Fernando López Vargas Machuca
Estas líneas vienen a ofrecer algunas reflexiones más sobre la cuestión que exponíamos en este mismo blog el mes pasado (“La clásica es para ricos”), y lo hacen al hilo de la amable contestación que nos ofrecía D. Alfonso Aijón a nuestra crítica a sus declaraciones sobre la presunta “verdadera afición” de los abonados a los ciclos de concierto que él organiza a través de Ibermúsica, frente a los “falsos aficionados” que no están dispuestos a pagar los elevados precios de las entradas de estos espectáculos que, al contrario que la inmensa mayoría de los que se ofrecen en España en lo que a música clásica se refiere, no reciben ningún tipo de subvención.
Desde aquí quiero insistir en que hay un factor señalado por Aijón que merece ser tenido muy en cuenta: la falta de conciencia por parte del público de lo que realmente cuesta un espectáculo. Pero ahí el fallo quizá esté en que nuestro Estado del Bienestar, ese que está empezando a desmontarse, no ha sabido comunicarnos en qué se invierte nuestro dinero. Por poner un ejemplo de lo más simple, mis alumnos no hacen más que decirme que ellos no tienen que cumplir con ninguna responsabilidad porque “no se les paga, al contrario que a los profesores”; yo estoy harto de replicarles que estar sentado en un pupitre supone una importantísima inversión por parte del Estado (es decir, de los que pagamos impuestos), y que por ende el “salario” del alumnado está siempre ahí, aunque sea en especie. Y quien habla de la educación puede hablar perfectamente de la medicina. No hace mucho se ha planteado la idea de que en el futuro nuestro médico del seguro nos entregue una factura simbólica para que sepamos lo que ha costado a las arcas estatales nuestra consulta. Pues miren ustedes, no me parece ninguna tontería. En la música no sería fácil hacer algo parecido, pero sí que sería interesante hacer públicas de manera más detallada las cifras que manejan nuestros teatros y auditorios. Otra cosa es que estén dispuestos a hacerlo, claro.
Dicho esto, y sin quitarle mérito alguno a su admirable labor al frente de Ibermúsica, sigo discrepando en el núcleo de la cuestión: la “verdad” de una afición frente a la otra. Soy relativamente joven, pero he ido a muchos conciertos en mi vida. Al menos, a los suficientes como para saber con qué clase de público me encuentro. Y puedo asegurar que en todas partes cuecen habas. Hay entre los abonados a Ibermúsica, qué duda cabe, buenísimos aficionados, pero también mucha gente acude más al acto social que a otra cosa. Y no resulta difícil escuchar barbaridades musicales en los pasillos. ¿Más que en, qué se yo, los subvencionadísimos conciertos de la RTVE o los de la ONE? No, tampoco es eso. A la hora de boicotear un recital de piano con continuas toses, salir de la sala a destiempo, hablar en voz alta con la pareja, dejar el móvil conectado adrede o jurar en arameo cada vez que aparece el nombre de Bartók, da igual que las entradas hayan costado diez euros o ciento cincuenta. O que estemos en Madrid, en Valencia o en Sevilla. Cambia la extracción social del público, pero no tanto la actitud ante la música.
Otra cosa es que sin esos fieles abonados a los conciertos privados no hubiera sido posible tener en España a una larga lista de importantísimas figuras musicales. Cierto. Y meritorio. Pero no lo es menos que sin la cultura subvencionada no se hubiera podido crear afición. Si yo me convertí en un entusiasta de la música clásica fue, entre otras cosas, porque en mis tiempos de estudiante podía escuchar a la Sinfónica de Sevilla por cuatrocientas de las antiguas pesetas o asistir a la muestra de Música Antigua por unos precios de lo más económico; y porque, ya durante la Expo-92, conseguí entradas para Barenboim y la Filarmónica de Berlín, Celibidache y Múnich, Chailly con la Concertgebouw y Abbado con la Filarmónica de Viena -son solo algunos ejemplos- por mil doscientas pesetas cada una. Si esos conciertos se hubieran ofrecido a precio “real”, ni yo ni muchísimas otras personas seríamos hoy melómanos en la medida en que lo somos, porque no hubiéramos podido asistir a esos eventos. Sí, están la radio, los discos y todo eso, pero nada posee la “capacidad de convicción” de un buen concierto en directo.
Explotará la burbuja musical como lo ha hecho la inmobiliaria, señalaba el señor Aijón. Pues sí. Pero no se crean que esto va a beneficiar al sector privado, moviendo al público de un sitio a otro y concienciándole de la necesidad de pagar. Más bien todo lo contrario: los melómanos ya más o menos bien formados quizá nos resignemos a romper la hucha del cerdito para ver, muy de tarde en tarde, a grandes orquestas y directores, pero las nuevas generaciones van a estar tan apartadas del hecho musical que dentro de unas décadas no habrá quien esté dispuesto a abonar 162 euros por escuchar la Novena de Mahler de Abbado con la Orquesta de Lucerna. No será ya que no tengan dinero, o que no estén particularmente interesados en ver al Abbado de turno. Es que, sencillamente, no sabrán quién es Mahler y les importará un pimiento escuchar una sinfonía en directo.
miércoles, 01 de diciembre de 2010