Fernando López Vargas Machuca
Hace unas semanas andaba yo desayunando en la cantina del IES donde trabajo cuando llegó uno de los proveedores de chucherías varias. Seguí con interés su negociación con el cantinero: "estos chicles que tanto vendes siguen saliendo caros, pero si te llevas estos caramelos de sabor explosivo y las nuevas piruletas que dejan la lengua azul (sic: una verdadera plaga entre los alumnos de la ESO) te quedas con todo por equis euros”. A lo que el cantinero replicaba cosas como “me llevo los chicles y las piruletas si me lo dejas a tal precio, pero los caramelos te los puedes quedar porque no voy a hacer buen negocio con ellos”. Y así hasta llegar a un mutuo acuerdo. Bueno, pues lo mismo pasa con las agencias artísticas y los diferentes teatros. O debería pasar.
Una agencia artística tiene como principal finalidad obtener beneficios económicos. Es por tanto su derecho y su deber colocar a la mayor cantidad de sus representados que sea posible y obtener por su contrato una cifra que sea razonablemente interesante para ella y para sus artistas. No podemos por tanto hacerles reproches cuando vienen con eso de “si quieres a tal figura te quedas con el paquete completo que incluye a fulanito, a fulanita y a menganito, que ya sé que son bastante menos buenos, porque si le quieres a él solito te va a salir mucho más caro”. Esto es parte del negocio. Porque de un negocio se trata para ellos, y no de una operación de altruismo. No se olvide.
Ahora bien, luego está la capacidad que tienen los diferentes gestores y directores artísticos de negociar semejantes condiciones. La capacidad o el interés, que no es lo mismo. Porque puede ocurrir que un teatro ande más bien escaso de presupuesto y no tenga más remedio que priorizar la cantidad por delante de la calidad: si quiero tantos espectáculos por temporada hay que apechugar con lo que hay, que no sale muy caro, y de este modo, junto a unos cuantos mediocres que vienen “en el pack” tenemos a unos cuantos artistas de categoría. Vale.
Pero también puede ocurrir que existan acuerdos tácitos entre algunos gestores y determinadas agencias que den vía libre al intercambio de medianías sin que ello beneficie precisamente a los resultados artísticos globales. O que sencillamente el gestor de turno no sepa hacer las cosas bien y “se la cuelen” con más frecuencia de la deseable. Ahí es donde un teatro o una orquesta demuestran en buena medida su categoría: en la capacidad para sortear los envites de las agencias, no ceder ante las presiones que las mismas realizan una temporada tras otra y establecer una dinámica en la que éstas tengan bien claro que frente a su necesidad de hacer negocio se encuentra la obligación que tienen estas administraciones públicas (es decir, pagadas con el dinero de los ciudadanos) de servir no a los intereses particulares de los artistas y sus representantes, sino a los de todos los melómanos, que lo que demandan es, dentro de los lógicos límites presupuestarios, alcanzar la mayor calidad posible. Y eso se consigue siendo un buen negociante. Como nuestro cantinero.
sábado, 01 de enero de 2011