Es una página breve; apenas alcanza los diez minutos de duración. En ella, los instrumentos de un quinteto mixto –flauta, oboe, clarinete, violín y violonchelo– giran de continuo, “en espiral” podría decirse, sobre un mismo núcleo interválico. Una veces se abren, otras se cierran sobre sí mismos, ora asumen un papel protagónico, como el de un solista en un concierto, ora de acompañamiento; pero siempre, siempre sin modificar un ápice el contenido melódico y armónico que emiten. ¿Una moderna reflexión sobre la vieja dialéctica del concerto grosso, género barroco por excelencia?
No es Glosas a Sebastián Durón, partitura firmada por Jesús Villa Rojo en 1993, un ejemplo más de esa tendencia que la crítica viene señalando en mucha de la música que se compone de un tiempo para acá. Esa que proclama, aunque no de manera teórica, o mucho menos reivindicativa –la virulencia de las vanguardias parece haberse atemperado ya definitivamente–, pero sí de facto, la asunción de la herencia del pasado, aunque sea desde los más variopintos puntos de vista. No puede decirse desde luego que sea la corriente que vertebre de manera uniforme el ideario de la música que hoy se escribe en el mundo –eso que en otro momento se hubiese llamado un ismo–, pero la insistencia de los compositores en ello le hace tener un peso significativo. No están solos en el empeño: las gentes de las letras le han puesto el nombre de intertextualidad, confirmando que todo texto literario está construído consciente o inconscientemente como un sistema de citas, en tanto y cuanto es siempre asunción y transformación de otros textos ya existentes.
Glosas... consigue dar una vuelta de tuerca sobre estos conceptos, erigiéndose en una propuesta artística portadora de una sutileza y una inteligencia que le hacen desmarcarse de la mayoría. Es, sí, un homenaje a Durón, uno de los referentes del patrimonio musical hispano del cambio de siglo XVII-XVIII, y como la mayor parte de los homenajes que la música hace sobre su pasado, toma una alusión de su obra como piedra angular de toda la pieza. Es un simple intervalo, una tercera menor, que al ser tan común no evoca directamente a Durón permitiéndonos reconocer su sombra en los pentagramas de Villa Rojo, sino a la música misma de su época, y aún de otras épocas. Así que, en rigor, nada de citas, guiños, imitaciones, pastiches, relecturas, versiones o emulaciones de estilo, de técnicas, procedimientos... porque lo que verdaderamente toma el maestro briocense de su ilustre antepasado es la esencia misma de su lenguaje, que es el del Barroco.
Glosas a Sebastián Durón es pues una recreación del espíritu del Barroco, que aparece en su plenitud desde una sintaxismoderna, a partir del dinamismo, de la concepción infinita del tiempo, que es lo que define todo el pensamiento de aquel periodo artístico. Porque lo mismo que en la pintura observamos los paisajes de un Claudio de Lorena o de un Poussin prolongándose imaginariamente más allá de los lindes de los marcos que los encuadran, en la música, que tantas veces se ampara bajo esquemas recurrentes como el de la chacona, la passacaglia, el ground, la folía y toda suerte de variaciones sobre un bajo ostinato, comprobamos su pretensión de romper cualquier idea de límite –la paradoja de la forma que niega la intención de límite, contradiciendo su propia esencia, una de las particularidades más sutiles del arte del Seiscientos–. Una liberación, en suma, del tiempo entendido como condición de presente, que proclama su aspiración de infinitud. Así, constatamos que su devenir empieza y concluye, en contra de lo que será rasgo definitorio del Clasicismo y del Romanticismo, en sendos puntos no trascendentales, girando en torno a sí mismo en un tiempo cíclico, no lineal, que en realidad no tiene principio ni fin, proyectándose por tanto más allá de su propia duración, de sí mismo. Y deja siempre en quien lo escucha la sensación de seguir sonando después de haber callado, como en el contemplador de Poussin o Lorena la de continuar viendo el paisaje más allá del cuadro. Música esférica, si así pudiera decirse, porque como la célebre esfera de Pascal “su centro está en todas partes y su circunferencia no se halla en parte alguna”.
Eso mismo, con su forma de serpiente que se muerde la cola –el uroboros, símbolo del eterno retorno–, es Glosas a Sebastián Durón. Su estructura, que en absoluto se encuadra dentro de los códigos barrocos, como en ellos, sin embargo, se siente, trocando lo que es racional en pura sensorialidad, hasta llegar a constituirse en su fundamento expresivo. La hermosa partitura de Villa Rojo no toma pues la letra, la simple retórica de los estilos barroquistas, sino el espíritu, la razón última del pensamiento barroco, de su estética, de su concepción del mundo. Y desde su radiante modernidad no hace sino proclamar la universalidad de estos principios intemporales. Ese y no otro es el sentido que tiene toda revisión del pasado. Lo demás, simple ornamento.
viernes, 01 de mayo de 2009