Raul Mallavibarrena
Desde hace veinte años sufro violentos dolores de cabeza. Ataques frontales y caníbales que sitian mi cerebro hasta la capitulación. Dos de cada tres veces termino la batalla inconsciente, arruinado en una cama, o en el suelo, desconectado del mundo durante minutos, a veces horas. Al reincorporarme a la autopista de la realidad percibo en la distancia las réplicas en eco de una tormenta eléctrica desvanecida, alejándose entre grises nubes gastadas, y diciéndome “hasta pronto” con la mano, nunca “adiós”. Mes bueno es en el que las descargas no pasan de dos. Hasta cinco, mes normal. Más de cinco, mes perdido. Los médicos han rebanado y fotografiado mi corteza cerebral desde cualquier ángulo posible, con scaneres y resonancias de todo tipo. Me han introducido en tubos como nichos, cubierto de ventosas y cables conectados a un sismógrafo excitado, explorado mis retinas con su oftalmoscopio, como los marqueses decrépitos observaban la intimidad de la criada por la cerradura de su alcoba. El cerebro es un lugar inmenso y extraordinario, me dicen. Pero esté tranquilo, no tiene nada grave: está limpio. ¿Y los dolores?, respondo yo. ¿No es eso grave?
La batería de fármacos prescritos me agujereaban el estómago tanto como el bolsillo. Por alguna razón mi cuerpo no los quería y se los sacaba de encima por donde habían entrado, siguiendo un ritual de nauseas y arcadas, coreado luego por una desagradable comparsa de espasmos y vómitos. Nada de pastillas entonces. Peor el remedio...
Aburrido de no ver la luz en el túnel, peregriné por los mundos alternativos de Oriente y Occidente. Agujas, sándalos y velas, pastillas de moléculas de cosas muertas, aromas y manos impuestas, masajes, Yoga, Alexander, Pilates, flores en gotas, y un menú de respiraciones que nunca acerté a coordinar sin acabar desmayándome. Llegué incluso a abrazarme a los chantajes de mi infancia, asustado como estuve, y estaba, pensando en algo mucho más grande que yo. Agarraba la Biblia y rezaba en los parques, imaginando que lo que me golpeaba dentro necesitaba más de exorcismos que de medicación. Reza si quieres, me decía el padre Romualdo, pero los tiros no van por ahí. El demonio será perverso pero no es tan puñetero; lo tuyo es una putada, no una posesión, añadía con sorna tratando de tranquilizarme.
Ocurrió que un día, sentado yo en mi sillón de lecturas apacibles mientras escuchaba una emisora de músicas antiguas, percibí la tamborada in crescendo de un ataque inminente. La procesión de neuronas flagelantes se acercaba por el desfiladero angosto una vez más y nada podía pararla. Me dije: ya viene. En ese instante, la locutora anunció una pieza para instrumento solo a la que no presté atención y el sonido comenzó a expandirse por la estancia encima de mi indiferencia. Para mi sorpresa, esa vez la embestida de mis lóbulos fue mucho más clemente y benévola que de costumbre. Cerré los ojos y mi mente garabateó una palabra: soportable. Comprendí entonces que el timbre de aquel artificio de la luthería emanado de la radio, resultaba balsámico para mi mal. Por mis oídos penetraba un almohadillado arroyo de sonidos anestésicos, capaces por fin de doblegar al perseverante batallón de opresiones sin respuesta. El anunciado tormento se desvanecía ante mi perplejidad mientras aquel misterioso instrumento transformaba un tramo de vida indeseable en tiempo de consciencia útil. Ansioso de saber su nombre aguardé al final mientras los caimanes volvían al pantano con inexplicable docilidad. Tras unos segundos de pausa, la locutora facilitó los datos del autor y la obra, y a continuación desveló la fuente de mi antídoto: el laúd barroco.
Dediqué horas a reunir información sobre tan sorprendente artefacto. Grabados, fotos, tipología, época, repertorios. La aldea global me suministró de inmediato un generoso dossier de materiales iconográficos y literarios. ¡Qué hermoso instrumento! Cuando por la noche telefonee a mi hermano para contarle mi hallazgo se me saltaban las lágrimas, y supe, sin verlo, que a él también. ¿Sería el fin de mi corona de grilletes? Pues ya sabes: cómprate uno y aprende a tocarlo, tú tocabas la guitarra de joven, y eso debe ser parecido, me dijo sin medir el peso de su propuesta. No te digo que no, improvisé.
Apenas dormí diseñando mi estrategia de actuación. En primer lugar, debía proporcionarme cuantas grabaciones de laúd barroco pudiera, y llevarlas siempre conmigo. Supe después de los maestros que cedieron su talento en dar instrucciones precisas de cómo hacer vibrar sus cuerdas: Reusner, Bittner, Weiss, incluso Bach. Recopilé partituras, en su mayoría en tablatura, y la curiosidad acabó superando la necesidad. Al cabo de dos semanas me dije ¿por qué no?, y encargué a un luthier de París un precioso laúd de trece órdenes, según un modelo de Martin Hoffman de 1700, con un cuerpo de once costillas de palisandro y ciprés, tal y como aparecen en las pinturas de su tiempo, testimonios vivos de los que, de la noche a la mañana, me había vuelto un ávido coleccionista. ¡Ah, cómo me gustaría mostrarles una foto!, con su diapasón de ébano rematado en marfil y su delicado rosetón de miniaturas simétricas. Subí mi guitarra del trastero, cambie tres de sus cuerdas para poder afinarlas a la manera de Gaultier “el viejo”: fa-re-la-fa-re-la, y comencé a iniciarme, con la torpeza del autodidacta desasistido, en un mundo encriptado pero salvífico para mí.
A la espera del laúd real, combatía las jaquecas con los discos. Funcionaba. En unos meses me convertí en un experto sibarita, melómano selectivo de un universo cuya existencia desconocía apenas un año antes. Mis avances como tañedor eran casi nulos: ni sonido, ni fraseo, ni música disfrutable, pero se me pasaban las horas voladas, descifrando los números y letras de las tablaturas, y adiestrando mis dedos para el gran estreno. Me gustaba imaginarme sentado frente al atril, con el flamante laúd entre mis manos, venciendo la feroz migraña pulsando, pisando, arpegiando, cantando con las cuerdas las danzas melancólicas de unos hombres con peluca, huéspedes en una Europa agujereada por el fuego de un millón de arcabuces.
Y por fin hoy he recibido el laúd. Mi laúd. El arma definitiva contra la rebelión del cortex. Con mimo infantil lo saqué de su funda, templé sus cuerdas y me senté a esperar. Se hizo el silencio. Intuía que el momento de la gran batalla había llegado. Mi corazón latía cada vez más rápido. Sobre el atril música de Silvius Leopold Weiss: una Sarabande en mi menor, hermosa, sencilla pero suficiente. Nada se movía. Anocheció. El primer rugido -lejano como siempre- llegó al borde de la medianoche. Sentí como se aproximaba. Esta vez fue el lóbulo parietal el destino del primer impacto. Me dije: ya viene. Respiré hondo y, cerrando los ojos, di orden a mis dedos de comenzar la coreografía tantas veces ensayada. Las cuerdas conmovieron el aire como el cascabel de un animalillo indefenso. No te tengo miedo. Tengo el laúd. Mi laúd. Soy invencible.
jueves, 01 de abril de 2010