Raul Mallavibarrena
Ya desde que tomó sus primeras lecciones, a Flavio Balaguer le sonó triste el clarinete. Su profesor no reparó en ello hasta que comenzaron a tocar piezas rápidas, en Allegro, en las que, incomprensiblemente, una aureola de melancolía asolaba los trinos, arpegios y escalas en tono mayor compuestos con afirmativo optimismo. En apariencia, la emisión era correcta, así como el tempo, la afinación y las articulaciones, pero algo misterioso, indescriptible, coloreaba sus notas de un gris poético y doliente que conmovía hasta el llanto a quien estuviera escuchando.
Me limito a soplar, yo no hago nada especial- decía cuando le preguntaban sobre aquel hecho singular. El sonido es una materia muy difícil de describir y al igual que hay quien tiene la voz aflautada o áspera, mi sonido, por alguna razón, sale triste – solía anunciar a sus profesores en su primera clase.
Flavio Balaguer avanzó con soltura por los cursos, obteniendo las mejores calificaciones y asentando con firmeza la carrera de un auténtico virtuoso del clarinete. Pero no hubo examen ni recital de estudiantes en los que, aun tocando las obras más alegres, su clarinete no hiciera despertar en el público las voces calladas del más profundo desconsuelo. Naturalmente, se pudo comprobar que era él, y no el instrumento, el único causante del perfil abatido de su música, pues con todos los que tocaba, así fueran de los constructores más dispares, se obtenía idéntico efecto. Y era, además, algo que sólo ocurría con el clarinete. Cuando tocaba un saxofón soprano, el piano, o cantaba, sus interpretaciones resultaban enteramente convencionales. Un misterio.
El asunto tenía su trascendencia, ya que, si tocando los Allegros y Prestos más chispeantes y festivos, el sonido de Flavio Balaguer no podía dejar de entristecer a la audiencia, cuando la obra interpretada era, en sí misma, triste, ambas fuerzan convergían con poderío y el oyente podía llegar a hundirse en la más amarga e insoslayable pesadumbre. Particularmente dramático debió ser el concierto ofrecido en la Sala Sorolla del Palacio de Araujo, en la primavera de 1976, cuando, al interpretar el Quinteto en si menor de Brahms, el segundo violín no pudo contener las lágrimas antes de terminar el primer movimiento y fue incapaz de continuar. El concierto fue suspendido y la noticia saltó a la prensa. Fue entonces cuando nació la leyenda del que los medios no tardaron en bautizar como “el clarinetista que toca triste”.
Bien fuera por lo llamativo del hecho en sí, bien porque era, realmente, un intérprete notable, los cierto es que Flavio Balaguer alcanzó en unos años cierto renombre, ofreciendo recitales en varios países y grabando tres discos. Tanto en vivo como en estudio su sonido decoraba el aire con los mismos matices de melancolía, y lo más grave es que tal hecho fue en aumento con el paso del tiempo. Así las cosas, el público comenzó a rechazar a Balaguer por considerar que sus interpretaciones terminaban por generar más sufrimiento del asumible en la escucha de una obra musical. En poco más de dos años, cesaron los contratos y los conciertos y Flavio Balaguer se quedó, como quien dice, sin trabajo.
Hizo entonces varias pruebas para ingresar en orquestas pero en ninguna de ellas fue admitido por idéntica razón. Ningún director quería que sus versiones fueran coloreadas con tonos tan deprimentes, aun salidos del más dulce componente de la sección de viento.
Supe de la historia de Flavio Balaguer por mi padre, quien me contó, siendo yo niño, cómo los periódicos hablaron de su rápido ascenso y cómo, por las mismas, a comienzos de los años ochenta, se olvidaron de él para siempre. Ningún periódico ni emisora volvió a hablar del “clarinetista que tocaba triste”... Hasta hace un año.
Reseñaron su fallecimiento en una pequeña columna de la sección de Cultura con el titular “Fallece el clarinetista que tocaba triste”. Al parecer el redactor supo del luctuoso acontecimiento por ser del mismo pueblo que Balaguer, en el que la noticia tuvo algo más de incidencia pública. Tenía 71 años, y en la breve nota, después de un conciso repaso a las causas de su apodo, tan sólo se decía “fallecido por causas naturales”. Decidí entonces interesarme por su historia y traté de recopilar información. En las hemerotecas di con algunas críticas y crónicas de sus conciertos, en las que unánimemente se subrayaba su innata capacidad para entristecer la música, pero lo que no pude encontrar fue ninguna de sus grabaciones. Se editaron en vinilo en su día, en sellos hoy desaparecidos, y ninguna se ha pasado a cd. Me preguntaba cómo sería realmente de triste su sonido.
Empujado por la curiosidad, viajé al pueblo donde vivió. Supe que había dejado una viuda y tres hijos ya mayores que le habían dado algunos nietos. Me indicaron su dirección y allí me dirigí. Me abrió la puerta una señora de aspecto saludable. Debía rondar los sesenta y cinco.
