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Lluvia, vapor y velocidad

 En algún lugar se registra la anécdota siguiente:
Una diligencia de línea regular de viajeros circula a toda pastilla por un paraje de bosque en medio de un violento temporal. No puede ser más romántica la escena, como corresponde a la época en la que nos encontramos, primeras décadas del Ochocientos. Uno de los ocupantes tiene la ocurrencia de abrir la ventanilla y asomarse hasta medio cuerpo, manteniéndose encaramado en esa postura imposible durante un buen trecho del trayecto. Al entrar de nuevo al habitáculo de la diligencia, calado hasta los huesos, temblando como un pollo y con los ojos en blanco, una dama le espeta: “Por Dios, ¿está usted loco?”. A lo que el viajero, en un estado de emoción próximo al éxtasis, le contesta con la mayor cortesía del mundo: “Mi buena señora, lo que yo acabo de ver, ningún mortal había alcanzado a verlo nunca antes”. El viajero se llamaba Joseph Mallord William Turner, y posiblemente esta anécdota sea la base de su célebre cuadro Ran, Steam and Speed, Lluvia, vapor y velocidad, pintado en 1844.

Aquel viajero era el gran Turner, en efecto, pero perfectamente podía haber sido, se me ocurre, Franz Schubert; el Schubert de la sección central del Andantino de la magna Sonata en la mayor, D. 959. Porque lo que Schubert escuchó al concebir este fragmento sin parangón en la historia de la música –¿nos lo imaginamos como un Turner, esta vez inclinado sobre el piano, metiendo la oreja debajo de la tapa cuidando de sujetar como buenamente puede los anteojos para que no los trague las negras profundidades del instrumento?–, tampoco oído humano había alcanzado a escuchar hasta ese momento. Y no está traída por los pelos esta correspondencia entre el Turner más sublime y el Schubert más visionario, porque uno y otro llegaron a comprender como nadie la violencia a un tiempo destructora y creadora de la Naturaleza en su terrorífico esplendor, y sobre todo dejarse caer en la tentación –“el encanto del horror sólo tienta a los fuertes”, dejó dicho el poeta– de expresarlo mediante un nuevo espíritu formal y un nuevo tratamiento del color (Turner) y de la armonía (Schubert).
 
Ese fragmento aparentemente secundario, un simple intermedio, apenas un par de minutos de todo un amplio movimiento lento de una extensa sonata, encierra en su discurso alucinado que destierra cualquier noción de causa y consecuencia –puro juego de modulaciones sin tema, extrañas y espeluznantes aún para nuestros modernos oídos que presumen de haberlo escuchado ya todo–, una liberación inédita de la armonía, de la forma, del ritmo, del tiempo; una conquista de la abstracción, entendida como esencialización, como razón última. Una danza orgullosamente trágica al borde del abismo. Y armonía, forma, ritmo, tiempo, definitivamente libres, han devenido en aire, luz, espacio. Si hay, pues, una música y una pintura equivalentes son verdaderamente éstas de Schubert y Turner. 
jueves, 13 de noviembre de 2008
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