Raul Mallavibarrena
Aprendió a cantar en el vientre de su madre, sintiendo las ondas y vaivenes de la vida por dentro, intuyendo su compás, sus pulsos y pausas. Su primer alarido ante el reducido público del paritorio ya fue impostado, afinado, incluso bello. Antes de los tres años entonaba cuanto se le sugería, desde las nanas susurradas en sus noches a las sintonías comerciales que amueblaban sus días. Imitaba la radio y la televisión, y doblaba las estrofas y las coplas del barquillero del parque. Se llamaba José Rellán, pero en vez de Pepe –como a su padre- le llamaban Josito. El niño Josito. Y le decían “canta Josito, canta”. Y él cantaba. Lo hacía en el colegio, en los trayectos a casa, en las fiestas y en el coro parroquial. Sumaba ocho años cuando llegó su hermano, Carlitos. Vino de lado y la madre tuvo que echar el resto. Desde entonces quedó como vacía y enferma para cuidarlo. Era muy débil. El hermano en la cuna y Josito a su lado. Cántale Josito, cántale a tu hermano, que está malito –le decía la madre, recostada en la hamaca. Y Josito le cantaba, cogiéndole la mano entre los barrotes. Carlitos sonreía hasta vencerle el sueño. Cuántos juegos de su infancia, cuántas riñas y disputas, cuántas anécdotas tuvieron melodías de fondo. Qué suerte tenía Carlitos.
Pasaron los años y el éxito de Josito llegó como la Cuaresma. Musicales primero, zarzuelas después y con veinte su primer recital de lied. En el camino, Carlitos, el hermano, se fue arrugando, como si se le nublara el alma. Siempre fue un niño raro y enfermizo. Era listo pero apenas hablaba y en la Secundaria se escondió tras de sí y nadie acertó a sacarlo del rincón. Los padres lo pasearon por consultas y analistas, y cada uno le daba un nombre a su mal. Vino la batería de fármacos y el fracaso escolar. Fue entonces cuando murió la madre. Luego empezó a no salir. Pasaba las tardes mirando la pared hasta que estaba la cena. Mientras, Josito comenzó a viajar, a llevar su música lejos, muy lejos. Su voz tenía la fragilidad de la flauta, pero penetraba en las salas como un metal, con el vibrato justo, con la dicción perfecta. Cantó alto, muy alto. E hizo Traviatas en el Metz, y un Barbero en la Bastilla, grabó a Mozart, a Schubert, y hasta un Puccini que le valió una medalla. Dudamel lo llamó para hacer su Novena en Berlín, junto a la Bartoli, D’Arcagelo y la Dessay. Pero antes de salir a escena, siempre telefoneaba para saber de Carlitos. Ya duerme, hoy estuvo igual –le decía su padre. -Canta Josito, como tú sabes. ¡Mucha mierda! hijo.
El padre no duró mucho más y Josito contrató a un logopeda para atender a Carlitos. Casi como un mayordomo, lo llevaba y lo traía. Observaba su nostalgia y trataba de rescatarlo de sus bucles, pero nada. Mejoraba poco, a veces ni eso. Si un día hablaba, los cuatro siguientes eran silenciosos. Josito renunció entonces, vendió sus laureles y dio finiquito a su manager. Canceló sus giras y compró una casa en las afueras del mundo. Una estrella fugaz. ¿Qué fue del tenor Rellán? se preguntaron un tiempo los medios especializados. Luego lo olvidaron. A la casa se fue con su hermano, ya casi mudo, y el logopeda fiel, hombre atento y bien pagado (se llamaba Blas). Carlitos ya nunca lloraba pero tampoco reía. Observaba todo como quien hubiera vivido cien veces. Transcurrieron años de rutinas ciegas. Paseos, terapia, soledad y silencio. Calendarios y canas para los tres. A la casa fueron alumnos de Josito, pero con el tiempo menos. Se mudaron a otra, más pequeña aunque siempre con ventanas. Parece que quiere recuperar la movilidad, garabatea cosas, decía Blas. ¿Y qué pone? Nadie lo sabe, posiblemente él tampoco, pero le distrae y le ocupa, hay que comprar más folios, y pinturas Alpino, que son las que más le gustan. Cierra los ojos. Tal vez quiera salir de la cueva. Quién sabe. Hasta que una noche se oyeron ruidos. Josito pasó a su estancia, cubierta de hojas, el suelo de blanco y negro: círculos, trazos y Carlitos alterado. ¿Qué ocurre Carlos? ¿qué tienes? y le agarró la mano, como en la cuna. Se acercó un papel y escribió un renglón con mayúsculas torpes, huyendo de los bordes y en línea torcida. Eran casi palabras, bocetos de letras en verde mostaza, letras locas pero al fin legibles. Y sonreía un poco. Decía: “Cántame Josito, cántame”.
martes, 01 de diciembre de 2009