Sibelius, un panteísta en el fondo. Messiaen, un panteísta en el fondo, en la superficie, en el corazón, en la piel, en los tuétanos de sus huesos: en todo su ser. El panteísta de la música, el compositor que más lejos ha llegado en esa interacción naturaleza-música. El mayor paisajista de todos los tiempos. Y de sus obras, la monumental De los cañones a las estrellas..., ese gran fresco sinfónico culminado en 1974, tal vez sea, con permiso del Catálogo de pájaros, incluído su apéndice La Fauvette des jardins, la cúspide de su paisajismo sonoro; el punto en donde la confluencia naturaleza-música alcanza su máximo esplendor.
La escritura sinfónica de Messiaen se ha hecho aquí mucho más flexible, menos rígida si se quiere, con relación a otras obras suyas anteriores de similar ambición formal; a la Sinfonía Turangalîla, por ejemplo. Decididamente libre. Como si el maestro hubiese vencido de una vez por todas el respeto al mito romántico de la unidad temática con todo lo que ello supone. Cosa que, por otra parte, no quiere decir necesariamente que en algunos pasajes no puedan reconocerse reapariciones de materiales previos. Pero lo que ahora pretende no es la coherencia de acuerdo con un orden temático, sino la lógica interna del discurso a partir de los conceptos de tiempo y de espacio. Una vuelta de tuerca pues, un grado de esencialización de su pensamiento musical, del pensamiento de la música occidental también.
¿Y de dónde proviene esa noción nueva del tiempo y del espacio que ilumina una música radicalmente original, que deja atrás todas las concepciones espacio-temporales que han alimentado el arte sonoro, y que a la vez se desmarca de las heredadas de las vanguardias que practicaban sus colegas de generaciones más jóvenes? De la simple contemplación de la naturaleza en la inmensidad de los grandes espacios abiertos; de la experiencia de la percepción del tiempo que sólo es posible en esos lugares únicos. De ella obtendrá Messiaen una lección determinante. El paisaje no será para él, no podrá serlo, un ente abstracto, sino algo íntimamente imbricado en el devenir. O mejor, el devenir mismo. Todo, hombre, naturaleza, universo y lo en él contenido son la misma cosa: puro devenir. Y la música, será entonces expresión de ese devenir. La única posible, en última instancia.
Messiaen hará buena en música la paradoja aquella de Oscar Wilde que decía que la naturaleza copia al arte... ¿O es que una vez conocida su obra puede escucharse el canto de los pájaros con los mismos oídos?
lunes, 01 de marzo de 2010