Raul Mallavibarrena
Hasta que no subí a su casa no me lo podía creer.
- Colecciono grabaciones de Haendel - me dijo frente a la máquina de café
Y era cierto. Nunca en mi vida había visto tantos discos juntos. Y por “disco” entiéndase vinilo, cd, DVD, cassette, bobinas, láser-disc, cualquier cosa.
- Toda vez que la música de Haendel haya sido registrada de algún modo con un micrófono, me interesa – afirmó con orgullo.
Bueno, ése era su hobby, su afición, su pasión. Hay quien colecciona cajas de cerillas, cromos de béisbol, monedas, o fotos antiguas. Bernardo coleccionaba grabaciones de Haendel. Coincidir con un tipo así en la sala de espera de la DGT es una de esas caprichosas casualidades que la aleatoriedad nos ofrece de cuando en cuando. Sentado como estaba, aburrido e inmóvil, mirando cómo pasan los números en el avisador, con mi partitura de las Sonatas para violín de Haendel que venía de ensayar, y Bernardo justo en frente, leyendo el periódico. Fue él quien inició la conversación con un simple “veo que le gusta Haendel”. Yo le resumí un poco mi vida y enseguida caminamos en busca de algo de cafeína caliente.
Me contó que todo comenzó cuando tenía catorce años y su padre le regaló un vinilo con la Música Acuática. Cuando fueron a ponerlo en el tocadiscos comprobaron que la superficie estaba dañada y la aguja saltaba antes incluso de empezar a sonar el primer acorde. El padre regresó a la tienda y le mostró al vendedor el disco dañado.
- Le pido disculpas, enseguida le busco otro- le dijo
Pero de esa versión no había más ejemplares. Era una grabación de una orquesta de Zurich, publicada en un sello suizo que apenas tenía distribución.
- Si quiere puede llevarse ésta otra. También es la Water Music. Seguro que a su hijo le gusta igual.
El padre no le dio más importancia y aceptó el cambio. Para compensar la molestia el vendedor le regaló el defectuoso, que ya no podía vender, como un recuerdo del incidente.
Por esta razón, el niño Bernardo se encontró de buenas a primeras con dos discos de la misma obra y del mismo autor. Aquello le pareció una invitación para iniciar algo. Un motivo para rellenar su ocio de un modo más que original. Desde aquel momento, entraba en las tiendas de discos y buscaba en la H, cogía los discos de Haendel y los miraba. Leía sus títulos, los datos técnicos, observaba sus portadas. Fue conociendo así sus obras e intérpretes, como el niño que aprende sin esfuerzo las plantillas completas de los equipos de fútbol. Pero sólo de Haendel, de ningún compositor más. Con la paga de dos fines de semana se compró un single que contenía dos números de El Mesías: el Aleluya y “The trumpet shall sound”. Ya tenía tres discos. El virus del coleccionismo le había sido inoculado y nada ni nadie lo podría parar ya.
Ahora, a sus 60 años, Bernardo sigue adquiriendo grabaciones del gran sajón con el mismo entusiasmo. Es más, con sus hijos ya criados y su sueldo de médico (Bernardo es nefrólogo), el espacio y presupuestos destinados a su pintoresca afición había crecido notablemente.
- Llámeme y pase un día por casa. A ese café invitaré yo- me dijo dándome su tarjeta al despedirnos.
Una semana más tarde pude contemplar el fruto de su locura. Estantes y más estantes hasta el techo repletos de discos, cds, vídeos y cintas con único nombre en común: Haendel, o Händel, según la edición. Además de las que pudieran adquirirse en España, había grabaciones de sellos rarísimos: húngaros, canadienses, australianos, japoneses.
- Ahora los chinos y los coreanos han empezado a grabar música barroca. Un nuevo reto para mí, pues no es fácil dar con algunas de sus grabaciones. Por suerte, Internet ha corrido en mi ayuda y todo se localiza mucho más rápido que hace treinta años.
Nunca imaginé que Haendel se hubiera grabado tanto, eran miles de referencias. Sólo de El Mesías había no menos de cien grabaciones. En un lomo se leía: “Semele. Börner. Halle Festival 1975. NDR”, en otro “Concerti Grossi Op. 6. Texas Baroque. CGT”, en otro “Recorder Sonatas. Galli/Morino. 1994. RAI”... Las versiones clásicas de Richter, Leppard, Pinnock o Gardiner, se confundían con otras provenientes de lugares exóticos. Un ejemplo: una cinta contenía un recital de arias interpretado por una soprano surafricana con un pianista de nombre impronunciable ofrecido en 1990 ¡en Lilongüe! (capital de Malawi). Supongo que en alguna embajada. Sólo Dios sabe cómo acabó esa grabación allí.
Bernardo llevaba una base de datos meticulosamente elaborada con toda la información posible: obra, intérprete, año, datos técnicos, etc.
Aturdido y admirado se me ocurrió apelar a su nostalgia, viajando al origen de todo, tal y como él me había contado días antes en la cola de la Dirección General de Tráfico.
