Jorge Binaghi
Es difícil dar con un tema y un título para ‘inaugurar’ un ‘blog’, tal como se me ha pedido.Si he elegido este, es porque alguna gente me reprocha ‘vivir en el pasado’ respecto a mis gustos y a mis criterios de juzgar la labor de un intérprete (en particular de canto lírico, pero no sólo).
Sobre gustos, como se sabe, no hay nada escrito. Los criterios es algo ya más ‘objetivo’. Ocurre que simplemente veo que los cantantes, en particular los europeos y latinoamericanos, tienden a afrontar muchas veces roles o repertorios sin haber agotado sus estudios o sus posibilidades o sin pararse a pensar en las consecuencias que para su voz puede tener quemar etapas o simplemente pedir a unas cuerdas vocales algo que no pueden soportar mucho tiempo (o ninguno, depende) una vez pasados –siempre demasiado rápidamente- los años de juventud.
Se me ocurren algunos nombres, prestigiosos en el medio, que responden a esas características. Por un Flórez que decide con sagacidad y prudencia revisar su decisión de cantar el ‘duque’ en Rigoletto (y hace bien, sea la decisión definitiva o provisional), cuántos hay que pasan en un soplo de tenor de gracia (ya que estamos en esa cuerda) a spinto o dramático. Peor, hay quienes intentan conservarlos todos. Si un Kraus pudo alguna vez cantar Bohème o incluir regularmente en su repertorioLos cuentos de Hoffmann (que se puede interpretar desde diversos ángulos) sin renunciar a La fille du régiment, es sabido lo poco que abordó Mozart y Rossini . Que Gigli o Bergonzi hayan podido conservar hasta el final sus impagables ‘Nemorino’ mientras cantaban ‘Andrea Chénier’, ‘Canio’, ‘Alvaro’ o ‘Radamés’ para dar algunos nombres, habla de su excepcionalidad y sobre todo de sus respectivas magníficas técnicas.
Últimamente parece estar apareciendo, aquí y allá, cantantes que rondan los treinta años y que, a juzgar por lo que dicen y hacen, pretenden ‘simplemente’ servir a su profesión (no servirse de ella, que es algo distinto) lo mejor posible, con buenos medios naturales que procuran perfeccionar y extender al máximo. Por supuesto, no sufren de momento el apremio del reconocimiento, y tampoco parecen interesar demasiado a ninguna casa discográfica o ‘multimedio’ (de esas que ahora arman la carrera de un cantante en base a dos o tres recitales grabados que luego se repitan en giras extensas con el mismo material).
Entre los consagrados más o menos recientemente, ahí está el caso de Erwin Schrott que acaba de grabar su primer disco comercial (con un despliegue fotográfico de un tipo que simplemente ignora justamente lo que hace particular o único a este artista estupendo), o lo relativamente poco que ha dejado hasta ahora en cd el más polifacético de los barítonos actuales, Simon Keenlyside (en soporte dvd las cosas son algo distintas, por fortuna).
He empezado a escribir esto pensando en el último concurso de canto Reina Elisabeth de Bruselas y los subsiguientes conciertos que han protagonizado los ganadores y en una reciente representación en La Monnaie de La cenerentola rossiniana.

SZABOLCS BRIKCNER
De acuerdo, no es el más fácil de los nombres, y se trata de un casi treintañero (no los tiene aún) increíblemente modesto (particularmente tratándose de un tenor).
Húngaro, de formación clarinetista (y se nota en su fiato), muy musical, cantante casi por accidente (gracias a un amigo y a la madre de éste, profesora de música).
Cantó en las semifinales, con piano, lieder de Beethoven y Mahler, el famoso ‘lamento di Federico’ de L’Arlesiana de Cilea, la canción impuesta de autor local (bien difícil, a la que supo extraer algún tipo de sentido) y un Mauricio Kagel en inglés ‘O Lord’ de una ironía y dificultad únicas.
Estuve pensando todo el tiempo en quién me hacían acordar sus labios y toda la zona de su boca (porque no se trata sólo de una bella voz de tenor lírico, de buena o muy buena extensión, con centro y graves adecuados, sino de un cantante completo, con sentido de legato y del fraseo y de la coloración de las palabras, que seguramente entiende –su articulación en las cuatro lenguas que conozco es clarísima; me aseguran que también su ruso).
Me desperté a eso de las seis de la mañana para ir a trabajar y lo primero que mi pensamiento consciente formuló fue ‘Gedda’. Si hubiera leído antes su currículum, me habría ahorrado tiempo y esfuerzo. Ha tomado clases con el gran Nicolai y canta corrientemente, junto a su mujer, una soprano, en la Ópera de Budapest.
