Raul Mallavibarrena
Quisiera hablaros de mi ángel custodio. Se llama Rodrigo, aunque por alguna razón (que desconozco) todos le llaman Walter. Pues bien, el tal Walter es un golfo de los de echar a correr. Pero golfo, golfo. Se pasa el día de la Ceca a la Meca, de fiestas y copas con otros ángeles como él, haciendo botellón, tumbado en los parques durmiéndola o silbando a las chicas que pasan haciendo footing. Cuando, siendo yo niño, mis amigos metían el pie en una zanja o rodaban cuesta abajo al caerse de la bici, asistidos por las rápidas intervenciones de sus protectores, se magullaban levemente o les salía un pequeño chichón. Yo, sin embargo, huérfano de un salvador competente, me pasaba el día en urgencias, con lesiones de cierta importancia, reconducidas por un surtido de escayolas, vendajes y demás remedios limitadores del ocio irresponsable de mi edad. Walter aparecía siempre tarde diciendo cosas del tipo de “es que estaba con los colegas”, “mientras no te mates” o “la próxima ya ando yo al quite”. Pero nada. Tuve que aprender a cuidarme yo solito. Nunca he conseguido que recuerde mi nombre y cada vez me llama de una forma: Simon, Rogelio, Peter, Vladimir... Lo que os digo: un cierrabares de tomo y lomo. Cuando arribé a la turbia y confusa adolescencia, le dio por aconsejarme sobre chicas. En buena hora. Tú, a esa Gwendolín éntrala por las bravas, síguela hasta su casa, que a éstas lo que les pone es verte suspirar como un tuno bajo su ventana, solía recomendarme. Y yo, que era más tonto que una mata de habas, y falto de otros referentes, le daba bola y luego pasaba lo que pasaba. Cuando no era un guantazo de la chica en cuestión era una advertencia-ultimátum de su padre o hermano: si te vuelves acercar a Paulita te corto lo que no vuelve a crecer, me decían agarrándome por el cuello. En apenas un año me gané la peor fama a la que puede aspirar un catorceañero con sueños de conquistador: la de niñato babosón. La muerte clínica. ¡Walter, me estás buscando la ruina! le gritaba después de cada fracaso. Y él sacaba la lengua con indiferencia, entrecerrando los ojos como diciendo: que les den, ya vendrán otras. Pero no, no venían ni otras ni unas, se marchaban, huían de mí como de la peste. La única con la que triunfé fue una húngara que podía ser mi madre y que me presentó el propio Walter. Por supuesto: también yo supe desde el principio que era una empresaria del ramo que me regalaba el angelito para compensar las muchas pifias; pero me hice el tonto y me dejé querer, que ya tocaba.
A los veinte empecé a trabajar, vendiendo refrigeración por los polígonos de media España. Muchas horas de coche, trajes con un peine en el bolsillo interior, corbatas de ocasión, toneladas de desodorante, moteles de carretera, un maletín repleto de folletos y contratos con una línea de puntos sedienta de firmas, y el teléfono pegado a la oreja todo el día. Creedme: la piel de toro es mucho más ancha y calurosa de lo que parece en los mapas. Es lo que había. Walter entendió que si su trabajo tenía un sentido era precisamente en la carretera, donde tantos peligros acechaban, así que se me incrustó. ¿No quieres caldo...? Si yo ponía el aire, él tenía frío, si abría las ventanas, le molestaba el ruido para dormir y roncar, si cerraba, entonces fumaba como un carretero, si estaba locuaz sólo quería hablar de mujeres y de fútbol. Y luego la guerra perpetua del auto-cd. Él sólo quería escuchar música máquina a reventar, percusión invasiva sobre bases insufribles: sino era el DJ’ Nano era el DJ’ Troncho, y si no un rapero dominicano que fusionaba el scratching con la bachata y que “le flipaba mogollón”. Yo me quería tirar en marcha. A veces ya me plantaba y se ponía la música que a mí me gustaba: clásica o jazz. Odiaba la ópera, aunque lo que más le sublevaba eran los oratorios. ¡¿Pero en qué canta esa gente?! me decía poniendo ojos achinados. ¡Cantan en latín, Walter por Dios!: no se supone que vosotros deberíais valorar más que nadie la vía espiritual y conducirnos hacia ella, ¡sois ángeles! Sí, sí, Wenceslao –me decía bajando la mano- yo también he visto la película ésa en Navidad, pero esto no va así; ése es el problema: veis demasiado cine y luego todos acabáis pensando que somos Michael Landon; oye, para un rato en ese garito que vamos a tomar unas gordas.
- ¿Unas qué? ¿De qué estas hablando?
- Unas cervezas, estoy seco Mordecai.