Disculpe –le dije-, busco a la viuda del Sr. Balaguer. Soy yo – me respondió. Verá, me llamo Raúl Mallavibarrena, he venido de la capital esta mañana; escribo cuentos y relatos en un par de blogs de internet y tendría interés en hacerlo sobre su marido, su difunto marido; mi padre me habló de él hace mucho tiempo y supe de su muerte por el periódico; no la entretendré mucho.
La señora, que pareció no entender muy bien lo de la palabra “blog”, meditó unos instantes y luego me invitó a pasar. Muy amablemente me contó la peripecia vital de su marido, me enseño fotos de su boda, de sus hijos y nietos, así como sus clarinetes, todos guardados cuidadosamente en sus estuches. Incluso fuimos caminando hasta el cementerio para ver su nicho. Me dijo que cuando tuvo que dejar de dar conciertos no se desanimó, y se puso a trabajar en el negocio de suministros para piscinas que tenía su hermano. Así lo hizo hasta que se jubiló, y aun después, echando una mano con los inventarios, hasta que le diagnosticaron un tumor cerebral meses antes de morir. Me explicó que siempre fue un hombre alegre, con una infancia feliz, y que nadie se explicaba –él tampoco- de dónde podía salir toda aquella tristeza al tocar. Le pregunté por las grabaciones pero ella me dijo que los discos los tenía uno de sus hijos, que vive Alemania desde hace años.
Le agradecí su atención y nos despedimos. Antes de entrar al coche, oí de nuevo su voz. Espere un segundo, tengo algo que creo que sí le puede servir. La señora se metió en la casa y salió con una cinta cassette. Es de un concierto suyo que pusieron por la radio –dijo-, es de hace mucho, no sé si todavía se oirá. Le prometí devolvérsela en cuanto pudiera copiarla y ella, una vez más, me insistió: “era un hombre muy alegre y feliz, escriba eso, por favor, era muy alegre”. Asentí sellando la promesa de cumplir su encargo y regresé a mi casa.
Al día siguiente compré una pletina en un cash converter y me dispuse a escuchar la grabación. En la carcasa podía leerse escrito a mano “Mozart: concierto de clarinete. RNE-28 junio 1977”. Pensaba que la cinta se hubiera podido estropear, pero, por suerte, todavía se oía con calidad suficiente.
Mientras escuchaba la introducción orquestal mi curiosidad iba en aumento. Por alguna razón, la historia de Flavio Balaguer había ocupado mi atención durante los últimos meses y no dejaba de preguntarme cómo un sonido podía ser tan triste como para provocar el rechazo del público y arruinar la carrera de un intérprete. Parecía una historia de realismo mágico. Entonces, el clarinete de Flavio Balaguer comenzó a sonar. Por los altavoces de mi equipo se escuchó, una vez más, el celebérrimo concierto K 622 de Mozart, en la abierta y luminosa tonalidad de La mayor. Mozart escribió la indicación Allegro en su primer movimiento. Escuché entonces la titánica lucha de un hombre por hacer sonreír a su clarinete, por obedecer el dictamen del compositor y no traicionar el espíritu de ese diálogo maravilloso y distendido que, entre orquesta y solista, Mozart pintó para su buen amigo Anton Stadler. Era manifiesto que Balaguer quería llevar un tempo más rápido para maquillar el tránsito irrevocable del abatimiento. Pero el director parecía irse contagiando de la fuerza oscura proveniente del negro pabellón de ébano que Balaguer se esforzaba por dominar, sin lograrlo.
De qué extraño hechizo fue víctima el bueno de Flavio Balaguer. Por qué suceden cosas así.
En el momento de escribir estas líneas estoy escuchando el tercer movimiento, Rondó, presenciando la misma angustiosa batalla entre Balaguer y su sonido, entre la risa y el llanto, entre la ilusión y el destino. Mi hija Ainhoa ha entrado en el estudio bailando y moviendo las manos como un encantador de serpientes con su flauta. Le he preguntado si le gustaba la música y me ha respondido que sí. Y dime una cosa –le he dicho: ¿el señor que está tocando, te parece que está alegre o triste? Mi hija me ha mirado con cierta extrañeza y enseguida me ha respondido: alegre. ¿Alegre, de verdad? Sí, ¿he acertado, papi? Claro que sí, si a ti te lo parece. Entonces ella ha salido corriendo tan contenta anunciando a voces “¡he ganado a papi, he ganado a papi!”. Su hermano Álvaro le ha preguntado en qué había ganado, y ella, toda orgullosa, le ha dicho: “¡Papi tenía puesta una música alegre y yo al escucharla me he puesto alegre!, pero él no, él seguía triste”.
miércoles, 01 de febrero de 2012