“En música, es político lo que no es musical”. Wagner, según creo, o quien quiera que fuera el autor de esa frase, no carecía de razón. Desde un punto de vista estrictamente creativo, abstracto, al menos. Porque la música, bien claro lo sentenciaría más tarde Stravinsky, es un universo autónomo que se expresa a sí mismo, y todo cuanto expresa es única y exclusivamente referido a su propio ámbito. Lo que admite ser expresado de otro modo, mediante otros medios en suma, no es objeto de la música. Cualquier contenido deliberado, de orden ético, ideológico o político, que el compositor pretenda sobreañadir a su obra es por tanto necesariamente extramusical y apenas alcanza más allá del simple propósito, la elección de un título o el uso de la palabra de un texto literario cuya dimensión semántica es por lo general difícil de percibir cantada por la voz humana, esto es, trastocada en música, sacrificada en aras de la fonética o de la pura musicalidad.
Ahora bien, el compositor, que se mueve siempre en círculos abstractos por muy concretas que puedan ser sus miras extramusicales, ha de enfocar inevitablemente su labor hacia un destinatario. No hay música si alguien no la escucha; y al preguntarnos por quién la escucha estamos hablando ya de política. Irremisiblemente. Si ingenuo resulta el creador que pretende difundir a través de medios musicales un mensaje ideológico, no menos ingenuo sería aquel otro compositor –y también el intérprete– que se estimara al margen de toda ideología. Porque intérprete y compositor tampoco pueden escapar a su condición: son un elemento más de la expresión cultural de una sociedad determinada, en un momento histórico determinado. Seres racionales que viven en la polis, diría Aristóteles. Lo quieran o no, compositor e intérprete están haciendo música políticamente marcada: para quien la consume, para quien la paga. Porque la música, la gran música, continúa siendo patrimonio de las clases de sobra sabidas. Si aún dudan de cuáles, dense una vueltecita por Salzburgo este verano o lléguense hasta el próximo Concierto de Año Nuevo...
Las necesidades musicales de las otras –porque además de racional y político, el hombre es un ser también musical, por no se sabe qué misterioso designio– son complacidas con esos subproductos que se oyen pero no se escuchan; músicas, por llamarlas de algún modo, que no reclaman concentración, ni simple atención siquiera. Para qué, si no portan contenido alguno: nada expresan, nada revelan. Sucedáneos que viven a costa de la vulneración del derecho tácito que todo el mundo tiene al uso y disfrute del patrimonio musical universal.
Sí, es cierto aquello de que uno ama la música que conoce... pero la que no conoce, ¿por qué no la conoce?
viernes, 01 de octubre de 2010