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¿El peor director del mundo? ¡Gergiev!

Fernando López Vargas Machuca

Tal género de clasificación de “los mejores” o “los peores” directores, cantantes, solistas, conjuntos sinfónicos o registros discográficos tiene mucho de juego y muy poco de valor “científico”, si es que se puede hablar de este último en algo tan subjetivo como es la crítica musical. Pero bueno, como Ángel Carrascosa trata este mes sobre la (disparatadísima) lista de las presuntas veinte más grandes orquestas del mundo publicada por “Gramophone”, aprovecho la oportunidad para divertirme un poco y soltar que en una presunta relación de los más sobrevalorados directores del momento (entre las grandes estrellas internacionales, claro está, pues batuteros de medio pelo los hay a cientos), yo nombraría sin dudarlo, pese a la competencia de un Levine, un Harding o un Minkowski, a Valery Gergiev.

Aunque en directo sólo he tenido la ocasión de escucharle en cuatro ocasiones, conozco una cantidad de discos y grabaciones radiofónicas más que suficiente para corroborar que posee un claro modus operandi (“como los delincuentes famosos”, que dirían Les Luthiers): batuta de trazo grueso, escasa claridad, gama dinámica poco diferenciada, propensión a acumular decibelios, incapacidad para desplegar vuelo lírico, desinterés por los matices expresivos, tendencia a precipitarse y, sobre todo, un deslavazamiento de las estructuras que le lleva a sustituir la correctamente planificada progresión de las tensiones por grandes arrebatos temperamentales que, unidos a un enfoque interpretativo mucho más instintivo que producto de la reflexión, le otorgan a sus interpretaciones un carácter inflamable muy de cara a la galería y una innegable vistosidad. Esto último me parece la única explicación posible de sus éxitos entre buena parte de la melomanía internacional.

¿Ejemplos? Ahí está su reciente disco Brahms y Korngold con el extraordinario Nicolaj Znaider (¡qué violinista, cielo santo!), donde se refugia en la corpulencia sonora y logra, gran mérito sin duda, que la Filarmónica de Viena no suene a ella misma. O su reciente ciclo Mahler con la Sinfónica de Londres, que oscila entre el desaliño técnico, el aburrimiento y los “hallazgos” de pésimo gusto. O sus estruendosos Cuadros de una exposición. O su soporífero Réquiem de Verdi. O, finalmente, su aberrante Turandot del Festival de Salzburgo, sin duda la más pedestre, pretenciosa y zafia dirección operística que el autor de estas líneas jamás haya escuchado a un director famoso.

Alguien dirá que no soy justo al dejar de lado el repertorio que presuntamente mejor domina, el de su tierra. Pues bien, reconozco que Gergiev tiene la capacidad de hacer sonar a las orquestas occidentales con una rusticidad que bien puede recordar a la antigua tradición rusa. Pero ahí creo que se acaban sus virtudes.

En su Tchaikovsky el entusiasmo del director y sus ganas de comunicar son evidentes en acercamientos con frecuencia incendiarios, pero más aparatosos que sinceros y lastrados por el trazo grueso de la batuta; reconozco, en cualquier caso, que circula por ahí un video de La dama de picas en el Met (con Domingo) realmente espléndido.

Su Rachmaninov me parece aburrido, por mucho que intente disimilar la falta de credibilidad con efectismos varios. El ejemplo más reciente entre los que le conozco es su mediocre disco con un Lang Lang (este chico puede ser genial pero tiene mucho peligro) entregado al virtuosismo más insustancial.

A Stravinsky el director moscovita se acerca con entusiasmo y hace gala de un buen sentido del ritmo, pero de nuevo la brocha gorda deja huella, por no hablar de su deslavazada manera de recrear La consagración de la Primavera, adornada con injustificables caprichos en la agógica.

En su irregular Shostakovich se dedica a epatar con la acumulación de decibelios antes que a bucear en la negrura de los pentagramas. Pero cuando me llega a irritar en el repertorio ruso es en Prokofiev, donde cae en el tópico del “enfant terrible” y opta por encadenar explosiones sonoras para dejar por completo de lado la vertiente lírica, melancólica y emotiva del genial compositor.

El título de esta entrada calificando a Gergiev como “peor director del mundo” es, obviamente, una exageración: en segunda división los hay mucho peores. Pero lo que cada día tengo más claro es que entre los nombres famosos de la dirección orquestal este es el más sobrevalorado, y quizá también el más “peligroso” por su manera de vender al gran público un tan tosco como efectista espectáculo sonoro en lugar de auténtica música.

Por cierto que sus éxitos no tienen lugar sólo en el extranjero, sino también en España: asiduo visitante de Madrid y Canarias, y galardonado recientemente con la Medalla de Oro del Palau de la Música de Valencia, Valery Gergiev está invitado a abrir la próxima temporada del otro Palau de la ciudad del Turia, el de Les Arts, con una nueva producción de Los troyanos. Espero que estas líneas sirvan para empezar a desenmascarar al impostor.

viernes, 01 de mayo de 2009
Comentarios
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lunes, 16 de noviembre de 2009 20:47
completamente de acuerdo
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