Si del Mendelssohn de la Sinfonía Escocesa o de La Gruta de Fingal puede decirse que es el arquetipo del paisajista musical romántico, a Sibelius no le iría mal el título de paisajista trágico; el paisajista trágico por excelencia. No me refiero al Sibelius bisoño de En Saga o del ciclo de Lemminkäinen –música, como mucha de la de Rimski, más “de ambiente” que en verdad paisajística–, un apéndice al fin y al cabo, como todo el Simbolismo, de la estética romántica, sino al de la Cuarta sinfonía, de 1911, por ejemplo. Una obra maestra.
Se relaciona siempre esta impar partitura con el delicado momento de salud y emocional que Sibelius sufría al redactarla; de ahí que se le venga a considerar una suerte de diario o de confesión íntima. Pero también es todo lo contrario: un vasto paisaje sin figuras, oscuro y gélido, a pesar del sol de invierno que ilumina los pentagramas de su segundo movimiento. Uno de esos paisajes nórdicos inhóspitos en los que no se puede permanecer por mucho tiempo. Parecerá un tópico, pero al igual que ocurre con Villa-Lobos y el Amazonas –Villa-Lobos, otro de los grandes paisajistas–, la música de Sibelius lleva el espíritu del paisaje nórdico en las entrañas. Dicho de otro modo, las sensaciones que puede suscitarnos la contemplación de un paisaje de estas características tienen una clara correspondencia sinestésica con las que nos suscita la escucha de la música del maestro finés.
Y a la inversa. Pero desde luego no hay el más mínimo rastro en ella de “despertar de amables sentimientos al contemplar la naturaleza”. La suya es una naturaleza no idealizada que prescinde por completo de cualquier rastro humano, y por tanto de su mirada. Una naturaleza en que no importa pues su apariencia, sino su interior, sus fuerzas, sus ritmos y sus mutaciones, que siempre nos producen una conmoción trágica, precisamente porque son ajenos a nosotros. Cuanto más se penetra en la esencia misma del paisaje, mayor es su efecto trágico, porque mayor es la distancia que nos separa, mayor es nuestra oposición con él, más irreconciliable es la dualidad hombre-naturaleza. Y ahí parece residir la belleza, para Sibelius. Belleza que es trágica.
La Cuarta, pero también la Séptima, Luonnotar, Tapiola son grandes paisajes trágicos en tanto y cuanto expresan los impulsos más oscuros y terribles de la naturaleza ante los que la persona humana no es nada. Ni siquiera insignificante como las figuras aquéllas que se muestran, casi fuera de escena, en los ángulos de los cuadros de Caspar Friedrich o de los grandes paisajistas románticos; figuras pintadas en proporciones casi nimias para subrayar su insignificancia, anonadadas ante la grandiosidad del espectáculo de la naturaleza, que ocupa con su esplendor la totalidad de la tela. Nada.
Definitivamente Sibelius no es un romántico, porque no entra en ese juego. Juego con trampa, ya que en realidad, y paradójicamente, aquellas figuritas querían significar todo lo contrario de lo que aparentaban expresar: una nueva versión de la grandeza del hombre pascaliano, del hombre que afirma su nobleza reconociendo su pequeñez; reconocimiento que sólo y necesariamente puede provenir de la grandeza misma. En Sibelius, un panteísta en el fondo, la primera persona, el destino humano, no es nada anegado por el poder arrebatador de la naturaleza.
lunes, 01 de febrero de 2010