La discográfica Deutsche Grammophon tiró la casa por la ventana presentando por todo lo alto hace no mucho La Pasión según san Marcos del compositor argentino Osvaldo Golijov, obra que proviene de aquel célebre encargo que Helmut Rilling realizara en el 2000 a cuatro compositores de renombre internacional para poner música a otras tantas Pasiones de Cristo según los cuatro evangelistas, en conmemoración del 250º aniversario de la muerte de Bach. No ha reparado en efectivos: álbum triple, extensible a modo de políptico con portada que reproduce a todo color la vistosa Crucifixión de Picasso –tela que no le va nada mal, por cierto, al contenido de la publicación–, integrado por dos versiones de la obra, una, en doble disco compacto, y otra, en dvd, grabados en Caracas y Ámsterdam, respectivamente, movilizando a dos equipos técnicos distintos con una interminable lista de profesionales trabajando en el proyecto. Lanzamiento pues de best seller, que es lo que aspira a ser, intentando emular los éxitos de tales subproductos literarios: grabación, producción, edición, diseño... todo de verdadero lujo.
Un error. Porque La Pasión de Golijov no es música de compact disc ni de dvd; ni uno ni otro son su medio natural. La Pasión de Golijov es música de cassette, de aquellos viejos reproductores a cassette marca Philips, feos como demonios, pero duros como piedra berroqueña, que ya los podías tirar desde un quinto piso, que seguían funcionando. ¡Para nosotros los quisiéramos en este mundo de tiquismiquis de hoy! Los cassettes a pilas inseparables de los curas de barbitas, gafas oscuras y clergyman de las iglesias-moles de hormigón armado y cristaleras de colorines de los suburbios de nuestras ciudades. La música de La Pasión no se separa un palmo de aquella con la que estos curillas modernoides de parroquia de barrio de los sesenta daban la tabarra a sus catecúmenos. Y no digo que éstos no flipasen con ella, con su ritmo, con su color, con su exotismo que ingenuamente confundían con modernidad, en su intención de aventar el olor a incienso rancio y a cera quemada de las sacristías.
La Pasión de Golijov es música de los felices sesenta, sí, pero no de la que hacían los compositores serios, devanándose la sesera con sus transcendentalísimos asuntos de complejos hiperseriales, de macroestructuras aleatorias y demás pijotadas. Ni tampoco con la de los melenudos de Liverpool que redefinían por entonces esa quimera que llaman cultura popular. La Pasión según san Marcos de Golijov, que consciente o inconscientemente toma por modelo la famosa Misa criolla del difunto Ramírez sin aventurar un solo paso más allá de ella, es, en fin, la música del Concilio Vaticano II. En la Ciudad Santa tienen que estar que dan palmas.
miércoles, 01 de diciembre de 2010