Alexey Markov, Antonio Poli, Yuri Vorobiev y María Radner. La bella y poética obra de Tchaikowski no se puede escuchar mejor cantada. La sorpresa fue el barítono Alexey Markov que en su única aria desplegado tal derroche de medios, de belleza de voz eslava, de generosidad que mereció la cerrada ovación con que le premió el público. En esta ocasión recuperamos al gran Beczala, su voz lírica se adapta a la perfección al personaje de Vaudémont y lo canto con tal perfección, emotividad y entrega que justifican su condición de primer tenor actual de su cuerda, eso que tenía a su lado ese cañón vocal y escénico que es Anna Netrebko que a diferencia de sus compañeros jamás utilizó el atril e interpretó el personaje de la princesa ciega como si fuese una representación escenificada, primero fue una joven inocente perdida en un mundo de fábula y en su respuesta a Beczala en el principio del inmenso dúo con él, desplegó toda la brillantez, belleza vocal sin fisuras que requiere el personaje, alcanzando la cima posteriormente con un Beczala a todo gas, en uno de esos momentos que no se olvidan, ambos transfigurados consiguieron algo inaudito en Salzburgo, que el público interrumpiese la partitura con una tremenda ovación que hizo temblar el Grossesfestpielhaus. Una velada de canto emocionante, a lo grande, como hacía muchos años que no escuchaba.
 
Pero la guinda del Festival era el Macbeth de Verdi, dirigido por Muti al frente de la Wiener, con dirección escénica de otro grande Peter Stein y un reparto integrado en los papeles principales por Željko Lučić, Macbeth; Tatiana Serjan, Lady Macbeth; Dimitry Belosselsky, Banco; Giuseppe Filianoti, Macduff; Antonio Poli, Malcolm. Representación para la que no había un billete libre ni con recomendación y que todos esperábamos como un verdadero acontecimiento. Si la ópera fuese solo la orquesta, el coro y el director musical habríamos escuchado una representación grandiosa, pero la opera es también dirección de escena y, sobre todo canto, y en estos apartados este Macbeth dejó mucho que desear. Peter Stein se ha limitado a exigir que las brujas fueran reducidas a cuatro figurantes, mientras el coro, disfrazado como si fuesen árboles, cantaban la partitura, solución similar a la del asesinato de Banco, en el que los asesinos fueron también reducidos a cuatro figurantes, mientras el coro cantaba enfundado en hábitos negros que parecían sacados de una película de Harry Potter, también, y esto con acierto sugirió al maestro poner los ballet al principio del acto III para no interrumpir la acción dramática. Ridícula la entrada del rey Duncano con una verdadera manifestación de cortesanos siguiéndole que se cerraba con el metal de la orquesta vestido de época tocando, también desmesurado el número de asistentes al convite del Macbeth y Lady Macbeth, mal resuelta la aparición de Banco, y la de los reyes que parecían estar montados en una noria subterránea. Mejor el final, que merced a haber elegido el maestro Muti, el de la primera versión sin coro triunfal, resultó emocionante. Y quizá este sea uno de los motivos por los que el maestro Muti no permitió la prevista retransmisión del evento por la televisión. Del reparto salvaría a Belosselky como Banco, el resto dejó mucho que desear, Filianoti como Macduff rozó lo inaceptable, este cantante parece más un alumno de tercero de canto que un tenor con solvencia para subirse a un escenario de ópera. El Macbteh de Željko Lučić fue muy burdo, sin matices, este cantante posee voz, pero nada más. La soprano Tatiana Serjan en un principio me pareció que podía defender el endemoniado papel de Lady pero llegado el segundo acto, en el brindis, nos obsequió con una serie de desatinos vocales que me dejaron perplejo de que se la hubiese podido elegir para el papel, aunque la escena del sonambulismo la resolvió menos mal de lo que yo esperaba. En fin que, como siempre hoy en día, el gran reto de todos los teatros es encontrar intérpretes adecuados para Verdi, si es que lo hay.
 
