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Música en las cofradías

Fernando López Vargas Machuca

Soy de los que tienen a la Semana Santa andaluza (hablo de los desfiles de Sevilla y Jerez de la Frontera, que son los que conozco) como una de las manifestaciones culturales (y dentro del término cultura incluyo las vertientes religiosa, estética y puramente lúdica) más ricas, complejas, polisémicas, contradictorias, profundas e increíblemente bellas que ha creado la cultura occidental. No tengo reparo en afirmar que el paso racheado de los costaleros en medio del silencio de un público estremecido ante la fuerza expresiva de la imagen de un Jesús Nazareno, o la mecida acompasada de unos varales al doblar una determinada esquina mientras el rostro de la dolorosa resplandece con la luz singular de la candelería, pueden alcanzar en determinadas circunstancias, y si el participante es receptivo, la misma densidad filosófica y espiritual (que no necesariamente católica) que una audición la Novena Sinfonía de Bruckner (que dicho sea de paso tampoco es exactamente “católica”, aunque esa es otra historia).

La música tiene una especial importancia en semejante celebración. Su más esencial y característica manifestación es la saeta, claro está, y de eso en mi tierra jerezana -me permito decirlo con orgullo- hay gente que sabe mucho de eso. Y luego están las marchas procesionales. Cornetas y tambores acompañan desde la segunda mitad del siglo XIX, momento de reelaboración secularizada y burguesa de esta fiesta de origen barroco, a los pasos de misterio, mientras que a finales de la misma centuria las bandas de música se incorporan detrás de las dolorosas con un interesante abanico de marchas fúnebres que en las primeras décadas del siglo siguiente, en plena eclosión regionalista, se enriquecerá con un buen número de composiciones de carácter más festivo. En tiempos del nacional-catolicismo este repertorio se ampliará de manera considerable, con frecuencia gracias a la labor de músicos del ejército que imprimirán un cierto carácter castrense, y en cualquier caso brillante, a sus creaciones.

Pero en la era de la globalización (mas no por la llegada de la democracia, aunque a algunos así les gustaría afirmarlo), la consabida sustitución de la cultura popular por la subcultura de masas fue conduciendo a una paulatina pérdida de los valores estéticos en algunas cofradías, haciendo especial mella en las hermandades de barrio y de más reciente creación. En el apartado musical se manifiesta con claridad esta evolución. En los años ochenta y noventa muchas bandas de cornetas y tambores fueron sustituidas por las denominadas “agrupaciones musicales”, amplios conjuntos de metales con repertorios de -en general- manifiesta mediocridad, cuando no de vulgaridad extrema, con frecuencia adaptando musiquillas de iglesia o canciones populares e incluyendo pasajes de percusión brutal para despertar los aplausos de las masas. Y las marchas de palio olvidaron en gran medida el repertorio decimonónico para incluir nuevas creaciones basadas -no siempre, pero sí en más casos de los deseables- en un neofolclorismo facilón de discutibles valores.

Por fortuna en los últimos años las cosas están cambiando. La progresiva extensión de las agrupaciones musicales tras los misterios parece haberse frenado y las tradicionales bandas de cornetas y tambores, aun con repertorios no siempre ortodoxos, vuelven a ser valoradas como corresponde, mientras que las grandes marchas de palio de toda la vida son requeridas constantemente por los hermanos mayores y recibidas con goce por quienes contemplan los desfiles. Incluso se empieza a mirar más atrás para rescatar el patrimonio musical más olvidado. Buena prueba de ello es, por ejemplo, la labor investigadora de D. Francisco Javier Gutiérrez Juan, cuyo resultado se ha plasmado en un libro y en la grabación frente a la Banda Municipal de Sevilla de una serie de compactos que ofrecen, en interpretaciones de sobria corrección, numerosas marchas olvidadas del pasado cofrade más o menos lejano, junto con ediciones críticas de páginas bien conocidas que con el paso del tiempo habían recibido modificaciones espurias ajenas a la escritura original de sus compositores.

Pero las cosas pueden ir aún mejor. Ayer mismo (escribo estas líneas el 25 de marzo) se publicó una noticia esperanzadora. La Hermandad del Sol, que este año pasa de ser una cofradía “de vísperas” a incorporarse plenamente a la nómina de la Semana Santa Sevillana desfilando el Sábado Santo, ha decidido -pese a ser reciente y “de barrio”- que la imagen de la dolorosa vaya acompañada por “marchas fúnebres compuestas por eminentes compositores del siglo XIX, algunas de ellas jamás escuchadas en la Semana Santa sevillana pero sin lugar a dudas de una riqueza musical, dramatismo y religiosidad incalculables.” Y es que, siguen ellos mismos explicando, “el origen de la inclusión de bandas de música en las cofradías de Sevilla como acompañamiento musical a las imágenes comenzó precisamente con un repertorio basado en adaptaciones de marchas fúnebres de los grandes compositores de la Historia de la Música”. Cherubini, Mendelssohn, Grieg, Verdi y el mismísimo Purcell (Funerales de la Reina Mary, of course) se intercalarán entre páginas escritas ex profeso para acompañar a diferentes palios sevillanos. Allí espero estar para apoyar semejante iniciativa, que confío se extienda por otros lugares de nuestra geografía.

jueves, 01 de abril de 2010
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