Raul Mallavibarrena
Todos los violines contenían las mismas notas
Todas las celestas se envolvían en arpegios similares
Las trompetas proyectaban idénticas fanfarrias
Y los tambores rendían redobles redundantes
Las voces enunciaban un himno sempiterno
Las manos batían un palmeo reincidente
La danza era un permanente “déjà vu”
Y los silencios eran copias de homónimos silencios
Ascendió al podio un maestro
Igual a otros maestros
Con una batuta exacta a otras batutas
Comprada en un tienda melliza de otras tantas
El público aguardaba en sus butacas seriadas
Cada oyente era un clon de otros oyentes
Vestidos con informal uniforme, homogéneo.
Y sus rostros eran plagios de otro rostro
Espejo de cualquier rostro
Reflejado en un espejo, equivalente.
Se escuchó un concierto que ya habían escuchado
Armonías de orquesta coordinada
Duró lo mismo que otras veces
Aplaudieron y se fueron, como siempre
El maestro caminó rectilíneo hasta su casa
Situada en un barrio simétrico a otros barrios
Formado por colmenas de hormigón ajedrezado
Ejército en hileras de bloques geométricos
Tan sólo distinguibles por un número enmarcado,
y predecible
Cerró la puerta de su piso repetido
Se escondió en lo más profundo de su cuarto
Se cubrió con una manta, esperó
Susurró un canto improvisado, en voz muy baja
Lloró un poco al escucharse
Y sus lágrimas eran distintas.
viernes, 01 de julio de 2011