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El muro maestro

Raul Mallavibarrena

La vida de un fantasma es básicamente un aburrimiento. Y sí, dije “vida”, pero es que nunca acerté a encontrar una palabra más adecuada para describir el abstracto deambular en el espacio-tiempo del que soy protagonista desde hace casi sesenta años. Yo nací en esta casa (en la cocina para ser más exactos), como en ella nació mi padre, mi abuelo, y el padre y el abuelo de mi abuelo. Una saga. Sin llegar a palacete, reconocerán que se trata de una propiedad muy distinguida. Y si algunos de sus inquilinos hubiesen sido más cuidadosos con el jardín, me atrevería a definirla como una morada señorial. Sentí no poder dejársela a alguno de mis hijos, como correspondía, pero no los tuve. Ni siquiera uno natural, ilegítimo, o como se quiera llamar. Mi vida (me refiero a la otra, a la parecida a la que ustedes tienen), no transcurrió por sendas llamadas a la perpetuación (no les aburriré con los detalles), y a mi muerte, la casa, transmitida en herencia desde varias generaciones atrás, acabó en manos de una sobrina que rápidamente se desembarazó de ella, vendiéndola a una inmobiliaria. Ésta, desde entonces la ha venido alquilando a familias pudientes y aburguesadas, o bien a jóvenes emprendedores con profesiones liberales, que entran y salen por la puerta sin nostalgia alguna. Supongo que en castigo por no haber sido capaz de prolongar mi linaje, el destino ha querido mantenerme en esta forma etérea, condenada a vagar como un alma en pena, prisionero de los muros que me vieron ver la luz por vez primera hace ya más de un siglo.

Mi papel en ese tiempo, inmóvil y falto de incentivos, ha sido el propio de mi especie. Debo decirles que la ficción literaria al uso no exagera en lo referente a nuestras prácticas de intimidación, y creo que todos nosotros somos en eso muy parecidos. Un ruido en la buhardilla, ventanas abiertas sin razón aparente, frío gélido en el rellano, molinillos girando en días sin viento, qué sé yo, lo típico. Pero no me juzguen mal. Nada fuera de lugar. Las apariciones en plena noche no son lo mío. Piensen que la casa, aun antigua, no tiene armaduras flanqueando escalinatas de piedra ni inquietantes retratos de antepasados, tampoco pasadizos ocultos tras la biblioteca. Es grande, ya les dije, pero no parece el caserón de Norman Bates. Aunque  algo sombría resulta acogedora. Por eso entenderán que evite los numeritos a lo padre de Hamlet; y también que sea esencialmente celoso y desconfiado con cualquier forastero que se apoltrone frente a la chimenea en la que mi abuelo me leía a Julio Verne, para ver el  fútbol en una pantalla de plasma con una cerveza en la mano, o devorar novelas de Dan Brown con los oídos taponados por dos lentejas con cable, amamantadas por un estúpido iPod. Si defender algo de aristocrático buen gusto es un delito hoy día, soy culpable, pero comprendan mi postura ante tan impertinente invasión de mi patrimonio esencial. La vanidad me anima a pensar que fueron mis habilidades espectrales la causa de que la casa se desocupara con frecuencia, pero no lo puedo saber a ciencia cierta. Lo que es seguro es que todo aquello cambió con la llegada del Sr. Marcus.

Llegó hará ahora veinte años. Aun de pelo y barba canosa, no superaba con margen los cuarenta. Vino escoltado por cuadros, muebles caros y una enorme colección de libros; varios miles de discos y, en el centro, su majestuoso piano: un Bösendorfer de gran cola digno del mejor concertista. De hecho lo era. Tal vez no de los mejores pero estaba lejos, muy lejos, de los peores. Aunque sus modales y costumbres lo separaban abiertamente de la mediocridad de nuevos ricos exhibida por los anteriores ocupantes, no pude evitar asustarlo durante meses con las presencias habituales. El pobre empalidecía a la mínima y se cerraba con llave para dormir. Corría de un lado a otro como si estar siempre a la fuga lo fuera a salvar de un posible asedio demoníaco. Me pareció un buen hombre y por alguna razón, al poco tiempo dejé de acosarlo y me limité a observar. Tocaba durante horas músicas del mejor nivel: Chopin, Rachmaninoff, Beethoven, Schumann, y, por supuesto, Bach, de quien interpretaba un preludio todos los días.  Yo lo escuchaba con asombro y gracias a ello, poco a poco, mi existencia pasó a tener algún sentido. Hasta el punto de sentir que volvía a ser mortal. Por primera vez desde mi muerte, no deseaba que la casa quedase de nuevo vacía.

Pasaron los años: tres, puede que cuatro, hasta que una mañana de sábado, contraviniendo mis principios de actuación, me presenté ante él en el porche, cuando leía “El lobo estepario” de Hesse.

- ¡¿Quién es usted?! ¿Cómo ha entrado aquí?- me dijo casi gritando con lógico sobresalto.

- No debe asustarse Sr. Marcus. Mi nombre es Sebastián Zaldívar. Si me permite sentarme un momento, trataré de explicarle algo para tranquilizarlo. Sólo necesito que se calme y me conceda unos minutos.

