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Arquitectura musical con moraleja

A nadie se le oculta que Benjamin Britten, cuando puso manos a la obra en su Réquiem de guerra, lo hizo con la noble intención de elevar un monumento que trascendiera lo estrictamente musical hasta el punto de representar el sentimiento antibelicista –eso creía él, hombre de buena voluntad– de la sociedad del momento, que todavía tenía calientes en su memoria los horrores de la Segunda Guerra. Un símbolo, un icono, como dirían ahora, de su tiempo, que no está tan alejado de hoy mismo. De ahí que la vanguardia oficial de la época –estamos en los primeros años sesenta del siglo pasado, en plena efervescencia todavía de las llamadas neovanguardias– pusiera el grito en el cielo. ¡Cómo! ¿Un compositor reaccionario erigiéndose en representante de nuestro tiempo? Por ahí no pasó. Así que desde entonces han llovido los infundios sobre esta singular partitura, que ni los años transcurridos han logrado mitigar del todo. Que si “canto a la impotencia creativa”, que si “malgasto inútil de tinta”, que si tal, que si cual... Y eso que ahora la que no tiene buena prensa es la propia vanguardia.

Sin embargo, la obra, es imponente, se mire por donde se mire; una verdadera arquitectura musical con sus recios muros, sus arcos, sus vidrieras que tamizan una luz parda y, sobre todo, su bóveda de crucería consecuencia de la intersección de tres fuentes sonoras: la gran orquesta con el coro y la soprano desgranando el texto litúrgico de la misa de réquiem, el conjunto de cámara con los dos solistas masculinos cantando los terribles poemas de Wilfred Owen, el poeta-soldado abatido en las trincheras de la Guerra del 14, y el coro de niños con el órgano. La grandeza de esa bóveda no descansa, sin embargo, en su mera belleza arquitectónica, que no es poca, sino en el espacio que enmarca y que nos cubre como la noche estrellada. Lejos de expandirse, en sí misma se concentra la monumentalidad de este Réquiem, al igual que en los edificios religiosos de la Baja Edad Media, creando un espacio musical reflexivo, meditativo, íntimo. Que Britten lo aproveche –según la vieja sentencia nulla æsthetica sine ethica– para expresarnos su moraleja visceralmente antibelicista, no deja de ser en todo caso algo adjetivo a la propia música.

lunes, 01 de noviembre de 2010
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