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Y llegó Mortier II

Francisco Villalba Talavera

También algunos proclamaron como una novedad que durante la era Mortier se estrenaron en el Festival de Salzburgo cuatro óperas de forma absoluta: “Mozart in New Cork” de Helmuth Eder, “Bianca” de René Hirschfeld, “Cronaca del Luogo” de Luciano Berio yL’amour de loin” de Kaija Saariaho. En los años Karajan fueron estreno absoluto nueve óperas: “Le mystère de la Nativité” (1960), de Frank Martin; “Das Bergwerk zu Falun” (Las minas de Falum) (1961),de Rudolf Wagner-Régeny;Las Bacantes” (1966), de Hans Werner Henze, del que se estrenó en 1985 su versión de “Il Ritorno d’Ulisse” de Claudio Monteverdi; “De temporum fine comoedia” (1973), de Carl Orff; “Baal” (1981) de Friedrich Cerha; “Un re in ascolto” (1984), de Luciano Berio; “Die schwarze mask” (1986), de Krzysztof Penderecki y por último, en 1987, “Fürst von Salzburg – Wolf Dietrich”, de Gerhard Wimberger. Como se puede comprobar, con Karajan también se estrenaron óperas y alguna de ellas, como Las Bacantes de Henze, auténticas obras maestras.

Una de las especialidades “Mortier” es desprestigiar al público habitual de la ópera y en parte con razón, ya que si fuese por ese público no se saldría del manido repertorio habitual, pero lo que no se puede hacer es permitirse criticarle por su alto nivel adquisitivo, su forma de vestir, por el conservadurismo en sus gustos, y luego como primera medida habitual en cuanto desembarca en un teatro, “democratizar” la ópera, tal como hizo en Salzburgo,   incrementando el precio de las localidades y bajando el nivel de los cantantes en beneficio de los directores de escena mas “avant garde” tales como el fallecido Herbert Wernicke, el también fallecido en junio pasado Klaus-Michael Grüber, Ursel y Karl-Ernst Herrmann, Peter Mussbach, Hans Neuenfels, Luc Bondy, Peter Sellars, Robert Wilson y Christoph Marthaler, cosa que compensó, eso sí,  con un plantel de directores musicales alucinante que en general no repitieron, como Seiji Ozawa, Horst Stein, Bernard Haitink, Gustav Kuhn, René Jacobs, Daniel Barenboim, Kent Nagano, Riccardo Muti, Michael Gielen, Pierre Boulez, Roger Norrington, Dennis Russell Davies, Sir Simon Rattle, Lothar Zagrosek, Ivor Bolton, Sir John Eliot Gardiner, Valery Gergiev y otros que sí lo hicieron como Lorin Maazel, en seis ocasiones; Christoph von Dohnányi, en cinco; Sir Georg Solti, en cuatro, y Claudio Abbado, en dos; como Harnoncourt, Esa Pekka Salonen, Kent Nagano y Mark Minkowski. Pero el que marcó records fue su protegido, Sylvain Cambreling, un director mediocre que se hizo cargo de óperas en diez ocasiones y con el que nos amenaza también en Madrid.

Dos de las más grandes sopranos de nuestros días, Renée Fleming y Karita Mattila, rompieron con el Festival de Salzburgo de forma súbita y según todos los indicios, por un encontronazo con el Sr. Mortier. Plácido Domingo tampoco parece haber mantenido una relación muy amistosa con él y a Jessye Norman la tuvo que aceptar a regañadientes porque era la única cantante capaz por sí sola de que se colgase el no hay billetes en la Gran Sala de los Festivales.

De  todos también es conocido el enfrentamiento con Muti por una producción de La Clemenza di Tito que no agradaba al director italiano. Por supuesto que hubo representaciones notables tales como Die Zauberflöte de Sir Georg Solti y Johannes Schaaf, aunque el reparto vocal fue bastante mediocre, a excepción de un bisoño René Pape como Sarastro.  Desde la casa de los muertos de Janacek, con una dirección musical incomparable de Claudio Abbado,  pero una menos acertada en la puesta en escena de Grüber y Arroyo y que hemos visto en el Teatro Real.

