Fernando López Vargas Machuca
El pasado mes de junio Alfonso Aijón realizó unas declaraciones a EFE en las que, reflexionando sobre los efectos de la crisis sobre las subvenciones a los conciertos, afirmaba que a su ciclo de Ibermúsica van "los verdaderos aficionados", los que saben lo que cuesta la música, no "los pseudoaficionados", es decir, "los que no están dispuestos a pagar el valor real" (sic). No sólo se quedó tan ancho, sino que colgó las declaraciones en la página web de su empresa, recibiendo a partir de entonces unas cuantas contestaciones por parte de la melomanía. Y es que, aunque no sea lo mismo decir “los que no están dispuestos” que “los que no pueden permitírselo”, semejante afirmación resulta impropia de la inteligencia y la sensibilidad de una persona que ha hecho, desde el sector privado, muchísimas cosas positivas por la música en España durante los últimos decenios.
Es verdad que hay bastantes personas tan acostumbradas a los precios de la cultura subvencionada que se han olvidado de lo costoso que es montar un espectáculo de categoría. Es caro organizar el recital de un solista de primera fila; es carísimo ofrecer un concierto sinfónico, toda vez que tienes que costear desplazamientos y cachés de un equipo numeroso; y lo es mucho más aún montar ópera, porque ahí estamos hablando de un nutrido grupo de intérpretes (orquesta, coro, solistas) al que hay que mantener durante un periodo de tiempo más o menos largo, a lo que hay que sumar la realización o el alquiler de la producción escénica. Muchas veces esto no lo vemos, o no lo queremos ver, de tal modo que cuando se nos pide por la entrada de un espectáculo lo mismo que cuesta -retomo los ejemplos que ponía Aijón en sus declaraciones- la Fórmula 1 o Rock in Rio, nos llevamos las manos a la cabeza y creemos, erróneamente, que el organizador nos está tomando el pelo. Hasta ahí, vale.
Pero no es menos cierto que los precios “reales” de óperas y conciertos no son asumibles por la mayor parte de la melomanía que desea escuchar música en directo de manera más o menos regular, y menos aún en unos momentos en los que la clase media está perdiendo poder adquisitivo a pasos agigantados. Son -somos- numerosísimos los melómanos cuyo sueldo mensual anda por debajo -a veces muy por debajo- de los dos mil euros mensuales. Alfonso Aijón, que parece moverse musicalmente tan solo en los ambientes selectos de la alta burguesía de sus abonados, se llevaría una sorpresa si supiera a qué localidades tienen que recurrir en conciertos y óperas muchos melómanos verdaderamente entendidos, de esos que conocen bien el repertorio, escuchan música regularmente en su casa, procuran asistir a todos los espectáculos en directo que pueden y son capaces de discernir con buen criterio la calidad interpretativa que lo se les ofrece. De los que van a apasionarse con la música y no a “dejarse ver”, vamos. Esos melómanos, señor Aijón, y conozco un buen número de ellos tanto en Madrid como en provincias, se van a “Principal de pie” en el Teatro Real y a lo más barato del Paraíso en los conciertos sinfónicos, y se mantienen habitualmente alejados de esos glamurosos conciertos que usted organiza por la sencilla razón de que no se lo pueden permitir.
Dicho esto, hay una cosa en lo que sí vamos a darle la razón al fundador de Ibermúsica: "La burbuja inmobiliaria ya ha explotado y ahora le toca a la musical. No habrá más subvenciones y se pagará todo, igual que la Fórmula 1". Cierto. Lo que pasa es que nosotros no nos alegramos de ello, porque eso significa que el disfrute de conciertos y óperas en directo (de las interpretaciones de nivel, hablamos) va a quedar restringido a ese número cada vez más reducido de personas que disfrutan de una holgada economía doméstica. Y eso me parece fatal. Por ello no quiero rendirme ante el avance de la iniciativa privada frente a la pública, léase subvencionada, pues pese a sus incuestionables defectos esta última sigue siendo prioritaria para que las clases medias podamos asistir a óperas y conciertos de calidad sin tener que pedir una hipoteca para pagar el “valor real” del espectáculo.
O a lo mejor es que soy yo muy ingenuo y que, sencillamente, la música clásica está hecha para los ricos.
lunes, 01 de noviembre de 2010