Fernando López Vargas Machuca
Aunque siempre los ha habido (¿recuerdan aquel famoso especialista español que escribía reseñas positivas a un director de orquesta que era su cuñado?), últimamente parecen abundar los críticos consagrados al más previsible, zafio y vulgar peloteo a artistas y gestores musicales. Unos lo hacen para moverse en el mundillo artístico, entablar amistad con nombres de cierta -o mucha- relevancia y alimentar su ego sintiéndose “amigo de” fulanito o fulanita. Otros lo hacen para aumentar el número de encargos, trátese de notas al programa, de conferencias o de traducciones, lo que termina derivando en unos sustanciosos ingresos y en un presunto prestigio entre los aficionados. Otros lo hacen en agradecimiento a los servicios prestados, generalmente contratos a familiares o amigos realizados de manera más o menos irregular. Y otros lo hacen, finalmente, buscando para sí mismos un puesto de poder: ¿nunca han llegado a ustedes rumores sobre personas a las que les hicieron, o van a hacer, un hueco en cierto sitio?
Lo que estos señores no quieren ver (o sí lo ven pero les da igual) es que son el hazmerreír de los aficionados. Unos saben de lo que están hablando, otros bastante menos. Unos escriben mejor, otros peor. Unos intentan disimular con cierto estilo sus manipulaciones, otros lo hacen con evidente torpeza. Pero lo que está claro es que todos, absolutamente todos estos plumíferos, cuentan con el desprecio de los melómanos, porque el personal detecta con facilidad cuándo se está manipulando la crítica (sea omitiendo parte de la información o mintiendo descaradamente) para conseguir unos fines determinados. Además, en no pocos casos la gente sabe qué vínculo de amistad existe entre el crítico de turno -o el medio en el que escribe- y el artista o gestor objeto de adulación. No digamos en los casos en los que el crítico ofrece valoraciones exclusivamente positivas sobre una figura determinada, trátese de artista, orquesta, coro, teatro o gestor. Tanto descaro nunca pasa desapercibido.
Claro que lo verdaderamente grave del asunto no es que exista semejante tipo de crítico, sino que si existe y realiza con cotidianeidad tal tipo de actuaciones es porque hay artistas y gestores dispuestos a recibir elogios indiscriminados de muy buena gana. En el caso de los artistas es perdonable, porque el ego de quien sube al escenario suele estar por las nubes, pero en el de los gestores no: buscar obtener respaldos a su trabajo recompensando -económicamente, aunque sea de modo indirecto- a quienes están dispuestos al peloteo, e incluso fomentando semejante actitud, es una forma de corrupción que no debemos permitir a quienes manejan dinero público. Así de claro. ¿Pondrá alguien freno alguna vez a semejantes prácticas, o seguiremos haciendo la vista gorda a ver si nosotros también mamamos de la teta pública?
viernes, 01 de octubre de 2010