Dos: Adiós al cuarteto de cuerda
La idea de la muerte que recorre de principio a fin los pentagramas de Ángeles negros, con referencias continuas a su iconografía y simbología musicales (Dies iræ gregoriano, La Muerte y la Doncella, El trino del Diablo, el intervalo diabolus in musica, danzas macabras...) pretende ser más o menos un alegato contra la Guerra de Vietnam, pero en el plano estrictamente artístico, se diría un réquiem por el cuarteto de cuerda. Una despedida del género –del género, que no de la mera combinación instrumental de dos violines, viola y violonchelo, por supuesto–, una vez exprimido, después de dos siglos, todo su potencial constructivo, técnico y expresivo.
A partir de este extraordinario cuarteto de George Crumb, y también del no menos estupendo Decimoquinto de Dimitri Shostakóvich, compuestos prácticamente a la par (1970, 1974, respectivamente), toda composición de cuartetos de cuerda no puede ser ya más que mera retórica, epigonismo, puro academicismo. El Cuarteto nº 15 de Shostakóvich, plagado también de referencias soterradas a la negra parca, incluída una marcha fúnebre, y Ángeles negros de Crumb son dos obras que conceptualmente tienen mucho que ver, a pesar de que sus escrituras, sus estilos, sus lenguajes respectivos no puedan estar más alejados... (¿lo están de verdad?).¡
Uno y otro, cada cual a su manera, pugnan por salirse de las lindes del cuarteto, de los principios que más íntimamente lo definen. El del maestro ruso desgajándose en continuos solos, enardecidos, trágicos, siempre erráticos como en una huída desesperada hacia ninguna parte, en una renuncia a integrarse en el conjunto, por romper su equilibrio característico, por negarlo, por hacerlo saltar en por los aires.
El del americano, valiéndose de artificios que, sin negarlo, nos hacen pensar en otra cosa. El primero de estos artificios es el de la amplificación electrónica, que lo presenta a nuestra escucha como distorsionado; como si no fuese en verdad un cuarteto de cuerda, sino la imagen sonora de un cuarteto de cuerda. El segundo, el uso de la percusión y la intervención de los propios intérpretes más allá del instrumento que manejan, a través de gritos, voces, gestos diversos. Estos usos son lo suficientemente discretos –la percusión es siempre pequeña, y aparece en momentos muy determinados, no poniendo jamás en cuestión el protagonismo absoluto de la cuerda– como para que la obra no sea más que un cuarteto –siempre interpretada, en todo caso, por cuatro músicos–, y lo suficientemente presentes como para que además de un cuarteto sea también otra cosa.
Así pues, mientras que el de Ángeles negros es un universo conformado por fragmentos, trozos de músicas que giran alrededor de la idea de cuarteto, pero que en rigor declina serlo, el del Decimoquinto de Shostakóvich tal vez sea exactamente lo contrario, el de un cuarteto cuyo sentido es, paradójicamente, el de disolver desde dentro la propia idea de cuarteto. Los extremos pues que se estrechan la mano, el círculo que se cierra: las dos expresiones últimas del género.
martes, 01 de febrero de 2011