Fernando López Vargas Machuca
A la producción y venta de discos compactos de música clásica le quedan, al menos tal y como la conocíamos hasta ahora, cuatro días y medios de vida. Pero la culpa no es del incremento de las descargas, legales e ilegales, vía P2P, pues los “descargadores compulsivos” de música clásica siguen siendo compradores de discos no menos compulsivos. No, el asunto va por otro camino.
El mercado se había inflado de manera artificial. La fabricación de un CD es mucho más barata que la de un vinilo, pero cuando se impuso el nuevo sistema empezaron a vender esos compactos a un precio muy superior del que cobraban por los LP. Y claro, como todo el mundo quería tener su antigua colección sin clicks ni cambios de cara, las casas discográficas hicieron su agosto reeditando su antiguo fondo de catálogo, que ya estaba más que amortizado. Esto permitió un auténtico boom fonográfico: se grabaron un montón de tonterías y los cachés de los artistas subieron.
Claro que a la postre tenía que funcionar la ley de la oferta y la demanda. Las ganancias aumentaron, el precio del producto empezó a bajar -aparecen la series medias y baratas- aun manteniendo unos elevados márgenes de beneficio y las compañías, en vista de la bonanza, decidieron seguir incrementando la producción… Hasta que el mercado empezó a dejar de absorber tanta mercancía.
Como la oferta es superior a la demanda, se intenta hacer el producto más atractivo aumentando el minutaje de los discos. Se empiezan a pasar las grabaciones digitales ya amortizadas a serie media. Se generalizan las tomas en vivo, más baratas. Paños calientes: al final hay que recortar gastos. Desaparecen muchas estrellas fugaces del panorama artístico, algunas con talento y otras sin él. Comienzan los despidos del personal gestor y administrativo.
Aun así la cosa no funciona. El mercado está saturado y los melómanos ya tienen el repertorio básico en compacto. Por si fuera poco, los sellos baratos empiezan a mostrar que se pueden realizar nuevas grabaciones guardando cierta calidad por un precio más que razonable, mientras que, de manera paralela, discográficas independientes se abren un hueco ofreciendo estupendas grabaciones de música antigua y contemporánea con una presentación que ya quisieran para sí los grandes sellos.
Y así llegamos, y esto ya no tiene que ver con los ciclos del capitalismo sino con el avance tecnológico, a la era de las descargas en Internet. Decenas, cientos de compactos al alcance de un solo click; un almacén de mucho valor, pues ahí están numerosas joyas descatalogadas, junto con bastantes cositas que el melómano nunca se compraría, porque su interés no compensa su coste, pero que sí puede interesar descargarse para ver cómo están. Además, se pueden encontrar allí transmisiones radiofónicas y televisivas que no han sido nunca comercializadas.
Dudo que esto haga mucho daño al mercado del disco clásico: a los que les gusta comprarse la última Cuarta de Brahms que sale a cargo de un director famoso lo siguen haciendo… al mismo tiempo que se descargan cinco versiones más por las que no pagarían ni un euro. Lo que sí ha aguado la fiesta es que esos cientos de aficionados que han hecho obtener pingües ganancias comprando Los tres tenores y Las cuatro estaciones (ahí es donde estaba el verdadero beneficio de la industria, el que les permitía grabar a Ligeti o a Rameau), ahora hagan un doble click y en cuestión de horas tengan ahí su Concierto de Aranjuez, sus Carmina Burana y sus Sinfonías de Beethoven por Karajan.
Total, que a la crisis propia del devenir de la oferta y la demanda se ha unido una novedad tecnológica, la de las descargas por Internet. El hambre y las ganas de comer han terminado hundiendo el mercado tal y como lo conocíamos hasta ahora. ¿Significa esto que nos vamos a quedar en el fututo sin grabaciones de música clásica? No está todo perdido.
Por lo pronto, el mercado tradicional tiene un filón importantísimo en el DVD. Los fondos de Unitel comienzan a agotarse, sí, pero las televisiones guardan tantas joyas como la cueva de Aladino. Y hoy día se graba mucho, muchísimo. Fondos que sin duda podrán salir un día en DVD con excelente calidad de imagen y con sonido igual de bueno -e incluso mejor- que el de un CD.
Por otro lado tenemos la venta de descargas, un sistema que tendrá futuro cuando las discográficas se lo tomen más en serio. ¿Cómo tienen el morro de cobrar dinero por bajar MP3, que son archivos con pérdida en la calidad, cuando en el Emule la mayoría de los discos de clásica están en formato APE o FLAC, es decir, sin merma alguna en el sonido?
Muy interesante es la descarga gratuita a cambio de publicidad. Vayan ustedes a la página web de la Sinfónica de Chicago, o a la de la Filarmónica de Nueva York, y podrán escuchar un montón de conciertos. Sólo hay que tragarse un poquito de publicidad. Publicidad que no ha de ser necesariamente de discos, sino de teatros, orquestas, instituciones culturales varias… e incluso de compañías petrolíferas: las grabaciones de la Chicago Symphony las patrocina, a mucha honra, la mismísima BP.
Y luego está el satélite. Hay un montón de canales centroeuropeos que ofrecen todas las semanas retransmisiones de, en general, considerable interés. Todos ellos gratuitos, salvando el coste de la “paellera” y el decodificador, aunque existen también diferentes canales de abono. Sólo hay que avanzar, eso sí, en la cuestión de la calidad sonora: en algunos de estos canales la compresión dinámica de la pista de audio se deja notar.
¿Desaparecerá, volvemos al principio, la producción y venta masiva de CDs de música clásica? Parcialmente, aunque el formato físico del disco seguirá existiendo. ¿Nos quedaremos sin grabaciones de música clásica? No. Ahora bien, la dinámica va a cambiar considerablemente. Los aficionados hemos de cambiar el chip y empezar a movernos en estas fórmulas alternativas, mientras que las compañías discográficas y las distribuidoras van a tener que adaptarse a las nuevas circunstancias. La crítica musical, por su parte, también habrá de reciclarse ante un panorama muy, pero que muy distinto. Sobre esto último me gustaría escribir próximamente.
jueves, 13 de noviembre de 2008