Para compensarme llegó al día siguiente Die Frau ohne Schatten straussiana con Thielemann, dirigiendo por primera vez una ópera el en el Festival, al frente de la Wiener, dirección de escena de Christof Loy y el siguiente reparto en los papeles principales Stephen Gould, El Emperador; Anne Schwanewilms, La Emperatriz; Michaela Schuster, La Nodriza; Wolfgang Koch, Barak, el Tintorero; Evelyn Herlitzius, Su mujer. En primer lugar decir que esta es mi ópera favorita de Richard Strauss, la conozco al dedillo y me emociona como ninguna otra del compositor y en segundo que no soy un gran admirador de Christof Loy, al que mucho público y critica han triturado por su reinterpretación de la obra, sin embargo a mi me pare si no lograda al cien por cien, si muy conseguida y en absoluto en contra del texto de Hofmannsthal. Lo accesorio, que no lo es, en la dirección de escena de Lloyd es la localización de la obra en la Sophiensaal de Wiena, destruida por un incendio el 21 de Agosto de 2001, edificio construido en 1826, que fue primero unos baños de vapor, después, entre 1845-49 un salón de baile en el que se escucharon por primera vez muchos de los valses de la familia Strauss, también allí se celebraron bailes en beneficio de huérfanos, representaciones de vaudeville y teatro, allí se fundo el Partido Nacional Socialista Austriaco y allí se marco a los judíos para ser deportados. En 1950 fue utilizado como sala de grabación para el legendario Anillo de Solti. Loy se permite trasladar a este entorno la grabación de la primera Frau ohne Schaten en disco dirigida por Karl Böhm en 1955 (que fue hecha en el Musikverein Vienés) pero lo hace con gran inteligencia haciendo que la trama de la obra se interrelacione con los problemas personales de los cantantes con lo que el ensayo se convierte en una paráfrasis de los dramas personales de cada uno de ellos. La producción podrá ser discutible pero es sumamente inteligente. La sección femenina estuvo mucho mejor servida que la masculina. Anne Schwanewilms como La Emperatriz desplegó su irreprochable musicalidad en este repertorio, careció de la fiera e irrepetible grandeza de Rysanek, pero en este montaje era totalmente idónea, La Nodriza de Michaela Schuster, careció del timbre grave que requiere el personaje pero lo resolvió con desenvoltura y excepcionalmente a niveles dramáticos, pero la sorpresa para mi fue la Tintorera de Evelyn Herlitzius que se hizo con la escena gracias a su absoluta entrega, sus dotes dramáticas, y su capacidad de entrega a un personaje tan complejo del que supo sacar todos los matices vocales y teatrales, sé que vocalmente podrá ser discutida pero como interprete fue magnífica. Stephen Gould fue un Emperador muy mediocre, pero ¿quién es capaz de cantar este papel?, la tesitura a la que se somete al tenor en este personaje es inmisericorde y solamente interpretarlo en un escenario es digno de encomio. Wolfgang Koch como Barak, estuvo bien, aunque eche de menos la ternura que exige el personaje en algunos momentos. El resto del elenco bueno. Pero fueron Thielemann y la Wiener los que convirtieron la velada en un acontecimiento. Thielemann dirige extraordinariamente a Wagner pero creo que se supera en Strauss, su exquisita lectura de la obra, de la que logró mostrar sus mil matices, su control del sonido de la orquesta en todos los momentos, le hacen merecer un puesto equiparable al de los otros tres grandes maestros que han dirigido la obra en la historia del festival Clemens Krauss, Böhm y Solti, sin desmerecer en absoluto de ellos, a pesar de no disponer de los espectaculares repartos con los que contaron estos, sobre todo los dos primeros (Krauss: Franz Völker; Viorica Ursuleac, Gertrud Rüngen; Josef von Manowarda y Lotte Lehmann) (Böhm: James King; Leonie Rysanek; Ruth Hesse; Walter Berry; Christa Ludwig)
 
Para finalizar unas noticias. El maestro Muti no volverá a dirigir ópera en Salzburgo, si conciertos. Parece que desea tomarse los veranos para descansar. Perdida grande para un festival en el que solo el maestro italiano ha podido parangonarse con Karajan. Otra que Netrebko y su marido Erwin Schrott, también abandonan el Festival debido a que su próximo director, Alexander Pereira, no contará con ellos después de 2012, año en el que la soprano cantará con Piotr Beczala una Boheme que se promete un verdadero acontecimiento.
 
Un último apunte, por primera vez no se ha entregado un avance de la próxima temporada que no se hará pública hasta el mes de Noviembre, aunque ya se habla con certeza de la antes citada Boheme y de Ariadne auf Naxos de Strauss en su primera versión.

 

 

jueves, 01 de septiembre de 2011
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