Solti también hizo maravillas con La mujer sin sombra de Strauss y con el mejor Fidelio que he escuchado nunca,  aunque Wernike, como casi siempre,  fastidiaba la representación con alguno de sus golpes de teatro innecesarios. Abbado recreó gloriosamente las para mí dos mejores representaciones de todos los años Mortier. La primera,  un Boris Godunov dirigido en lo teatral por un Wernike en estado de gracia (a excepción de la horrenda fiesta en el palacio de Sandomir) logrando en las escenas de masas lo más teatral y grandioso visto en años en cualquier teatro de ópera y una caracterización de los personajes de profundidad inusitada. La segunda, el Wozzeck de Berg con dirección escénica de Peter Stein, en la que tanto Abbado como Stein mostraron sus cualidades de genios imbatibles en sus respectivos ámbitos artísticos.

También fue notable la Salome de Dohnányi y Bondy, el Moses und Aaron de Boulez y Stein. Interesantes el Saint François d‘Assise de Esa Pekka-Salonen con una inconsecuente  puesta en escena de Sellars, y Le Grand Macabre de Ligeti, en el que una vez más Pekka-Salonen mostró su habilidad con estas partituras y Sellars su reiteración.

Deslumbrantes Les Boréades de Rameau, en una inolvidable dirección musical de Rattle y una puesta en escena redonda de Ursel y Karl-Ernst Herrmann. Notable el Doctor Faust de Busoni con un inspirado Kent Nagano y una producción en exceso tétrica de Peter Mussbach. Mediocres el Falstaff de Solti con Ronconi, el Tristan und Isolde de Maazel y Grüber a pesar de una excepcional Waltraud Meier como Isolde y que supuso una absoluta ruptura con la antigua tradición de no representar obras de Wagner al mismo tiempo que el Festival de Bayreuth.

También del montón la Lady Macbeth de Mzensk de Gergiev y Mussbach. En la parte negativa una espantosa Traviata de Muti y Lluis Pasqual, una insulsa Elektra con Maazel y Keita Asari, eso que contaba en el reparto con  dos monstruos sagrados tales como Rysanek encarnando a Klytemnestra y Hildegard Behrens en el papel protagonista. Una soporífera Mahagonny de Weill, con Dennis Russell Davies como director musical y Peter Zadec como director de escena.

Vergonzosa en lo musical (director Sylvain Cambreling) y en lo escénico (director Christoph Marthaler) la Katia Kabanova, vista posteriormente el en Liceu de Barcelona.También de una mediocridad irritante el Don Carlo de Maazel y Wernicke y el Falstaff de Maazel y Donnellan. Nauseabundo el Rosenkavalier de Maazel y Wernike, no menos la Ariadna auf Naxos de Dohnányi, Jossi Wieler y Sergio Morabito que logró todos los premios de la crítica alemana.

Y como colofón de la prepotencia del Sr. Mortier, de la provocación infantil, Die Fledermaus de Johann Strauss, con el que quiso despedir su régimen. Una representación deleznable se mirase por donde se mirase, en la que el buen hacer de Mark Minkowski no pudo salvar la perversa visión de la obra del director de escena Hans Neunefels, que tuvo como único objetivo irritar al publico austriaco y despojar de todo encanto a una de las operetas más chispeantes de la historia, todo “Ad majorem gloriam suam… y de Mortier”

El Sr. Cambreling fue el encargado de aburrir al personal, además de con la anteriormente mencionada Katia Kabanova, con The Rake’s Progress de Stravinski, Pelléas et Melisande de Debussy, La Damnation de Faust de Beriloz (menos mal que la Fura dels Baus hizo un gran espectáculo y salvó la función),  Les Troyens de Berlioz, en la que estuvo más inspirado de lo habitual, pero muy poco,  con dirección teatral de Wernicke, que una vez más llenó la escena de estupideces tales como retratar a Hecuba como una codiciosa irredenta y a Ana, la hermana de Dido, en constante estado de ebriedad…

¿Y que ocurrió estos años con las óperas de Mozart, el compositor adorado del Sr.Mortier?

Continuará….

domingo, 01 de febrero de 2009
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