Raul Mallavibarrena
Le mintieron la verdad el penúltimo día. Su orquesta se muere, maestro, le dijeron. Cuando en realidad se trataba de un cadáver desde hacía meses. El sábado 18 de junio de 1984 se oyó por última vez música sinfónica en la Sala Orfeo del Paseo de los Robles. La Tercera de Sibelius, la Obertura de Oberón y el Concierto 24 del divino Mozart, sirvieron para echar el telón definitivamente. La agrupación que fuera insignia del prestigio y el refinamiento cultural de la ciudad décadas atrás, fundada en la dura posguerra y amamantada con el entusiasmo de sus músicos, no pudo con la embestida de la nueva camada de políticos, siempre acicalados para la foto, obsesos de los golpes de efecto, la estrategia y los aires renovadores, sumisos esclavos de su promoción personal. Levantaron un auditorio nuevo, capaz de acoger ópera, teatro y conciertos, con una nueva orquesta y una joven promesa al frente, que agitaba la melena cuando dirigía los allegros con fuoco. Los patrocinadores prefirieron ir a estampar su logo en aquel mural de acomodada modernidad, mucho más atractivo para los medios. La Orfeo pasó a ser Centro Cultural del distrito, una especie de foro para la vanguardia, la experimentación y el collage. Los camerinos fueron transformados en mini-locales de ensayo para los grupos de rock juveniles y la antigua gerencia quedó convertida en un amplio despacho, con afiches abstractos por las paredes, moqueta en el suelo y un mullido sillón en el que sentaron a una amiga del partido. Savia nueva –dijeron-, proveniente de otro sillón (más pequeño) de la sede central. Siempre contará con el respeto y el afecto de todos, le dijo el alcalde al viejo maestro al descubrir la placa en la escuela de música que desde entonces lleva su nombre. Los oídos y la memoria de nuestra ciudad le estarán agradecidos perpetuamente, concluyó estrechándole la mano. Y el maestro lloraba por dentro, sin oír los aplausos, ni ver las lágrimas de sus músicos desahuciados, peregrinos ya en busca de plazas docentes o atriles de otras orquestas del país.
El maestro quedó como si le quitaran un brazo o una pierna. Demasiado mayor para buscar trabajo, demasiado joven para tumbarse a morir. Entonces paso página. Se quedó con lo esencial y compró una casita soleada en un pueblo de los que cuesta encontrar en el mapa, nuevo para él y viejo los demás. Estaré bien, dijo a todos al marcharse sin dejar señas. Mantuvo –eso sí- contacto con su hermana, su única familia ya, que vivía en la costa: una llamada por el cumpleaños y una tarjeta por Navidad. Tres maletas con ropa y otra con libros, pero ninguna foto, ni recortes de prensa, tampoco partituras. Borrón y cuenta nueva. Sí conservó su batuta, que no tuvo el valor de abandonar: demasiado peso dentro, demasiada música salida de su vértice. Es mi hueso más firme, le dijo una vez a su concertino, con evidente doble sentido.
Marchó el maestro al terminar el verano. El pueblo lo acogió con silenciosa hospitalidad. Era de ésos en que el ganado cruza las calles como un vecino más, de los que el reloj del Ayuntamiento marca siempre las doce y seis, de los que en la misma tienda en que se adquiere el jabón lagarto se compran las aceitunas, del los que los apellidos reales son finalmente el nombre de tu padre, de tu madre o el de su negocio precedido por “el de la...”. De ésos en que las abuelas sacan sus sillas de esparto a la puerta y las pegan al muro para mirar los coches y preguntarse si es de un forastero. Un pueblo de santo rosario a las siete, de misa dominical a las doce y párroco itinerante. Un pueblo de más viudas que viudos, de hijos huidos a la gran ciudad, de sobrinos en Pascua, de nietos con sus bicis en verano, de motos ruidosas para ligar. De frío canalla en invierno y de calor plomizo desde junio, acariciado por la quietud de las siestas de dos horas y las cortinas de cuentas en las puertas abiertas sin miedo al ladrón. De tractores por el arcén polvoriento, de burros y mulas, de perros que ladran a deshora, de moscas, de cementerio extramuros, de paseos hasta la era cuando el sol se vuelve más benevolente, de escuela de película de Berlanga, y de un caño bendito en la fuente de la plaza, del que brota el agua con derroche, como si no hubiera de faltar nunca.
Urbanita desde niño, el maestro supo adaptarse pronto al ritmo del campo. Era su nueva vida. Se calzó una gorrilla de cuadros, se compró un perro al que llamó Caronte y frecuentó el café escondido en los soportales, que hacía de club social. No tardó en entrar en el mus de los martes y los sábados, en la petanca de los viernes tarde, e institucionalizar la partida de ajedrez dominical con Román, el secretario del consistorio (nunca antes de las ocho, para no competir con el vociferante fútbol radiado del carrusel, incompatible con la planificación de la estructura de peones, el meditado enroque, o el jaque a la descubierta). Hizo amigos, y sus respuestas evasivas a las preguntas iniciales sobre su pasado fueron rápidamente asumidas por todos y al cabo de unos meses no se le molestó más. Sin ser el mayor parecía el más sabio y sus modales exquisitos le hicieron merecedor del Don, reservado a las fuerzas vivas. Se levantaba pronto, se aseaba y desayunaba un café con una pieza de fruta. Si el tiempo acompañaba salía a pasear con Caronte, luego hacia los recados domésticos. Por la tarde miraba la tele (más que verla) adormecido hasta la hora de volver a relacionarse. Cenaba poco para sentarse después frente a la chimenea con el perro a sus pies hasta que la cama lo reclamaba.
Pasaron los años sin variaciones significativas. Sus amigos se jubilaban sumando más dedicación a los rituales del ocio. Aunque nunca hablaban de ello, se les notaba conscientes de su cadencia en Andante perpetuo, caminando uno tras otro en la recta última, como una cuerda de presos. El día que el maestro cumplió ochenta años se celebró una fiesta. Sabino hizo la tarta. Todos bebieron y fumaron más de la cuenta, y aunque alguno se durmió apoyado en la maquina tragaperras, el humo y la sidra El Gaitero sujetaron sus cuerpos hasta la noche. De perdidos al río, no paraban de repetirse cuando se servían otra ronda. Con las burbujas, Antonio, el dueño de la Ferretería, se olvidó de la discreción y preguntó al maestro sobre su vida anterior. Termine con tanto misterio ¡que ya cumplió ochenta!, le soltó sin miedo a molestarle. El maestro se quedó mudo mirando el vaso con los párpados casi cerrados. Luego sonrió. También estaba borracho. Entonces, cogiendo un palillo de la mesa como si fuera una barita, dijo: hubo un tiempo en que yo tenía un palito así de madera en mi mano, ... algo más grande que éste... cuando lo levantaba se hacia el silencio y al bajarlo el tiempo de todos los presentes se detenía, sus problemas, sus angustias desaparecían... y viajábamos a otro lugar donde éramos más felices... eso es, ... eso era lo que yo hacía antes de venir aquí.
Acabáramos: ¡entonces era usted mago!, dijo Antonio agarrando la botella para seguir sirviendo.
¿Mago dice?... algo así, querido amigo, algo así.
sábado, 01 de mayo de 2010