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La transfiguración de Rozhdestvensky

Fernando López Vargas Machuca

Hay algunos directores que cuando llegan a la recta final de su vida sufren una transformación en sus maneras de hacer que les conduce a una especie de “transfiguración” en la que, partiendo de la peculiar personalidad de cada uno, la experiencia interpretativa adquiere una profundidad, una esencialidad y una atemporalidad asombrosas. Los resultados suelen ser tan discutibles como fascinantes. Le pasó en cierto modo a Furtwängler en la etapa en que grabó para EMI (pensemos en su Tristán), le ocurrió en su momento a Klemperer (impresionante cambio a mejor cuando llegaba la era estereofónica) y le sucedió también a Giulini (inolvidable la espiritualidad de sus interpretaciones a partir de finales de los ochenta). Bernstein estaba entrando en esta fase (Tchaikovsky, Sibelius, Shostakovich) cuando se lo llevó el cáncer. Celibidache, indiscutiblemente, entraría también en esta lista, por mucho que algunos de sus hagiógrafos se empeñen en que antes de llegar a Múnich había alcanzado las mismas dimensiones de genialidad -y de lentitud- que en sus años postreros.

Pues bien, parece que al veterano Gennady Rozhdestvensky (Moscú, 1931) le está llegando también su momento de oro. Del mítico director ruso no sabíamos nada desde aquella serie de estupendos registros de los años noventa (fabulosamente grabados, algo insólito en su carrera) para el sello Chandos: la crisis de la industria discográfica también le pasó factura. Por fortuna las retransmisiones televisivas vía satélite y los intercambios -legales- vía Internet de tomas radiofónicas (háganse una cuenta de correo electrónico de Yahoo y apunten este nombre: “Concertarchive”) me han permitido acceder a varios conciertos realizados a lo largo de este último año y medio.

La sorpresa ha sido monumental: Rozhdestvensky está empezado a cambiar, sí, y a tenor de lo escuchado puede que se encuentre entre los dos o tres directores más extraordinarios del momento. Alguien dirá que exagero, que este señor siempre ha interpretado estupendamente a los autores rusos. Hombre, pues sí, pero el Tchaikovsky, el Prokofiev (¡vaya suite de El amor de las tres naranjas!) y el Shostakovich que hace ahora son aún mejores que los de antes. Claro lo que no era previsible es que este señor fue a interpretar a semejante nivel -aunque siempre haya sido gran director- a Brahms, a Ravel, a Richard Strauss, a Elgar o a Vaughan Williams, y menos aún a Franck o a Wagner.

¿En qué consiste este cambio? Por lo pronto, en una ralentización de los tempi que en ocasiones llega a ser considerable (12’07’’ su majestuoso preludio de Maestros, 12’05’’ su acongojante último movimiento de la Patética), lo que le permite, junto a su técnica de batuta, alcanzar una claridad asombrosa. A esto se une una gran capacidad para mantener el pulso: la tensión horizontal es continua. Pero no es menor la tensión vertical, esa de la que tanto le gusta hablar a Pedro González Mira cuando se refiere a Parsifal: ¡menudo preludio del acto I se marca aquí Rozhdestvensky!

En cualquier caso lo que más asombra es que la brillantez, el carácter incisivo y la corrosividad de otros tiempos parecen estar dando paso a un enfoque más sobrio y, al mismo tiempo, mucho más denso y concentrado, tan analítico como expresivo. ¿Es casual que su obertura de Tannhäuser recuerde a la del mismísimo Klemperer y su Sinfonía de Franck lo haga a la de este último o a la de Giulini con la Filarmónica de Berlín? Por no hablar de su siniestro y opresivo acercamiento al Concierto para la mano izquierda de Ravel, página que nunca he escuchado tan genialmente dirigida (lástima que la grabación que pillé suene tan mal).

Ni que decir tiene que la sinceridad emocional y el alejamiento de la retórica vacua, del efectismo o de la blandura que siempre han presidido las interpretaciones del maestro ruso siguen ahí. Ahora bien, esto no significa en modo alguno que renuncie a la ligereza, a la elegancia o a la frescura: ahí están sus Variaciones Enigma o su Concierto para oboe de Strauss en los Proms para demostrarlo.

Es una pena que Rozhdestvensky no sólo no grabe ya discos, sino que tampoco ostente una titularidad de primera ni haga el suficiente acto de presencia en las orquestas más famosas. Y resulta lamentable que un maestro tan irregular como Jansons esté al frente de la Concertgebouw, que dos mediocres como Gergiev y Harding se alternen en el podio de la Sinfónica de Londres o que las mejores formaciones consideren un honor ser dirigidas por un cenutrio del pelaje de Minkowski, mientras el venerable maestro ruso sigue vivo, en activo y en su mejor momento. Que tome nota quien proceda. Por mi parte, habida cuenta de lo que nos estamos perdiendo, ya tengo entrada para escucharle en Berlín el próximo mayo las Quintas de Tchaikovsky y Prokofiev. A grandes males, grandes remedios.

domingo, 01 de marzo de 2009
Comentarios
vicente acuna
# vicente acuna
viernes, 03 de julio de 2009 9:55
Todavia es joven para las compañias de discos.Cuando cumpla 82 -83 años iran a por él, le empezaran a grabar discos y dvds y lo venderan como aquel genio del este injustamente olvidado,como hicieron con Gunther buff, digo Wand,bien que nos vendieron que este señor era la leche, los anglosajones saben mucho de eso, o como hicieron con el irregular ciclo Bruckner de Tintner.
Lo cierto es que directores como Karl Bohm en los años finales dieron lo mejor de sí, y sin embargo su legado esta en el olvido, o Giulini,cuyas grabaciones EMI son casi un tesoro por su rareza.
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