Blogs / Foros

NOTA:
Comentarios sólo Socios del Club.
Inscríbase, es gratis.

Autores blogs
Últimas entradas

En la eternidad con Johann Strauss

A simple vista, se diría que el irresistible atractivo que guardan los valses de Johann Strauss para todo el mundo, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, profanos y eruditos –aunque a éstos les cueste, ay, un poco más reconocerlo–, proviene tanto de su proverbial encanto melódico como del particular ritmo del vals. Ritmo envolvente, sin principio ni fin, perpetuo. Movimiento que paradójicamente niega el tiempo, y por tanto la muerte. ¡Qué mejor expresión de la alegría de vivir!

Es cierto, qué duda cabe. Pero yo creo que todas estas consideraciones obran en el oyente en un segundo lugar. Porque previamente, antes de que el vals propiamente dicho llegue a arrancar y por consiguiente a seducirle con el empuje de su ritmo y las sinuosidades de sus curvas melódicas, hay casi siempre un pasaje que supone una invitación en toda regla a la entrega sin condiciones al devenir de la obra.

Un pasaje cuyo efecto está milimétricamente calculado por la sabia mano del gran Strauss con una oportunísima retención del tempo, que ni se molesta en indicar en la partitura, confiándola a la tradición vienesa no escrita. Es el momento, mínimo, en donde una vez terminada la introducción que casi todos acostumbran a portar, arranca el primero de los valses de la tanda de cuatro o cinco que conforman la pieza. Suele ser una simple parte de compás, rara vez uno entero, un escueto intervalo, las dos o tres primeras notas antes de que sea expuesta en rigor melodía alguna o de que, según los casos, haya comenzado su imparable marcha el ritmo característico. En ese punto sin tiempo es en donde empiezan a brillarnos los ojillos, a dibujársenos una sonrisa en los labios que no conseguimos reprimir arrebatados por la sonoridad, por la simple sonoridad, así en abstracto. La música, quedando suspendida en su propia sonoridad durante el lapso que dura un suspiro, nos incita a abandonamos a ella sin remisión.

Es decir, que antes que por la seducción rítmica y melódica, los valses de Strauss nos atrapan por la mera sensualidad sonora sin más. La melodía y el ritmo no harán más que empujarnos más allá de ese umbral que el encanto de la sonoridad, de la pura sonoridad sin contenido melódico, armónico o rítmico, nos ha hecho atravesar. Son muy significativos estos puntos de inflexión en obras maestras como –por citar ejemplos bien conocidos por todos– Seid umschlungen, Millionen!, Las mil y una noches o el famosísimo Leyendas de los bosques de Viena, en el que la sonoridad obtenida por los violines divididos en sextas, al unísono con los clarinetes, con la voz más grave doblada a la octava baja por los violonchelos sobre un fondo de arpegios del arpa, es ciertamente única, inconfundible.

Ese remanso de seducción no tiene parangón en el arte sonoro; allí el tiempo se detiene y se transforma en una ilusión de espacio puro, permitiéndonos así entrar dentro de la música para habitarla. Hasta entonces habíamos visto –oído– pasar el discurso frente a nuestra contemplación como el agua que nos moja pero se nos escurre entre las manos; después volverá a suceder lo mismo, porque ésa es la condición de toda música. Pero en ese instante, justo en ese preciso instante, sucede el milagro: apenas unos brevísimos segundos que son eternidad más allá del tiempo.

domingo, 01 de marzo de 2009
Comentarios
Sólo puede participar con sus comentarios si es socio del Club. Inscríbase, es gratis.
Esquina inferior izquierda Esquina inferior iderecha
Portal web DotNetNuke por DOTWARE tecnología a punto   GEN. 0,1445312 s