Entre los comentaristas radiales, televisivos, de periódicos y sobre todo de un blog empezó a correr una serie de ‘primeros’ (o ‘primeras’) que casi parecía un ‘lobby’. Aunque siempre ha pasado esto en el concurso, nunca vi nada igual. Sobre todo un crítico muy seguido por televisión y prensa escrita, y el animador del blog, decretaron que se trataba de un cantante correcto sin mayor interés. Alguien le criticó el repertorio. En las finales, con orquesta (la de la Monnaie dirigida como casi siempre muy espectacularmente y muy fuerte por su entonces todavía director principal invitado, Kazushi Ono), cantó ‘O paradiso’ (en francés), dos extensos y dificilísimos lieder de Mahler, a cual mejor, ‘O la paterna mano’ de Verdi (lo que provocó alguna ira, ya que se insistía en que se trataba de un aria para tenor dramático, fíjese Ud.) y la gran aria de Lenski de Chaicovski.
El público aplaudió a rabiar y hubo quien dijo, luego, que su Lenski había decidido al jurado. No lo cantó mejor que el Mahler, aunque sí mejor que el Meyerbeer y el Verdi (que ya quisiera yo escucharlos así cantados). Cuando se pronunció su nombre como ganador por unanimidad del primer premio, pareció desconcertado (luego diría que estar entre los seis primeros, que son los verdaderos ganadores, para él hubiera sido ya mucho). Luego recogió las dos flores que le entregaron y dedicó una al público y otra a Dame Joan Sutherland. Hay gestos que retratan a las personas (y los cantantes también lo son). Como también que dijera que ese era el segundo día más importante de su vida (todos esperaban que dijera el primero, pero decidió poner el de su matrimonio por delante y tuvo el valor de decirlo.
A veces pienso que eso, en estos momentos, le puede jugar en contra, pero cada uno es como es, por suerte en este caso). En el concierto de clausura repitió Lenski, agregó un dúo de Roméo et Juliette de Gounod con otra de las ganadoras, y, sobre todo, hizo escuchar una ‘Leyenda de Kleinzach’ de Los cuentos de Hoffmann que me hicieron retroceder a la época de mis dos primeros protagonistas: su coterráneo Konya y, otra vez, Gedda. En posteriores conciertos agregaría dos veces, la segunda mejor aún que la primera, ‘Una furtiva lagrima’ ejemplar (en el segundo caso con la cadenza que ha grabado Alagna), y últimamente lo he escuchado en fragmentos de Haydn y Mozart (dúos, tercetos) y en el oratorio Elias de Haendel, donde su alemán, sus recitativos y sobre todo su última aria me hicieron reencontrar por fin un tenor que no se preocupa sólo de agudos, que no intenta impresionar con su ‘actuación’ (se mueve poco por lo que he visto, pero ‘dice’mucho con la expresión vocal y los ojos), y que otorga la misma importancia a un oratorio, a un lied, que a un aria de ópera popular, y que puede llegar incluso a lo más contemporáneo. Ignoro si hará ‘carrera’, ya que la fama y la fortuna hoy más que nunca se deben a varios factores combinados, varios de ellos absolutamente extraartísticos (he escuchado a más de un cantante célebre por sus cualidades decir que hoy tal vez le costaría más llegar o no llegaría ya que no sabían estar pendientes de la imagen o de la publicidad y que ellos sólo querían cantar bien e interpretar lo mejor posible… Brickner parece seguir esas huellas, que desde mi punto de vista son las únicas correctas).

HUGO GUAGLIARDO
De los recuerdos musicales del imperio austrohúngaro pasamos a la siempre operística Italia. Ahí también existen cantantes afirmados ya y otros que se afirman que parecen responder a los criterios arriba apuntados. El resultado es que cantan poco fuera de Italia y, a lo sumo, España… Algunos llegan a Suiza, Austria, algún teatro alemán (más Munich que Berlín, digamos) y la mayoría son ignorados o descuidados en Francia, Inglaterra y no digamos los Estados Unidos (lamentablemente, América Latina, que sería uno de sus destinos naturales, no está en general en condiciones económicas –ni artísticas, si exceptuamos el caso de Chile- de permitirse contratarlos).
Ya hablaré, si hay ocasión, de alguno de los más jóvenes (me viene enseguida el caso del joven y talentosísimo Alex Esposito, junto al de la consagrada Cedolins), pero a este joven bajo de Palermo yo no lo conocía ni de nombre cuando llegó a último momento –sin que se haya sabido nunca por qué- para sustituir a uno de los contratados por La Monnaie para el ‘Alidoro’ de La cenerentola.
