Lucía López
El 9 de enero Series 20/21 presentaba un programa en el Auditorio 400 “Primicias III” con el Ensemble Neoars Sonora en el que se daba prioridad a jóvenes compositores españoles, con la salvedad de dos compositores consagrados foráneos. Comenzó con “Aleph” de Iluminada Pérez, sólo en esta pieza se utilizaron otros recursos estéticos, los juegos de luces aunque sencillos no dejaron de ser sugerentes, la sala casi sumida en la oscuridad, instantes en los que sólo destacaba la sombra enorme en movimiento de los brazos de la directora del Ensemble, el chasquido de un simple mechero que iba de manera progresiva encendiendo las velas de una menorah, un efecto sonoro muy sutil que aportaba matices a la poderosa voz de Manuela Mesa, que no parecía encontrar dificultad alguna, quizá lo único que le quede sea delimitar más los detalles y los silencios. En definitiva una pieza vocal muy notable, con una percusión muy rica e interpretada de forma excelente por Noelia Arco, acompañando al resto de instrumentos, matizando tonos, colores.
Zuriñe F. Gerenabarrena presentó “Artizar”, una interesante dialéctica para violonchelo y clarinete bajo.
Toshio Hosokawa con “Slow dance” en la que se reconocía la tradición, donde se usa con dominio la contención, la utilización tímbrica del silencio, combinada con los momentos de desbordamiento sonoro, una serena tensión que presumía su violento devenir.
José Río-Pareja en “Carácter” me pareció un complejo ensamblaje de micropiezas.
En “For Franz Kline” de Morton Feldman el juego entre los instrumentos de viento y la voz se complementaba y destacaba con carácter mutuo.
Jorge Fernández Guerra en “Quasi una serenata” consiguió una gran unanimidad en el público, que disfrutó de esta obra hermosa, donde la percusión dominó por su potencia y variedad de sonoridades.
No obstante, aunque todas las piezas de los compositores españoles me gustaron y todas hablaban el lenguaje contemporáneo, la que con el tiempo me parece más atrevida es “Viento oscuro del mar” de César Camarero. En un primer momento pensé que me dejaba llevar porque introducía un poema (la poesía es una de mis debilidades, la mayor), sin embargo el paso de los días me da a entender que no, que valoré su riesgo, contigua a la dificultad de dar sonoridad a un poema, el castellano no cabe en ninguna caja y se escapa, encajar con el resto de instrumentos, todo esto con un piano contenido, silenciado en tiempos imprescindibles, dejando patente una elegancia natural y blanca, a veces persistentes, hermosas repeticiones no exentas de complejidad y la flauta, tres elementos que oponían su fuerte resistencia.
Unos días más tarde, acudí al concierto inaugural del Ciclo Musicadhoy 2012, no podía dejar de venir a descubrir a Luigi Nono que tanto me desbordó en la anterior edición de este mismo Ciclo, cual fue mi alegría al conocer que se le dedicaría este año junto con Schönberg la mayor parte del programa. Además este concierto de 14 de enero en el Auditorio estaba dedicado por completo a él con 2 de sus últimas obras.
Antes de comenzar el concierto Xavier Güell subió al escenario con el fin de hacer un homenaje, donde bien podría haber utilizado el título de este nuevo Ciclo: “Dónde estás, hermano?, a un miembro de su familia: al fallecido compositor y contrabajista Stefano Scodanibbio, hay lazos no registrables más fuertes que los genes, y él no sabe ni quiso ocultarlo. Todos guardamos silencio durante un minuto.
Irvine Aditti, excelente y siempre en creciente inquietud, interpretó una pieza de Scodanibbio, intratable, muy extrema y hermosa a la que no debe ser nada fácil acercarse, sólo a pocos como Irvine, al final las cuerdas del violín rotas, roto.
La primera obra de Luigi Nono “Hay que caminar” soñando..., para 2 violines: Irvine y Ashot Sarkissjan, la juventud de este último acompañada de un gran talento le permitió un entendimiento perfecto con Irvine. El violín llega a ser una sirena de barco lenta que nos orienta desde la lejanía inundados por la niebla, siguiendo una frecuencia eléctrica. Como dos seres discontinuos se desplazan en un universo continuo, buscan la manera de encontrarse, de seducirse, los primeros intentos son hoscos, cargados de fracaso, luego vendrán momentos de fusión en esa continuidad desnuda que es para todos temporal y, de nuevo la separación, el regreso a la discontinuidad humana. Los violines se van desplazando por la sala de cámara, a nuestras espaldas; en este caso es mejor olvidarnos de la vista y como ciegos disfrutar de un oído tísico que reconoce todas las alteraciones, la sangre en la cabeza, las diferentes apreciaciones de forma donde uno no sabe si lo que le acecha es la felicidad o el peligro, si se está a punto de recibir un beso o una herida grave, a veces ambos se confunden...
“La lontananza nostálgica utópica y futura. Madrigale per più caminantes con Gidon Kremer”, para violín solo y 8 cintas,(André Richard, se encargó de la parte electrónica) 7 atriles, una silla al fondo, en un rincón Irvine, que se desplaza por diferentes puntos de la sala, música multidireccional, las de las grabaciones y el violín, semejante al bonito dibujo que presumo de Luigi, incluido en el programa de mano, como focos de luz que se cruzan, chocan, reverberan. A estas alturas hay quienes aún no han entendido que el sonido, la música, al igual que la imagen, no es limpia ni sucia, no es pulida-perfecta o desdibujada, ni siquiera lineal, aunque puede serlo también, no es precisa ni desenfocada, existe o la pantalla muestra segundos de película en negro: no grabada, sólo es bella y nos perturba como el mundo y, todo ello ha sido muestreado incontables veces por la mente del artista.
miércoles, 01 de febrero de 2012