Raul Mallavibarrena
…viajé, no hará mucho tiempo, a los devastados campos de los actores-mimos. El estuche sin instrumento de la armonía aparente. El camino del silencio (trámite inesperado de los filósofos), y que los músicos –casi siempre- se han ocupado de corregir con los remiendos neutros de la física y el compás.
Pero es un error. El silencio es más importante que cualquier sonido, y por eso no puede –no debe- ser enseñado a la vista. Desde que el mono más temerario –que no el más sabio- descendió del árbol, desde que sus manos se juntaron para golpearse con proceder predecible, la obsesión por tapar de átomos nerviosos la disciplina de la orquesta natural, ha sido incesante. ¿Quién pudiera adentrarse en sus primeros juegos? Recorrer e interpretar los cantos del chamán frente a las hogueras de la ventaja ¿Qué extraños vericuetos tomaría el aire cercano, dominado por el cazador-recolector que gobernó los fríos pantanos del año 341.286 antes de Cristo? ¿Serían –como dicen- sólo pulsos uniformes o desdibujarían con descaro el arco vitruviano de nuestros solfeos cándidos? ¿Cantarían al sol con lanzas vociferantes, o susurrarían sus desdichas hacia el alma?, tal y como lloró Schubert. Me tranquiliza pensar que fueron también damnificados de ese desordenado universo regular que nos aplasta cada noche.
Tendrían –seguramente- pánico al silencio, como nosotros, y trataron de enjaularlo, como John Cage. De algún rincón del pasado debiera provenir tan frustrante temor hacia el contenido, tan fanática veneración hacia el continente. Pero toca esperar. La música de los astros sigue sin anunciarse y los violines apagados del sótano primigenio apenas alcanzan a revivir uno o dos millones de pentagramas firmados. Todo un ejército de pífaros y chirimías sin regencia. Recordarán: Stravinsky quiso ser el chico del tambor, pero en las infrecuentes pausas del relato de Orfeo, encontramos –sin demasiado alivio- el cauce sereno de la música numérica. Aquella que nos dice: silencio, silencio…
jueves, 01 de enero de 2009