“El amateur musical, el buen aficionado a la música clásica ya no existe”. El que en más de una ocasión y de dos lo ha asegurado públicamente, aunque hombre bien conocido y mediático, como ahora se dice, no es ningún indocumentado que suelta el aserto entre otros cualesquiera, según ocurre en televisión, antes de “pasar a publicidad”, ni un tertuliano de esos de tres al cuarto –¿a quién iba a interesar, por otra parte, semejante asunto?–. Tiene motivos para saber lo que ocurre y decir lo que dice: se trata, nada menos, de Daniel Barenboim.
Se preguntaba el pianista y director cómo es posible que las salas de conciertos se llenen –sobre todo en las ocasiones de relumbrón, frente a las “estrellas”– y al mismo tiempo las cifras de venta de discos, por ejemplo, continúen siendo absolutamente irrisorias. Se lo preguntaba él y nos lo preguntamos todos, aunque no sé si nos detenemos a reflexionar lo suficiente en ello. ¿Carencias en la educación musical de la población? Claro, pero esa misma falta de interés o de necesidad por el disco, esto es, por la presencia deliberada de la música en la cotidianidad –a la fuerza ya nos la hacen tragar, hasta en los ascensores; si es que a eso se le puede llamar música–, es una causa más de lo mismo a tiempo que una consecuencia. El círculo vicioso. La cultura musical que no se tiene, así tampoco se adquiere. La gente puede perfectamente acudir a un recital de campanillas, o gastarse una porrada de billetes en Salzburgo, como se va a comer a El Bulli: un dispendio suntuario que se agota a sí mismo.
El entorno social de la música, más que contaminarla como si ésta fuese algo aparte, determina su producción, su historia y sus formas mismas. Constituye una parte de su ser. Desde papas y emperadores hasta las mafias de la oligarquía industrial, la estupidez y la ignominia han acompañado a la música en su historia, igual que a las demás artes. Ellos han pagado a la hermosa ramera. El recuerdo de un solo capítulo reciente, las sublimidades camerísticas ofrecidas en el campo de Auschwitz y en otros –¡Terezin!– bastaba para hacer vomitar sobre la música toda y reivindicar el silencio para siempre, si no fuésemos, ay, tan olvidadizos. La flor que nace en el estiércol y del estiércol: no por desgastado el símil deja de imponerse.
Lo que ocurre es que, al lado de sus financiadores y mecenas, bastante zafios por lo general, alentaba un cupo más o menos reducido de connoisseurs que mantenía e iba transmitiendo y alimentando la llama del gusto, de la apreciación... Un cupo pequeño, pero vivo. No una vanguardia; sí, tal vez, una élite, por qué no. Una élite en tensión permanente por ensancharse. Un círculo de perversos a la búsqueda insaciable del placer ligado al conocimiento. Nunca lo sutil fue cuestión de manadas.
¿Qué es lo que ataca hoy bajo la denominación de “élite” esta sociedad del espectáculo? Resulta curioso que sea en nombre de lo democrático cuando lo que se le brinda al personal no es la facilidad de acceso a un cúmulo inagotable de riquezas sino, a lo sumo, su degradación a caldo de consumo compulsivo. Si no ha existido nunca, que digamos, la debida atención colectiva a la educación o la cultura musical –y no me refiero esta vez a los estudios especializados–, hay ahora síntomas inquietantes de que se acaba... lo poco que se daba. Véase en qué ha quedado convertida la radio. O de qué modo admirable va renovándose, reproduciéndose, el público exclusivo en cualquiera de nuestras grandes convocatorias musicales gracias muchas veces a lo menos recomendable de nuestra escala social.
¿Quedará alguien para contarlo? El porvenir que nos espera recuerda demasiado a Fahrenheit 451. Por no ser, no es ni original.
jueves, 01 de abril de 2010