Tardé una hora en convencerlo de que yo no era un loco, y, tras mostrarle algunas de las muchas cosas que un ser de apariencia irreal podía hacer, otra más en hacerle ver que el loco no era él. Estuvo al borde del desmayo pero finalmente hubo de sobreponerse y  reconocerse ahí, sentado frente a un hombre muerto que le hablaba de su casa y de su vida con detallismo minucioso.

- ¿Y qué es lo que quiere de mí? ¿No pensará que me voy a marchar? La casa me gusta y pago bien por ella... ¡No puedo creer que esté hablando con un fantasma! Debe ser un sueño.

- No es ningún sueño. Sólo le pido que me escuche.

- Y entonces le formulé mi propuesta.

- Verá Sr. Marcus, lo que le voy a pedir le puede resultar extraño, pero tómeselo como el mayor reto de su carrera. Quisiera que me enseñara a tocar el piano.

- ¿Qué? Se trata de una broma... ahora lo entiendo. ¡Todo es una farsa!

- No es ninguna broma. Sólo quiero aprender a tocar. Sé algo de música y dispongo de más tiempo que ningún alumno que haya podido tener antes. 

Ya se figurarán que su negativa aquel día fue rotunda, pero, tras el sobresalto inicial, en las siguientes semanas nuestra relación pasó a ser cordial, y de ahí no tardó en parecerse a una amistad. Comenzamos las clases –lo recuerdo bien- un 19 de febrero. Para él, al principio, todo era como un juego, algo casi cómico, pero al observar mis avances su actitud cambió y comenzó a ser altamente riguroso en cada lección. Mi facilidad para resolver pasajes de virtuosismo la achacaba a mi naturaleza intangible, idónea para eludir los pesos y la mecánica anatómica de los dedos. Solíamos bromear con lo surrealista de la situación, pero en algo menos de un año ya tocábamos piezas a cuatro manos. Mozart fue nuestro autor de referencia. Luego llegaron Brahms, Dvorak, Debussy y transcripciones que él mismo hacía de Bach. Siempre Bach. Eso sí, cuando tuve destreza de afrontar la Fantasía en fa menor 940 de Schubert, pasó a ser nuestra pieza talismán. ¡Qué gran música es ésa! Dicen que Schubert la escribió a cuatro manos para poder rozar discretamente los brazos de sus alumnas mientras la interpretaban. Dicen, dicen.... Imagínennos. Sentados tardes enteras, codo con codo, dando vida a la música de un hombre muerto, con las cuatro manos sobre el teclado, manos por las que en tan sólo dos de ellas circulaba la sangre. Después de tocar nos relajábamos frente al fuego paladeando las honduras de un Luis XIII, o mirando las estrellas desde el jardín. Sólo ellas saben la de horas que nos pasamos charlando, contando anécdotas y vivencias de tiempos distantes, debatiendo de música, novelas, poesía o vinos franceses que yo probé cuando eran jóvenes y hoy son enmohecidas piezas de coleccionismo.

El Señor Marcus viajaba con frecuencia para ofrecer conciertos y dar cursos por todo el mundo. Cuando regresaba traía nuevas partituras y nos poníamos a estudiarlas con pasión. Lástima que nunca podamos dar un concierto –solía decir con ingenuo y apenado sarcasmo. Así vimos caminar el tiempo. Él envejecía. Yo no. Y hace siete meses desapareció. Con el paso de las semanas me preguntaba qué habría ocurrido. Tal vez una larga gira. A principios de otoño un camión de mudanzas vino para vaciar la casa y entendí que nunca más regresaría. Dejaron, eso sí, el piano en el medio del salón, a la espera -pensé- de porteadores especializados. Pero hasta ahora nadie ha venido a recogerlo. Días después de aquello un hombre muy bien trajeado y de aspecto saludable vino a colgar nuevamente el letrero de “se alquila” en la verja exterior, pero en él ya no aparecía el logo de empresa alguna. Por fin, esta misma mañana el hombre del traje regresó para enseñar la casa a una pareja con dos niños. Los llevó junto a la chimenea y, como hacen los aplicados guías de los palacios reales, comenzó su solemne presentación.

- Quisiera contarles que esta magnífica vivienda fue construida en el siglo XIX por una familia de comerciantes prósperos, los Zaldívar. A mediados del siglo XX, tras morir el último representante de la estirpe, pasó a manos de una inmobiliaria, que comenzó a alquilarla. Los techos que tenemos sobre nosotros lo han sido desde entonces de médicos, jueces, arquitectos y hasta del gran pianista Adrián Marcus, mi tío, fallecido tristemente en un accidente de coche el pasado año. Él fue, en realidad, el último inquilino, ya que unos años antes había comprado la casa. Cuando heredé esta propiedad valoré muy seriamente venirme con mi familia a vivir aquí. Ya ven que es un lugar increíble. Pero son demasiadas cosas las que nos vinculan a Salamanca y no podemos hacerlo. Al menos de momento. Un único mandato dejó escrito mi tío en su testamento. Y yo, naturalmente, estoy obligado a hacerlo respetar. Quien quiera que habite la casa deberá conservar el piano en óptimas condiciones y nunca deshacerse de él. Háganse cuenta que se trata de un muro más. Un muro maestro.

Descanse en paz, Sr. Marcus y gracias por todo. Espero, esté donde esté, que tenga desde ahora la misma suerte que tuve yo al conocerlo.

lunes, 01 de febrero de 2010
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