Raul Mallavibarrena
Apreciado lector:
Hace un año –puede que algo menos- que no me confieso. Doce largos meses sin recapitular los ángulos turbios de mis decisiones me empujan ahora a darme un poco de paz. Cuando cada cierto tiempo, una voz interior me anuncia la última cadencia, me precipito asustado en busca de cobijo espiritual. No siempre encuentro quién me preste la debida atención, por ello me veo obligado a traerles aquí mis miserias y frustraciones, mis debilidades y quebrantos. Las contradicciones y sinsentidos que encorvan el ya de por sí sinuoso camino por el que se nos invitó a marchar. Si al término de tan lastimoso escrutinio tuvieran a bien pronunciar el “Ego te absolvo”, sea. Retomaré entonces –con la imperfecta humildad del converso- la senda propicia, aliviado de buen número de aflicciones y tormentos de los que me siento ya incapaz de liberarme. Allá va.
Confieso que he ignorado con aviesa intención un buen número de óperas centenarias (supongo que respetables). Óperas ahogadas en un mar de trámites belcantistas, concebidas con el sano propósito de engrandecer aun más –si cabe- el protagonismo insaciable de la voz. Dicen ser lo más florido de Donizettis, Bellinis, Rossinis... No lo niego, pero tras darles su oportunidad –y bien sabe Dios que se la di- renegué de ellas, como quien entrega un abrigo en la parroquia, para sumergirme en aguas más completas.
Confieso haber hablado mal -a veces, sólo a veces, no vayan a pensar…- de Mozart, el divino; de sus misas de juventud, de la de Coronación, de algunas de sus arias de concierto... Reconozco no divertirme nada con algunos de sus Divertimenti, no sentirme más feliz delante del Così, y no conmoverme en absoluto con la Clemencia. También debo admitir que el canto de Don Ottavio hace que me asalten, en no pocas ocasiones, pensamientos violentos. Lo asumo y lo siento. ¿Qué puedo decir?
Confieso que no me gusta el Schubert que modula al modo mayor, el que rompe su discurso entristecido con acordes positivos que me desorientan. Aun cuando, como en el Andante del subyugante cuarteto D. 810, el efecto de retomar el sendero inconsolable viniendo de sol mayor, lo haga aun más agudo y doloroso. No le soporto las variaciones de La trucha –ninguna de ellas- ni comprendo el jovial tema B de la Incompleta, lo cual me llena de inquietud, porque el A me hace enmudecer.
Confieso que no creo en la Callas: ni en su voz, ni en sus músicas. Las tiranteces, por muy alta presencia artística que las sustenten, atentan contra el fluir natural de los sonidos.
Confieso que Wagner me impresiona sobre manera (mucho y muchas veces: hasta me he llegado a asustar), pero los temblores y vibratos incesantes de los cantantes que me lo traducen me empujan fuera de él tres de cada cuatro veces. ¿Seré yo el único en observar que entre el más inspirado tumulto de colores y timbres, en medio del torrente del gran drama sonoro, el texto es con frecuencia vociferado con la vehemencia de los alienados? Eso es Wagner –me dirán-. Lo tomas o lo dejas. Tal vez. Tal vez.
Confieso que, contraviniendo el consejo de mis mayores, me he adentrado con nocturnidad en los más tupidos y laberínticos bosques del sinfonismo mahleriano. Espesuras que han visto perderse a cientos de almas atrevidas, algunas de reconocido prestigio (creo que hasta el propio compositor). Lo he hecho porque en Mahler hay algo que me solicita. No sé lo que es. Y no me importa amanecer -como cuando me extravié en su Séptima-, tras horas de erráticas modulaciones sin final, tiritando, desorientado y confuso hasta que el discurso directo e intachable de un Mendelssohn o un Purcell me devuelven mi centro de gravitación.
Confieso mi indiferencia hacia el Gluck menos furioso (porque el que sí lo es me levanta del asiento), mi desdén hacia el melodismo sin soportes de algunos italianos, mi desprecio hacia la música dulzona y pasajera, la misma que deleitaba a los vieneses en puertas de la revolución material.
En mi favor, diré que cumplo con los preceptos exigidos y escucho a Bach con regularidad. Sus Pasiones en Cuaresma, su Oratorio en Navidad, sus cantatas y su Misa… casi siempre. Peregrino a la Venecia de Monteverdi una vez por semana y obtengo el jubileo del los clásicos del 1500. Si me abandono a la música orgiástica de Haendel (cosa que hago, no les mentiré) procuro ayunar después, rezando con Bruckner hasta que me vence el sueño. Y para mis retiros Brahms, que aunque nunca me hará sonreír, me aporta siempre una irreductible fortaleza de espíritu.
Creo que es todo, de momento. A la pregunta sobre mi arrepentimiento prefiero no contestar, para no añadir más surcos al extenso retrato de mi faltas. Quedo en sus manos y en las de su conciencia. In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.
miércoles, 01 de abril de 2009