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El misterio Parsifal

Javier Extremera

Se reedita –con un remasterizado lavado de cara que no ha borrado sus legañas internas- Parsifal: The search for the grail (Parsifal: En busca del Grial) que el londinense Tony Palmer filmara allá por 1997 y que vuelto a ver ahora, parece que la caspa le haya caído encima durante siglos. Un producto exclusivamente orientado, pensado y prefabricado para que se consuma –con pizza y refresco- frente a la “caja tonta” por esa gran masa popular que nunca atrevería asomar su hocico por el precipicio sonoro y temático del Festival Escénico Sacro (esos filisteos a los que se refería el perfecto wagneriano de George Bernard Shaw). Una mastodóntica obra que se presenta debidamente triturada en papilla para que no se atragante ninguno de los comensales. Abstenerse los wagnerianos de raza aria, esos que siempre tienen a mano la lanza de Wotan. A Palmer se le recordará (o más bien se le maldecirá) por ser el inválido gestor de ese embolado de imágenes y caóticas narraciones que fue la infantilizada serie de televisión sobre la vida de Richard Wagner, al que prestara sus rasgos –siempre fascinantes- otro gran Richard (Burton). Serie gatillazo que pese a su loable y caro esfuerzo de producción, no supo profundizar en las tripas del personaje. Como complemento de alforja wagneriana el británico grabó este acercamiento –al más puro estilo de cuento de hadas para infantes- al inabarcable monumento de Parsifal, una de esas misteriosas obras tótem (imposible calificarla como “ópera”) que sobrevivirá eternamente al paso del tiempo, cual indestructible Stonehenge musical.

El presentador-narrador de las aventurillas a las que se verá sometido nuestro “necio puro” es Plácido Domingo, voz que parece haber hecho un pacto como el que selló en su tiempo Dorian Gray, y que aquí –pese a relucir en los dúos del II Acto- aparece travestido de presentador de circo gritando aquello de “pasen y vean” y “más difícil todavía”. Lástima, porque algo no se ha hecho bien si cuando terminas de tragar un bocado con sabor a Parsifal, ya no te entran ganas de volverlo a degustar nunca más. Grabado en exteriores de Ravello, Siena, Bayreuth, Inglaterra y el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, la versión musical pegada con celofán a las vacías imágenes no podía ser de otro que de ese gran cara de palo que es Valery Gergiev, wagneriano en silla de ruedas y madame -durante años- del zarista templo operístico, en lo que es una versión musical sin majestuosidad ni sentido de la monumentalidad, sin vértebras ni nervios, carente de misticidad, ruidoso, romo y tosco, sin robustez ni densidad sonora y con una orquesta que continuamente se atraganta como un niño lo haría ante una enorme bola de carne. Los acompañantes de Plácido (que en off nos va desgranando el argumento) pasan ante él como destartaladas marionetas vocales (desaprovechadísimo el coloso de Matti Salminen/Gurnemanz o un grotesco Nikolai Putilin recordando más a un electroduende que al castrado mago de Klingsor). Entre las “húmedas” muchachas flor podemos adivinar el rostro –hoy multimillonario- de Anna Netrebko. La escena kitsch y de resonancias ortodoxas de Palmer (que podría servirle también para poner en pie un ultraconservador Boris Godunov de sobrecargados cortinajes rococós) no posee ni un atisbo de misterio, con un vestuario de Semana Santa, una iluminación de pista de baile de discoteca y una mareante steady cam que no ceja en regalar continuos vaivenes sobre los cantantes, como si remáramos en la chepa de un video-clip pop. El único flotador en las casi dos horas de metraje son un par de fugaces -pero testamentarias- apariciones del viejo león de Wolfgang Wagner, que nos muestra el invisible y hechizante foso del Festpielhaus construido para el estreno del Festival Escénico Sacro allá por 1880, con su enorme poder subliminal para conseguir inmiscuir al oyente en el meollo de la acción como si fuese un elemento más de la escena.
 
Entre las imágenes que el realizador utiliza en este indigesto gazpacho (algunas de ellas tan inexplicables y gratuitas como la de asistir a la agonía de un desnutrido niño africano) están las de –por supuesto- su fallida serie televisiva, el Indiana Jones de la Última Cruzada, el catártico juego fílmico-ajedrecístico del Séptimo Sello del maestro Bergman o incluso los estrambóticos caballeros artúricos de los Monty Python. Ya metidos en faena ¿para cuándo un Montsalvat transfigurado en el Vaticano de nuestros días? Ya puestos. Lo que ya llega a rebosar pesadamente mis gónadas son las inevitables imágenes de Hitler y sus secuaces despellejando media Europa. Imperdonable que algunos “intelectuales” sigan emperrados en clavar para toda la eternidad la cruz de la esvástica en las espaldas de Wagner. Como si la culpa de Guantánamo la tuvieran los AC/DC, ruidoso grupo cuya música rock sirvió para torturar ensordecedoramente a sus maniatados pobladores.
 
Si de verdad se quiere disfrutar de un Parsifal cinematográfico, arrimarse sin miedo a la enorme sombra creativa de Hans-Jürgen Syberberg y su politizado filme de 1981 y notarán la diferencia.
Parsifal será siempre una incógnita confinada dentro de un enigma, y como tal, siempre estará ahí, contemplándonos desde las alturas, mientras algunos mortales esperamos inútilmente una señal que descifre sus laberintos, riéndose a carcajadas por el intangible misterio de su secreto, pese a que algunos lo usen para hacer chistes de dos horas.
 
"Obra maestra no es el término adecuado. Desde los primeros compases hasta el último asciende desde lo sublime hasta lo más sublime aún. No hay nada que decir de esta obra milagrosa. El silencio es la única respuesta posible" (Liszt sobre "Parsifal")
miércoles, 01 de febrero de 2012
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