Francisco Villalba Talavera
Pues con Mozart las cosas fueron bastante menos que bien. Los títulos que programó fueron: La finta Gardiniera, una muy bella producción debida a Ursel y Kart- Ernst Herrmann, dirigida discretamente por el inevitable Sylvain Cambreling
y con un reparto equilibrado en el que sobresalió una impresionante (entonces) Von Otter, también dirigió Cambreling un soporífero Lucio Silla con puesta en escena de Peter Mussbach. Mejor, pero tampoco extraordinario un Mitridate Re di Ponto dirigida en lo musical por Roger Norrington y en lo teatral por Jonathan Millar.
Con las grandes óperas del sazlburgés, esas que se encuentran entre lo más perfecto escrito jamás para la escena, acertó bastante poco, ni una de las producciones mozartianas de la era Mortier pudo hacer sombra ni de lejos a las históricas del pasado del Festival. El Rapto en el Serrallo tuvo cierta suerte merced a una buena dirección musical de Marc Minkowski y una muy interesante visión de la obra desde el punto de vista musulmán, del director de escena François Abou Salem, pero con todas sus bondades la representación se vio lastrada por un reparto vocal insuficiente encabezado por Christina Schäfer, Desireé Rancatore, Paul Groves y Hawlata.
Dos veces nos ofreció Cossi, con repartos estupendos, una en 1993 dirigida por Donanhyi en lo musical y por Erwin Piplits en lo teatral Kringelborn, Larmore, Bartoli, Ford y Furlanetto y otra dirigida en lo musical por Zagrosek con un reparto aún más espectacular que el anterior Mattila, Kasarova, Reiner Trost, Keenlyside y Hawlata (por cierto horrible en esta ocasión) y María Bayo como Despina ¿Pero qué eran estas sosas representaciones, en exceso didácticas, carentes de chispa y pobremente dirigidas tras los Cossi de Muti y de Böhm que las precedieron y que aún se recuerdan como ejemplos modélicos Nadie que las haya visto podrá olvidar aquellas maravillas que eran una solaz inenarrable para la inteligencia, el oído y la vista, aquellas recreaciones de la obra que extraían todo la carga de profundidad de su libreto sin por ello renunciar al ”divertimento”, a la sonrisa, ni aquellos cantantes entregados, ni aquella Filarmónica de Viena esplendorosa, sutil, exquisita, apolínea que cuando se la escuchaba uno se decía “esto es Mozart”. Y sobre todo que poner en el mismo podio que ocuparon Böhm y Muti a Donanhyi y Zagrosek es una osadía.
Otras dos producciones obtuvo Las bodas de Figaro. La primera dirigida por Harnoncourt en lo musical y por Bondy en lo teatral. El reparto una vez mas fue de campanillas, sobre todo en la parte masculina, con un Terfel en estado de gracia como Figaro y un Hvorostosky que se salía como el Conde, de las féminas sobresalió el Cherubino de Susan Gram. y cumplieron, sin pasar de ahí, Kringelborn como Condesa y Röschsmann como Susana. Sin embargo yo no me he aburrido más en una representación que en esta ocasión. Harnoncourt imprimió a la partitura unos tempos lentos, llevó los recitativos con una premiosidad insoportable. Aunque todo sea dicho a algunos les pareció una dirección inolvidable, personal, nueva. Claro que esta fue una interpretación para el recuerdo comparada con las Bodas que nos regaló Mortier con posterioridad a estas. La dirección musical de Cambreling fue sencillamente espantosa, torpe, aburrida y errática, lo teatral fue de Marthaler que situaba la acción en una tienda pronovias ridícula y el reparto vocal, rozó el fiasco ni Peter Mattei, ni Angela Denoke, ni Lorenzo Regazzo, ni Christiane Oelze, ni la promocionada Christine Schäfer como Cherubino quizá la menos mala, estuvieron a la altura de la suprema belleza de sus partes y no pudieron ocultar sus carencias en este repertorio.
Con Don Giovanni pretendió en dos ocasiones dar el golpe. En la primera los ingredientes parecían insuperables Barenboin a cargo de lo musical y el “intocable” Chéreau de lo escénico. El reparto era un tanto extraño Don Giovanni fue Feruccio Furlanetto que como siempre lució mas como actor que como cantante, Leporello fue Bryn Terfel en estado de gracia, como también lo estuvo Peter Seiffert en Don Octavio, menos, Salminen como el Comendatore. No tan cumplido el reparto femenino con una insignificante Lella Cuberli como Donna Anna, una desafinada Donna Elvira de Malfitano y una impresentable, escénicamente hablando, por su vulgaridad, aunque extraordinaria vocalmente Cecilia Bartola como Zerlina. En 1999 nos brindó su segundo Don y las cosas no mejoraron. Ni Maazel al frente de la Filarmónica de Viena, ni Luca Ronconi como director de escena sobrepasaron lo mediocre. De aquella velada aciaga quiero recordar al, para mi, mejor Don en muchos años en el Festival y fuera de el, Dmitri Hvorostovsky que estuvo glorioso en el papel protagonista y cuya innata aristocracia y soberana línea de canto le hicieron salir indemne de tanta estupidez escénica e insuficiencia musical. María Bayo fue Zerlina.
Quizá la Flauta mágica fue con la única de las óperas de Mozart con la que Mortier logró, aunque solo hasta cierto punto, lo que pretendía, es decir un espectáculo redondo en todos sus aspectos, lo que pasa es que en esta ocasión la gloria se la llevó mas que el director musical un excelente Von Dohnányi, el director de escena, Achim Freyer que situando la acción de la ópera en la carpa de un circo logró una representación moderna, imaginativa, coherente y espectacular. El reparto fue lo menos brillante aunque contó con el siempre esplendoroso René Pape como Sarastro, con Matthias Goerne como Papageno, Michael Schade como Tamino, una irreconocible en su disfraz de bruja Natalie Dessay como Reina de la Noche y una insulsa Sylvia McNair como Tamina. Pára el recuerdo queda Hermann Prey en su última aparición en la escena antes de fallecer como el Sprecher.
También hubo una Clemenza de Tito de la que prefiero no hablar.
En resumen Mortier durante sus años en Salzbugo hizo algunas cosas apreciables y otras mucho menos. Lo que sí consiguió durante su estancia allí es que se hablase más de él que de Mozart, que de las representaciones, y lo que es peor que de música. Pretendió democratizar el Festival y una de sus primeras medidas fue aumentar el precio de las localidades, tampoco es del todo cierto que incrementase tanto la presencia juvenil, pero lo que es innegable es que ahuyentó a muchos de los que eran habituales. La jet set que quería desterrar no se fue, ya que esa acude a Salzburgo menos por la música que por el acontecimiento social y con buenas o malas representaciones seguirán yendo allí por que es de buen tono, aunque no se pongan traje de noche las señoras y los caballeros abandonen el smoking, prenda que por cierto el Mortier no pierde ocasión de endosarse. En fin que el tiempo pasa y muy a pesar del futuro regente del Teatro Real el busto de Herbert von Karajan sigue presidiendo el foyer del Grosses festspielhaus y el suyo no.
Y desde Salzburgo nos iremos a París
domingo, 01 de marzo de 2009