Se trata de una obra que vengo escuchado, con resultados variados, desde 1967, cuando aún el personaje de Alidoro se asignaba a un comprimario (previo corte del aria, que es terrorífica). Y he visto luego Alidoros excelentes (los mejores, Pertusi y Regazzo; no he visto a Esposito, que me dicen que hace una creación de la parte). La función transcurría en un nivel de corrección alta con alguna medianía en los papeles bufos. La primera actuación del mago es en el cuarteto ‘Un tantin di carità’: la voz pareció bella e importante, pero uno siempre espera al aria para juzgar. En todo caso, el cansancio de todo un día de trabajo cedió el paso a la curiosidad. Bastó la intervención que anuncia la segunda parte de ‘Signor, una parola’ para que se convirtiera la curiosidad en sorpresa: he sido –lo soy cada vez más-muy sensible a los recitativos bien cantados, recitados, con propiedad, estilo, color y claridad de articulación.
Cuando llegó ‘Sì, tutto cangerà’ (el que precede a la gran aria con que finaliza la escena), yo estaba completamente despierto, el teatro inusualmente silencioso y, cosa más rara aún, cuando el cantante acabó con un agudo sostenido que logró imponerse a la orquesta más que sonora de Minkowski, estalló una fuerte ovación (el público de La Monnaie parece por lo genral encontrar molesto aplaudir los números cerrados.
Recuerdo un Rigoletto donde acogieron al barítono con grandes aplausos al finalizar, pero casi dejaron pasar en silencio –digo ‘casi’- la gran aria del segundo acto). No sólo la columna de aire estaba dominada con maestría, las agilidades eran precisas y naturales, la voz pareja y aterciopelada en toda la extensión (dos veces pensé en el inolvidable Siepi). Bien, si Guagliardo canta siempre así, podemos esperar mucho y muy bueno de él.
Como a Brickner, quise entrevistarlo. El primero accedió a un cuestionario por escrito porque tenía ensayos; Guagliardo es muy italiano y del sur (luego muy abierto) y enseguida me citó para conversar. Pero quiso que fuera eso: una conversación caminando por el centro de Bruselas, sin grabador, con un frío bastante intenso que lo obligaba a cubrirse mucho, pero con todo prefirió el paseo a sentarse en un café. Otro caso de alguien que estudiaba música, durante y después de cursar estudios de filosofía en la Universidad, sin antecedentes particulares en la familia (aunque abuelo y padre tocaban de forma no profesional instrumentos de viento), que a los 31 años está haciendo papeles menores de creciente importancia y algunas sustituciones o segundos repartos como en este caso o en de un ‘Assur’ (personaje de Semiramide que parece interesarle notablemente), que tampoco parece tener prisa ni siquiera para ampliar su repertorio. Se manifiesta especialmente contento con Rossini y los belcantistas, ciertamente con Mozart (ha cantado Masetto junto a Keenlyside y alguna vez ha interpretado al protagonista –parece tener también el físico adecuado para ello- pero sorprendentemente manifiesta poco interés por Leporello y en cambio mucho por Figaro –que tiene en repertorio-y por el Guglielmo de Così –que aún no.
Cuando le pregunté si nadie le había hablado del color verdiano de su centro, sonrió –o eso me pareció bajo la bufanda- y me dijo ‘es algo que me dicen muchos, pero no tengo ninguna prisa por llegar a Verdi. Hay mucho por hacer aún en Rossini, por ejemplo”: mencionó también La gazza ladra y La italiana en Argel, El turco en Italia y el Barbero, además de las farsas y óperas breves primeras, pero volvió sobre la ópera seria con Maometto Secondo y Semiramide. Ha cantado el Orbazzano de Tancredi y recientemente en el festival rossiniano de Bad Wilbad el severo padre, Elmiro, en Otello.
Su próximo compromiso será el ‘Zúñiga’ de Carmen: “tengo que aprender más idiomas; los italianos somos un poco perezosos para hacerlo, con toda la literatura operística que tenemos en nuestra lengua”. No le importa ir despacio, porque sabe que su registro evolucona y madura lentamente (de hecho, sólo su segunda profesora le confirmó la cuerda, ya que lo habían clasificado como barítono, aclarándole que había una especie de núcleo que podría desarrollarse en una voz de bajo luego de mucho trabajo y estudio). Se percibe sólo gran deseo y ansia de poder continuar en la profesión y progresar en el estudio, pero no el de convertirse en ‘rico y famoso’. Con todo, acababa de volver de una audición que le habían preparado en el teatro An der Wien en Viena y les había cantado el aria de Alidoro: ‘no me dijeron nada, pero parecían interesados’. Si yo estuviera en un teatro y tuviera algún poder, a esos dos les echaba el guante para dos o tres temporadas como mínimo…
martes, 04 de noviembre de 2008