- (tomé aire y apreté la mandíbula) Primero, no sé cómo me has llamado, pero sea lo que sea, ése no es mi nombre. Y segundo, no pienso parar a beber alcohol. ¿Es que te has vuelto loco!!?
Imaginaos: así, día tras día. Y lo peor es que si pincho, la rueda la cambio yo solito. No entra en sus competencias, me dice.
Por fin, un día, lo convencí de que me acompañara al Auditorio, a escuchar a una orquesta sinfónica de verdad, en directo. En programa, la Sexta de Mahler, inmensa obra, le dije, muy espectacular, déjate llevar y disfrutarás de algo nuevo. Venga, respondió encogiendo los hombros, lo peor que me puede ocurrir es que me largue una siestecita rodeado de señoranas y capullos afectados. No me di por ofendido, Walter es así. El concierto era a las siete, pero como lo conozco le dije que era a las seis y media y quedé con él a las seis. Llegó a las siete menos cinco. Por lo pelos. A pesar de haberle explicado más de cien veces que no íbamos a las carreras de galgos, se presentó con unos pantalones de los chinos, unas sandalias flower-power y comiendo un polo de algún sabor que –a juzgar por el color- debía contener algún sucedáneo de la sandía. ¡Y luego la camiseta!, del Real Madrid, con el 9 y el nombre de Cristiano Ronaldo grabado en la espalda. Tierra trágame, me dije demasiado tarde.
- ¡Vete a la mierda Walter! ¿Cómo me vienes así?
- Relájate, Nicanor, se la compré anoche a un moraco por 20 tucos en la calle de la ballesta, y es la de verdad: toca, toca.
- ¡No toco nada! Ya no hay tiempo de que te cambies. Pasa y siéntate, y acuérdate de lo del silencio que hablamos ayer, esto no es un karaoke ¿entiendes?
- Tranqui Roque. Mira ya sale el pingüino.
En aquel momento lo hubiera matado, pero creo que técnicamente no se puede matar a un ángel. La orquesta se dispuso a atacar con poderío el estremecedor La menor que nos conduce al cadalso. Mahler en estado puro. Traté de aislarme de todo y disfrutar. Para mi sorpresa, Walter estuvo bastante atento, incluso me levantaba el pulgar en los momentos más intensos. Se me acercaba y me decía al oído: “tío, esto tiene mucha fuerza”. Y yo asentía con los ojos cerrados, evitando que comenzara una conversación. Todo iba bien, pero llegó el Finale: Allegro moderato-Allegro enérgico, y su inapelable ascenso hacia el precipicio, abierto ante nosotros por los tres golpes de martillo que nos anuncia la muerte. Walter se puso pálido y me agarró del brazo. ¿¡Y esos golpes!?¿¡¡Han sido tres!!?.
- Tranquilo Walter, es así, vienen en la partitura. Sssh
- Y una leche. ¡Hay que salir de aquí ya!
Sin tiempo para reaccionar, me agarró de la chaqueta y me sacó violentamente de la sala. ¡Corre, Gustavo, que viene la muerte! La gente nos miraba, y yo le gritaba con un susurro ahogado entre dientes “¡estás loco!, no ocurre nada, es la música!” Pero fui inútil, me echó sobre su hombro y corrió hacia la puerta como un soldado que pone a salvo a un camarada herido. Imaginaos el numerito. Una vez en el pasillo, me desembaracé de él como pude. Lo había hecho otra vez.
- ¡La has vuelto a joder! ¡Estás como una chota Walter! Claro que son los golpes de la muerte, pero los escribió Mahler!!!!
Walter ni me escuchaba, estaba exhausto, recuperando el aire. Yo me senté en el suelo, sujetándome la cabeza entre las manos, desesperado. No sabía si llorar o gritar ¿Sería esto el infierno? ¿Aguantar a este lunático de por vida? ¿O era una prueba? Cuando de repente, dentro de la sala se escuchó un enorme y estremecedor ruido, seguido de un griterío de histeria y confusión. Las puertas se abrieron empujadas por decenas de personas presas del pánico. No era una explosión, pero algo muy grave había sucedido. La estructura mayor de la iluminación, una especie de lámpara gigante de madera y hierro, se había precipitado sobre el patio de butacas desde lo alto. Al día siguiente los medios dieron las cifras: siete personas murieron en el acto y otras dos más camino del hospital. Una docena de heridos de gravedad y otros tantos con cortes en diversas partes del cuerpo. De haber seguido en la sala, me hubiera pillado justo debajo.
Cuando llegaron las ambulancias y los bomberos, desalojaron el Auditorio y Walter y yo recaímos silenciosos en un banco del parque, todavía afectados por el shock. Era una agradable noche de junio. Había vuelto a nacer. Con lágrimas en los ojos abracé a Walter. Ven aquí canalla, ¡mira que eres golfo!; pero golfo, golfo.
jueves, 01 de julio de 2010