Raul Mallavibarrena
El Santuario de San Ubaldo está guardado entre los barrancos y desfiladeros de Rominar, justo en la brecha que el río Lodera ha venido cavando desde no sé qué era geológica, cuando las tierras capitulaban ante las aguas como si fueran de arcilla. Sólo se puede ir a pie, aunque lo mejor es ir en burro, que es como se ha ido siempre, sintiendo el traqueteo del camino, empedrado y caótico, y sin mirar a otro sitio que no sea el arroyuelo de las minas, que sólo se seca en junio, cuando San Juan lo absorbe y lo lleva hasta la fuente del Cristo Alto, para que cante a sus hogueras como corresponde en fechas tan señaladas.
Cuentan los ancianos del lugar que en San Ubaldo vivió hace siglos un monje eremita que rezaba en lenguas extrañas que no se parecían al latín que enseñaba Don Ernesto. Aquel monje comía poco y bebía menos pero le gustaba gesticular a los árboles como un mimo loco, soplando de cuando en cuando una flautilla que venía a recorrer las gargantas y hondonadas hasta hacerse un viento tenue y horizontal que ya no escuchaban los peces. Tan hermosas eran las melodías que tocaba el santo ermitaño que las cárcavas decidieron conservarlas una vez muerto el orante, metiéndolas, como si fuera vino, en las cuevas oscuras que asoman su boca negra en las fachadas de los precipicios. Desde entonces, cuando uno supera las barreras del bosque y desciende a refrescarse al río que serpentea sin tregua hasta el santuario, puede oír las músicas del santillo aquel con tal nitidez que parecieran estarle siendo susurradas desde el mismísimo hombro derecho.
Lo mejor de todo es que los sonidos en cuestión tienen poderes curativos, siendo mano de santo para las articulaciones y las jaquecas. Unos sabios de la Universidad de Nebrija escribieron sobre el tema en una revista de prestigio, y en ella dijeron que, en realidad, lo que cura son las aguas y los barros de la zona, que llevan pegado el olor a tomillo que baja desde las lomas abrasadas, siendo un bálsamo para cualquier sufriente de las perseverantes presiones en las sienes. Casi nadie debió leer aquel artículo (tal vez porque lo publicaron en inglés), ya que desde su aparición, el número de excursionistas y peregrinos ha ido en aumento, atraídos casi todos por la promesa de una vida sin dolores en las manos ni punzadas en los lados del cerebro.
Sea como fuera, lo que ningún científico de aquellos acertó a explicar fue lo de la música de las flautas del santo, por mucho que se esforzaron en medir y estudiar el silbido del aire entre los huecos y el efecto amplificador de las hoyas y desfiladeros. Sobre este asunto han escrito luego geógrafos, antropólogos, incluso poetas, que son siempre menos rigurosos con las medidas y las muestras. Ellos hablan de leyendas ancestrales, de misterios populares y de cantos y cuentos míticos, y no tienen mayor inconveniente en citar al anciano ermitaño del santuario de San Ubaldo, el viejo que soplaba y soplaba un hueso agujereado como si fuera un pastor enamorado de otros tiempos, para discutir con las ramas y arbustos, y regalar a los siglos venideros un sonido dócil de flautillas, que –digan lo que digan- atenúa el mal de los cartílagos y vence un poco el ruido de piedras en los bordes mismos de la cabeza.
viernes, 01 de abril de 2011