“No seas sabio en exceso, ¿para qué destruirte?”, advierte el Eclesiastés. Y Bartók y Béla Balázs, el libretista, ateos redomados, no sólo se hicieron la misma reflexión a través de Maeterlinck y Perrault, de cuyas plumas partieron, sino que además la instalaron sobre un escenario con toda la parafernalia teatral a su servicio: trama argumental, palabra poética, espacio dramático, personajes, decorados, luces, figurines... Y musical, naturalmente, aunque aquí el aparato quede reducido a lo estrictamente esencial: dos únicas voces, que no se apoyan siquiera en el convencional coro, y una orquesta, que suena como un bloque compacto casi monócromo, como un chorro sonoro, unas veces más grueso, otras más fino; ora con más presión, ora con menos (¿nos hemos parado a comprobar cómo Bartók prefigura aquí, en pleno 1911, el ideal sonoro de no poca de la música electrónica que habría de venir cuatro, cinco, seis décadas después?). A esta celebración alegórica-dramatúrgica-musical la llamaron El castillo de Barba Azul. Una obra maestra.
La cercanía del sol quema los ojos. Y la superación de ciertos límites tácitos, la no asunción de que en el fondo de todo conocimiento subyace un poso oscuro, irracional y, paradójicamente, incognoscible cuyo contenido se teme atroz; el ejercicio, en suma, de la libertad absoluta, reservada sólo a los dioses, tiene un altísimo precio.Terrible, pues, la condición humana que ha de debatirse entre el conocimiento –libertad lo llaman otros–, que llevado a sus últimas consecuencias acarrea su propia destrucción, y la ignorancia, que niega su naturaleza. Pero en la partitura de Bartók –dura, brutal por momentos, sin concesiones... aunque, ¿quién ha descrito mejor en sonidos esa soledad cósmica que nos acompaña de la cuna a la tumba?– habrá fatalismo, pero ni rastro de amargura. Bartók es el más beethoveniano de los compositores y, como él, agarra el destino por el cuello. Es la suya una música que no se impone a las circunstancias dictando mensajes de vana esperanza, como al respetable de hoy le hubiera gustado, sino que, decididamente trágica, asume con la cabeza bien alta el destino humano apurando su amarga copa hasta las heces. ¿Cuántos trágicos de esta raza vio el siglo XX? Bartók es uno de ellos, y por eso El castillo, como la tragedia griega o los dramas de Shakespeare, se erige en un producto del pensamiento y el espíritu humanos que trasciende el mero espectáculo, por grande que éste pudiera ser. Y que además lo es.
jueves, 01 de julio de 2010