Jordi Caturla González
Esta es la pregunta que me asaltó el otro día escuchando en la radio un fragmento de la banda sonora de El contrato del dibujante (Peter Greenaway, 1982). Pese a que el propio Michael Nyman no se considera a sí mismo un compositor minimalista, son legión los que piensan que el británico –que fue el primero en referirse a ciertas músicas con esta palabra- es actualmente la gran figura de este movimiento.
En los libros y enciclopedias musicales, la palabra minimalismo hace referencia a la búsqueda de la esencia musical, despojando al discurso de todo ornamento. Para ello, el compositor busca fórmulas como la repetición (con o sin variaciones), y el uso de la tonalidad, habitualmente de manera frugal -es decir, sin acordes “raros”.
Partiendo de esas y otras premisas, los minimalistas originales –La Monte Young, Reich, Johnson, Riley- intentaron dar respuesta a las “barbaridades” vanguardistas de Darmstadt encabezadas por Boulez y Stockhausen, consiguiendo resultados verdaderamente interesantes y con un contenido intelectual importante. El Drumming de Reich sería un ejemplo válido.
¿Qué pasa entonces con Nyman y sus numerosos imitadores? Pues que se han quedado con una ligera parte de los postulados minimal para hacer una música que poco tiene que ver con la de sus supuestos compañeros de viaje: una música despojada de lo superficial, sí, pero tan desnuda que se le ha quitado hasta la capacidad expresiva. Una pálida y desfigurada imagen de los verdaderos “padres fundadores”, que, además, ha sido orientada conscientemente hacia el gran público, con todo lo malo que puede implicar esa acción. Así, el compositor de El Piano y sus secuaces tienen un amplio público “pop” al que, lógicamente, han llegado sin dificultad. Personalmente, para escuchar música “pop”, me quedo con los Beatles.
Tiene razón Nyman cuando dice que él no es un compositor minimalista. Sería tanto como decir que Richard Clayderman es un pianista clásico, por muchas Für Elise que tocara.
jueves, 01 de enero de 2009