- ¿Y el single primero, con el Aleluya?, el primero que compró, ¿lo puedo ver?
Bernardo sonrió agradecido por la atención que demostraba tener por los detalles de su historia y se dirigió a la esquina de su estudio, acercó una pequeña escalera y cogió un pequeño vinilo situado en lo alto.
Me lo entregó como quien muestra una medalla al valor o el autógrafo de una estrella de Hollywood. Era un disco del sello DECCA, la mítica versión de Sir Adrian Boult. Fue entonces cuando me di cuenta de algo extraño que no comprendí. El disco estaba aún con el precinto. No había sido abierto. Antes de preguntarle por tan inesperado hecho, recorrí de nuevo la habitación y comprobé que la mayoría de los discos estaban igual, envueltos en su plástico original.
- Pero, este disco... está sin abrir,... y el resto, casi todos... están igual.
- Por supuesto.
- No comprendo... entonces... ¿y cómo los puede escuchar?
- ¿Escuchar? No, no, yo no he escuchado ninguno de estos discos, la música clásica no me gusta, en general ningún tipo de música, yo no soy un melómano, soy un coleccionista.
Aquella revelación me dejó de piedra. Pensé que era una broma. ¿Cómo es posible tal implicación con la obra de un músico prescindiendo ¡de la música en si!?
- ¿Me está diciendo que usted –precisamente usted- nunca ha escuchado la música de Haendel?
- Bueno, alguna pieza sí, claro, es inevitable, Haendel tiene obras muy conocidas que salen por la tele o en la películas, pero, como le he dicho, yo no oigo mis discos.
- Pero ¿por qué no? – le dije, sin esconder mi estupefacción
- Me temo, querido amigo, que usted no ha entendido nada de la esencia misma del coleccionismo. El fin del coleccionismo es recopilar, buscar, sumar, clasificar, atesorar, ordenar, archivar, pero no consumir.
Los coleccionistas de vino no guardan las botellas vacías que se han bebido, la mayoría de sus mejores ejemplares contienen vinagre de ochenta años, su valor radica en que nunca nadie probó ese vino, ni lo hará ya. Los bibliófilos no leen todo lo adquieren, no tendrían tiempo físico para hacerlo, ni erudición para comprenderlos. Piense en los aficionados a los insectos: mariposas, escarabajos o arañas. ¡Por Dios Santo! ¡todos esos bichos están muertos! atravesados por un alfiler. La sustancia capital de cualquier animal es la vida, y ya no la tienen. Lo mismo podríamos decir de los coleccionistas de instrumentos. La mayoría no son ni músicos aficionados, guardan violines o clarinetes que nunca van a tocar ni a escuchar. El coleccionismo es una práctica independiente de la naturaleza del hecho coleccionado.
No supe qué contestar, aunque su argumento me pareció confuso, su exposición resultaba contundente. Sólo acerté a decir “no es lo mismo, no es lo mismo” pero sin saber justificar por qué. Estaba paralizado.
- ¿Y la curiosidad?, ¿nunca sintió curiosidad?
- Desde luego, claro que sí, pero ya le dije que no me gusta la música, y debo pensar que Haendel no va a ser diferente. He dedicado muchas horas de mi vida a coleccionar sus obras y he disfrutado y disfruto reuniéndolas, aspirando a acercarme a la totalidad (aunque tal extremo sea imposible). No quiero arruinarlo todo descubriendo que no disfruto al escucharlas. Si me estoy perdiendo algo maravilloso (tal vez sea así), prefiero correr ese riesgo.
Me hubiera gustado rebatir su absurda filosofía pero, pensado fríamente, era tan legítima como cualquier otra. ¿Acaso no era menos cierta su felicidad al coleccionar grabaciones de Haendel que la de quien la logra escuchando sus óperas y oratorios?
Le agradecí la invitación y nos despedimos con un apretón de manos. Mi rostro no podía ocultar algún tipo de decepción. Él no perdió la sonrisa ni la cordialidad en ningún momento. Comencé a bajar las escaleras y en el descansillo escuché nuevamente su voz:
- ¿Le gusta leer?
- Perdón ¿cómo dice?
- Novelas, ensayos, libros en general ¿le gusta leer?
- Sí, ciertamente. Me gusta mucho leer.
- ¿Cuántos libros tiene? Diga un número aproximado.
Entonces lo vi claro. Me puso en bandeja la respuesta triunfadora. Sonreí con cierta malicia, dispuesto a asestar el golpe definitivo a su teoría sobre el coleccionismo.
- Muchos libros sí, varios centenares, pero le puedo asegurar ¡que yo sí los he leído todos!
- Estoy seguro de ello. ¿Y los piensa volver a leer “todos” otra vez?
- Bueno, no creo que tenga tiempo, la verdad...
- ¿Y para qué los guarda entonces? Ocupan espacio y crían polvo. Piense en ello. Usted también colecciona. Es un tipo más de fetichismo... Ha sido un placer conocerlo. Junto a la luz encontrará el botón para abrir la puerta.
domingo, 01 de mayo de 2011